Tara Well, psicóloga: “Ser observado no es lo mismo que ser visto”

La experta expone cómo la visibilidad en redes y entornos cotidianos no garantiza conexión ni reconocimiento personal auténtico

Guardar
Google icon
La autenticidad se pone a prueba en una cultura centrada en la imagen
Ser visto va más allá de captar la atención: implica reconocimiento genuino (Magnific)

La vida contemporánea se caracteriza por una visibilidad sin precedentes. La tecnología, las redes sociales y las nuevas formas de interacción multiplican las oportunidades de mostrarse ante los demás, pero también abren interrogantes sobre el impacto de esa exposición en la identidad y las relaciones personales.

Tara Well distingue visibilidad y reconocimiento para explicar una paradoja de la vida contemporánea: hoy resulta más fácil que nunca atraer miradas, pero esa exposición no garantiza sentirse comprendido. La psicóloga sostiene que ser observado activa la atención sobre la superficie, mientras que ser visto implica que otra persona reconoce la vida interior, el esfuerzo, la vulnerabilidad y la intención.

PUBLICIDAD

La autora sitúa esa diferencia en escenas cotidianas: una foto publicada, un vídeo, una actualización de perfil, una reunión, una aplicación de citas o el reflejo en el espejo y en la cámara del móvil. En todos esos espacios puede haber exposición constante sin que aparezca la experiencia de conexión con otra mente que, a su juicio, permite sentirse conocido de verdad.

La diferencia entre ser percibido y ser reconocido

Well plantea que la atención no equivale al reconocimiento. Que alguien repare en la apariencia, el rol, el rendimiento, la productividad, la utilidad o la impresión causada no significa que haya percibido quién es esa persona más allá de esos rasgos visibles.

PUBLICIDAD

La psicóloga ilustra esa idea con varios casos: un niño que rinde bien en la escuela y cuyos elogios no alcanzan a nombrar su ansiedad, un padre o una madre que resulta necesario para todos pero no se siente reconocido como individuo, o un líder cuya competencia es respetada mientras su esfuerzo emocional pasa inadvertido.

El argumento central es que la vida moderna ha intensificado la gestión de la imagen. Muchas personas seleccionan fotografías, editan palabras, ensayan presentaciones, vigilan sus expresiones faciales en vídeo e imaginan cómo serán interpretadas por los demás.

Revisar la propia imagen en la pantalla puede reforzar la autocrítica y la comparación social.
La conexión digital no siempre se traduce en reconocimiento auténtico (Magnific)

Ese comportamiento no se presenta como vanidad, sino como conciencia social. Well, en Psychology Today, sostiene que los seres humanos dependen de cómo son percibidos porque la pertenencia importa, y que ser vistos con claridad ayuda a sentirse seguros, conectados y auténticos.

El problema aparece cuando esa visibilidad se convierte en automonitoreo. La atención se desplaza entonces de la experiencia vivida al desempeño, y la persona pasa a observarse a sí misma casi de manera automática a través de preguntas sobre su aspecto, su competencia, su atractivo, su cansancio o su relevancia.

Ese giro funciona a menudo como un intento de controlar la ansiedad asociada a la evaluación. Cuando esa vigilancia se vuelve constante, la percepción de uno mismo queda estrechamente ligada a una mirada externa imaginada.

Visibilidad sin conexión

Las redes sociales ocupan un lugar central en esa dinámica. Permiten exponerse ante muchas personas al mismo tiempo, pero lo hacen en fragmentos: una imagen, un pie de foto, una reacción, un número, un estado de ánimo o una actuación.

Well advierte de que una publicación puede recibir atención y no generar conexión. Incluso cientos de “me gusta” pueden confirmar que una imagen ha sido vista sin que eso suponga que la persona detrás de ella ha sido comprendida.

Imagen SLKX6IH36RGYRIAEUPJVRAIILA

La misma lógica, añade, opera fuera de internet. Hay personas muy visibles en la familia, en el trabajo o en la comunidad porque cumplen una función concreta: son responsables, protectoras, divertidas, atractivas, eficaces o resolutivas, pero ese valor funcional no equivale a ser conocidas como personas.

La psicóloga subraya que esta diferencia adquiere especial peso en la cultura de la belleza. El rostro y el cuerpo, escribe, entran en una habitación antes de que alguien haya podido explicarse, de modo que la apariencia puede vivirse a la vez como expresión, placer, poder, presión y vulnerabilidad.

Por eso rechaza las fórmulas simplistas que minimizan la importancia del aspecto físico. Well sostiene que la apariencia importa porque la percepción social importa, y que la cuestión de fondo no es negar ese peso emocional, sino advertir cuánto de la autoestima descansa en la mirada imaginaria de los demás.

Belleza y envejecimiento aparecen así ligados al miedo a ser malinterpretado. La preocupación por parecer cansado, mayor, enfermo, poco profesional, poco atractivo o distinto de uno mismo no se limita al cuerpo: remite a la reacción que esa imagen puede provocar en otros.

Algunas actitudes que tenemos, pueden ser señales de lo que somos según los psicólogos

La autora amplía después la distinción al terreno interno. Una persona puede mirarse sin verse realmente cuando, frente al espejo o al recordar una conversación, solo identifica defectos, rarezas o aspectos que corregir.

En su trabajo sobre espejos, autopercepción y conciencia emocional, Well defiende una atención distinta. Frente a preguntas como qué está mal o qué debería corregirse, propone otras centradas en autoconocimiento: qué se siente en ese momento, qué se necesita, qué historia se está contando sobre cómo miran los demás y en qué espacios uno siente que actúa o, por el contrario, puede reconocerse sin interpretación.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD