
Las horas que pasamos en internet, el confinamiento durante la pandemia y los cambios e inseguridades propios de la adolescencia son un caldo de cultivo perfecto para los trastornos de conducta alimentaria (TCA): casi dos de cada diez mujeres desarrollaremos uno a lo largo de nuestra vida.
A pesar de que los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) están cada vez más visibilizados, los expertos siguen preocupados por estas enfermedades de salud mental complejas y graves caracterizadas por alteraciones persistentes en el comportamiento, los pensamientos y las emociones relacionadas con la comida. Según un estudio, liderado por Raquel Jiménez García, de la Unidad de Medicina del Adolescente del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid y publicado en 2025, esta problemática alcanza cifras preocupantes: se estima que hasta un 17,9 % de las mujeres y un 2,4 % de los hombres desarrollarán un TCA a lo largo de su vida.
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Lejos de estancarse, la pandemia del covid-19 ha detonado un aumento alarmante en la incidencia, gravedad y aparición temprana en la población de 6 a 18 años. Con una edad media de inicio de apenas 12,5 años, los TCA amenazan de forma desproporcionada a las mujeres adolescentes y a los jóvenes vinculados a deportes con estrictos requisitos de peso, convirtiéndose en un desafío urgente de salud pública que ya no distingue de géneros.

A esto se suma el hecho de que los síntomas son altamente resistentes al tratamiento, conllevan un importante riesgo de recaídas y un alto grado de comorbilidad y mortalidad, como se anunció desde la Revista Internacional de Psicología y Terapia Psicológica en 2021. Ante esto, Esther Bautista, psicóloga clínica y coordinadora del Máster en Trastornos de la Conducta Alimentaria de APIR, explica para Infobae los factores que engloban esta problemática.
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¿Por qué parecen afectar cada vez más a adolescentes y adultos jóvenes?
Tal y como contempla el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, conocido como DSM-5, se hace seguimiento a siete tipos de TCAs: la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el trastorno por atracón, el TCANE (cuadros incompletos que cumplen características de las dos anteriores), la PICA (ingerir sustancias no nutritivas), el trastorno por rumiación y por evitación o restricción de alimentos.
No obstante, a estos se añaden otros tres trastornos no especificados, que no cumplen con algunos de los criterios diagnósticos, pero que generan inquietud a los expertos: la vigorexia (la obsesión por un cuerpo musculoso), la ortorexia (la fijación por la comida saludable) y el sobrepeso. Todos ellos han incrementado su incidencia, particularmente en adolescentes y adultos jóvenes que “responde a la combinación de diferentes factores”, según Esther Bautista. Por una parte, esta franja de edad es naturalmente vulnerable “debido a los cambios físicos, emocionales y sociales que se experimentan”. Un fenómeno al que se suma “la presión social, la idealización de ciertos cuerpos y estándares de belleza específicos, en contexto de un momento vital de búsqueda de identidad y gran necesidad de aceptación”, añade la experta.
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La psicóloga clínica pone bajo el foco “la presión constante de los medios de comunicación y las redes sociales”: “Promueve ideales de belleza poco realistas, en su gran mayoría editados, retocados o directamente generados con IA, que generan una gran insatisfacción corporal", determina. Así, esta sobreexposición a la perfección física empuja hacia conductas obsesivas en relación con la dieta y el peso.

A este panorama hay que agregar las consecuencias que arrastramos desde la crisis sanitaria del coronavirus. “La situación de confinamiento, la incertidumbre, el aumento del estrés y la ansiedad, el miedo a la enfermedad o el temor a la muerte, los cambios abruptos en la rutina diaria, la disminución de la actividad física, el aumento del tiempo frente a las pantallas y redes sociales… generaron un terreno propicio para el desarrollo de muchos TCA o el empeoramiento de otros TCA ya activos”, detalla Bautista. Aun así, la psicóloga clínica asegura que hay una mejora en el pronóstico clínico “gracias a la mayor sensibilización y formación del personal sanitario y educativo” que permite la “detección más temprana de los casos”. Además, reconoce que “la visibilización, concienciación y el debate abierto en medios han hecho que más personas reconozcan síntomas y busquen ayuda, lo que contribuye a la detección precoz”.
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¿Deberíamos alejarnos de las redes sociales?
Con el drástico aumento del tiempo que la sociedad pasa navegando por internet, las comparaciones perjudiciales se han multiplicado exponencialmente. Sin embargo, la solución propuesta por Esther Bautista no pasa por la prohibición absoluta de estas plataformas. “No es necesario eliminar completamente su uso, pero sí es fundamental aprender a tener una relación equilibrada con ellas y consumir contenido de manera crítica y consciente”, aconseja la experta. Para lograr esto, es vital seleccionar fuentes fiables, seguir a profesionales que defiendan la diversidad corporal y la salud integral, limitar el tiempo de pantalla y, sobre todo, “educar en alfabetización digital desde edades tempranas”.

