La psicología explica por qué las amistades cambian y disminuyen con los años

La disminución de nuestro círculo social puede generar consecuencias tanto en el estado emocional como en el funcionamiento cognitivo

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Tres jóvenes adultas disfrutan de un picnic al aire libre, creando un ambiente alegre y relajado (Pexels)
Tres jóvenes adultas disfrutan de un picnic al aire libre, creando un ambiente alegre y relajado (Pexels)

A medida que sumamos velas al pastel de cumpleaños, es común notar que nuestro círculo de amigos parece encogerse. Las agendas se vuelven incompatibles, los encuentros se espacian en el tiempo y aquellas amistades que en la juventud parecían inquebrantables comienzan a desvanecerse. ¿Por qué ocurre esto? La psicología, la sociología y la neurociencia ofrecen respuestas fascinantes a este fenómeno universal, demostrando que la pérdida de amigos con el paso del tiempo no es un fracaso personal, sino una parte natural del desarrollo humano y cerebral.

Para entender este declive, hay que analizar cómo surgieron estos vínculos inicialmente. Normalmente, durante la infancia y preadolescencia, la amistad es fundamental para crear nuestra propia identidad y autoestima social, basándose en la convivencia escolar continua, como expone el Colegio Internacional de San Cristóbal. Sin embargo, la edad adulta trae consigo nuevos retos y las relaciones se transforman inevitablemente debido a factores internos y externos.

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Según los expertos de Psi Mammoliti, a nivel interno, nuestros intereses, necesidades y valores evolucionan de forma natural y tomamos caminos distintos. Externamente, la vida adulta impone exigencias como cambios laborales, mudanzas o la llegada de la paternidad, lo que altera drásticamente la frecuencia de contacto. De esta forma, hay que fijarse en algunas señales claras, que indican que una amistad está en transición: una disminución del interés mutuo, una divergencia en los valores personales y una falta de apoyo emocional.

Dos mujeres mayores miran a través de una ventana (Canva)
Dos mujeres mayores miran a través de una ventana (Canva)

¿Por qué algunos amigos desaparecen?

En sintonía con este enfoque, la psicóloga Lola Díaz detalla que, a medida que maduramos, desarrollamos una mayor comprensión de nosotros mismos y buscamos rodearnos de personas que reafirmen esa nueva identidad. Esto significa que ciertas amistades pueden debilitarse simplemente porque ya no comparten nuestras prioridades, y mantenerlas requeriría una energía que preferimos invertir en otro lugar. Por lo que el fin de una amistad adulta rara vez se produce tras una discusión dramática.

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Del mismo modo, la psicóloga Ankita Guchait describe, en la revista Psychology Today, este alejamiento como una “erosión silenciosa”, pues los adultos tienden a evitar el conflicto y prefieren la retirada paulatina a las conversaciones incómodas. Al final, perseguir constantemente a un amigo que cancela planes o no responde acaba siendo agotador; por ello, saber cuándo dar un paso atrás es vital para proteger nuestro respeto propio y hacer espacio a relaciones recíprocas.

Más allá de las circunstancias vitales, la ciencia ha descubierto razones neurológicas que explican por qué en la infancia y adolescencia podemos tener más de diez amigos, mientras que en la adultez no contamos con más de cinco relaciones reales. Un estudio publicado en la revista PLoS One, titulado ‘Intrinsic functional connectivity brain networks mediate effect of age on sociability’, demuestra que existe una correlación negativa evidente entre la edad y la sociabilidad. La investigación revela que el envejecimiento altera la conectividad funcional intrínseca de nuestro cerebro.

Basándose en la famosa hipótesis del cerebro social de Dunbar, el estudio concluye textualmente: “Las disminuciones en la conectividad funcional entre las regiones neocorticales pueden resultar en un deterioro de las funciones sociocognitivas necesarias para la formación de relaciones con los demás, lo que lleva a redes sociales más pequeñas a medida que uno envejece”. Es decir, nuestro cerebro reorganiza sus redes de atención y memoria, modificando el impulso biológico para sostener círculos amplios.

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La reducción del círculo social tiene impacto emocional y cognitivo

Aunque este sea un proceso natural, el informe ‘La soledad entre las personas mayores: una encuesta nacional a adultos de 45+’, elaborado por la organización AARP, señala que el 35% de los adultos mayores de 45 años encuestados informaron sentirse solos. El estudio confirma que “una red de amigos cada vez más reducida se asoció con la soledad”, afectando fuertemente al 56% de quienes reportaron tener menos amigos que hace cinco años.

Curiosamente, la prevalencia de la soledad es mayor en la mediana edad (43% en la franja de 45 a 49 años) y disminuye de forma progresiva en la vejez (25% en mayores de 70 años). Esto sugiere que, con los años, las personas aprenden a adaptarse al cambio y a encontrar mayor consuelo en un número reducido de relaciones íntimas. Aun así, esto también tiene un impacto negativo en nuestro cerebro.

Según otro estudio, publicado en la Journal of Personality and Social Psychology, que analizó datos de 175.000 personas de 18 países, determinó que un incremento del 10 % en sentimientos de soledad se vincula con una subida de entre el 8 % y el 9 % en el riesgo de sufrir deterioro cognitivo grave o de desarrollar deterioro leve tras no presentar alteraciones previas. Además, se detectó que la mayor frecuencia de soledad también se asocia con una reducción del 3 % de posibilidades de recuperar esa capacidad cognitiva.

En conclusión, la reducción de nuestro círculo de amistades es un proceso adaptativo normal. Como coinciden las fuentes psicológicas, renovar las relaciones no debe interpretarse como una pérdida, sino como una oportunidad evolutiva, siempre que no se sienta como abandono o una soledad permanente. Por lo que dejar ir los vínculos que ya no aportan permite crear el espacio mental y emocional necesario para cultivar conexiones genuinas y alineadas con la etapa de la vida en la que realmente nos encontramos.

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