Entre los contenidos dañinos, encontramos una gran variedad de mensajes: “Algunos promueven la delgadez extrema como sinónimo de éxito o felicidad, las dietas milagro o ejercicios físicos concretos dirigidos a perder peso, los que promueven la glorificación del control rígido sobre la alimentación o la actividad física excesiva sin enfoque saludable, los que fomentan culpa por comer ciertos alimentos o los que transmiten la idea de que el valor personal depende del aspecto físico”. De este modo, observamos que la comparación de los cuerpos que encajan en el ‘canon de belleza’ no son los únicos peligros.
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Así, “los mensajes relacionados con comida, dietas y fitness pueden ser igual o más dañinos cuando fomentan conductas extremas, la obsesión por el control y la restricción, o cuando presentan la alimentación como una cuestión moral”. Pero, ¿cómo ponemos un límite a este contenido? Bautista tiene una solución clara: “Podemos fijarnos en que el mensaje promueva la flexibilidad, el bienestar integral y la escucha del cuerpo, en lugar de la rigidez, la culpa o el miedo”. La clave se esconde en aquellas conductas que, “aunque parezcan saludables”, terminan generando “ansiedad y autoexigencia excesivas”.
Crecer en un entorno donde las dietas son una conversación habitual “puede normalizar el control”
La influencia de la familia y el círculo social también es determinante en el desarrollo de la autoimagen. Escuchar constantemente conversaciones sobre “dietas y la preocupación constante por el peso o el cuerpo” puede desembocar en consecuencias profundas. Y es que esta dinámica “puede normalizar el control sobre la ingesta, la restricción alimentaria y la insatisfacción corporal desde edades muy tempranas”, subraya.
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Al final, hay que tener en cuenta que los niños “interiorizan esos mensajes como necesarios para el bienestar o la aceptación”. Pero la psicóloga aclara que este peligro no solo existe cuando se habla directamente con los menores; “también ocurre si estos escuchan a sus adultos de referencia o familiares hablarse duramente o criticarse en relación a su alimentación o su físico”, explica. Asimismo, puntualiza que es “conveniente hablar de moderación, enfatizando que no hay alimentos que prohibirse o que reservar para el fin de semana o día especial, ni asociarlos a premio o castigo”.
En este contexto, la experta enumera las señales que deberían hacer saltar las alertas a los entornos más cercanos. Primero, hay que fijarse en “cambios significativos en los hábitos alimentarios (como evitar comidas que le gustan o quedarse mucho tiempo sin comer), pérdida o aumento rápido de peso y la obsesión con la comida”. Pero algunos comportamientos como el “aislamiento social, irritabilidad, cansancio constante, dificultad para concentrarse o cambios en el estado de ánimo” son igualmente llamativos en estos perfiles. A la hora de abordar estas señales, Bautista recomienda evitar juicios y generar un espacio seguro de escucha activa, para posteriormente derivar el caso a especialistas en salud mental, como psicólogos clínicos o psiquiatras.
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“Personas en normopeso o con sobrepeso también pueden padecer un TCA”
A pesar de los avances en la visibilización, persisten estigmas que dificultan la comprensión real de los TCA. Uno de los mitos más arraigados es la asociación exclusiva de estos trastornos con una extrema delgadez. Pero, como ya hemos mencionado anteriormente y desmiente la psicóloga Bautista: “Las personas en normopeso o con sobrepeso u obesidad también pueden padecer un TCA”. Por lo que guiarse exclusivamente por el físico es un error clínico y social, ya que “la apariencia física no es un indicador fiable ni del estado de salud mental general ni de la existencia de un trastorno alimentario”, resumen.
Además de esta desmitificación, la experta resalta que la gravedad de estas patologías reside en su elevada comorbilidad con otros trastornos mentales. Los TCA suelen venir acompañados de otros problemas psiquiátricos, como la depresión, la ansiedad, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el abuso de sustancias y trastornos obsesivo-compulsivos. Asimismo, es frecuente que coexistan con trastornos de personalidad, en especial el trastorno límite de la personalidad (TLP) y el trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad (TOCP). Aunque también se observan “problemas médicos como trastornos metabólicos y endocrinos (DM tipo 2), o problemas gastrointestinales, entre otros”.
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Bautista confirma, en definitiva, que, “aunque los trastornos alimentarios siempre han existido, diversos estudios sugieren que la vulnerabilidad en los jóvenes actuales puede ser mayor”. Esto radica, como reitera la experta, en “factores sociales y culturales contemporáneos, como la omnipresencia de redes sociales, los estándares de belleza irreales y la presión constante por la apariencia física”. Al final, “facilitan la aparición y el mantenimiento de estos trastornos en mayor medida que en décadas anteriores”, concluye la psicóloga.
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