Los fenómenos climáticos que se producen en el océano Pacífico pueden parecer demasiado lejanos para afectar a la vida cotidiana en Europa. Sin embargo, episodios como El Niño y La Niña tienen consecuencias que terminan llegando hasta el carrito de la compra de millones de consumidores. A través de su influencia sobre las cosechas y la producción agrícola mundial, estos eventos son capaces de alterar el precio de productos tan habituales como el pan, la carne, el café o el chocolate.
La explicación se encuentra en el funcionamiento de los mercados globales. Cuando las temperaturas del océano Pacífico cambian de manera anómala, se modifican los patrones de lluvia y sequía en distintas regiones del planeta. Estos cambios afectan directamente a la producción de materias primas agrícolas en algunos de los principales países exportadores del mundo. Una menor oferta suele traducirse en precios más altos, mientras que una cosecha abundante contribuye a abaratar los productos.
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Uno de los ejemplos más claros es el trigo. Durante los episodios de El Niño, las condiciones meteorológicas suelen favorecer las cosechas en países sudamericanos como Argentina gracias a unas precipitaciones más abundantes. Al mismo tiempo, Australia, uno de los grandes productores mundiales, suele sufrir sequías que reducen su rendimiento. No obstante, el balance global suele ser positivo, aumentando la oferta internacional de trigo y moderando su precio en los mercados.
Ese efecto acaba trasladándose a toda la cadena alimentaria. Las empresas harineras compran el cereal más barato, las panaderías reducen parte de sus costes de producción y, en consecuencia, el precio final del pan puede verse beneficiado. Aunque el consumidor no siempre percibe de forma inmediata estos cambios, la evolución de las materias primas tiene una influencia directa sobre numerosos alimentos básicos.
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La carne también se ve afectada por estos fenómenos climáticos. Durante los periodos asociados a El Niño suelen mejorar las cosechas de soja en Brasil, uno de los principales proveedores internacionales de esta materia prima. Además, la bajada del precio de los cereales reduce el coste de los piensos utilizados para alimentar al ganado. Como resultado, los costes de producción disminuyen y los precios de algunas carnes, especialmente las de pollo y cerdo, tienden a moderarse.
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La niña encarece los precios
La situación cambia cuando aparece La Niña. En ese caso, las condiciones agrícolas suelen favorecer a Australia, mientras que determinadas regiones de Sudamérica pueden verse afectadas por sequías o alteraciones meteorológicas que reducen las cosechas. La producción mundial de trigo puede resentirse y provocar un incremento de los precios internacionales. Ese encarecimiento termina repercutiendo tanto en la harina como en los productos derivados y en la alimentación animal.
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Otro producto especialmente sensible a estos cambios es el cacao. Durante los últimos años, países como Costa de Marfil y Ghana, responsables de cerca del 60% de la producción mundial, han sufrido fenómenos meteorológicos extremos relacionados con El Niño. Las lluvias intensas seguidas de periodos de sequía han favorecido enfermedades en las plantaciones y han reducido las cosechas, impulsando fuertes subidas en el precio del chocolate.
El comportamiento del café resulta algo más complejo. El impacto depende tanto de la variedad cultivada como de la región productora. Algunos análisis recientes muestran que El Niño puede contribuir a reducir el precio del café en grano destinado al mercado europeo, aunque los expertos consideran que el efecto observado todavía no resulta estadísticamente concluyente debido a la influencia de otros factores económicos y comerciales.
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Los estudios realizados en la eurozona indican que La Niña suele tener un impacto más inflacionista que El Niño. Según diversas estimaciones, este fenómeno puede encarecer la cesta de la compra alimentaria entre un 1% y un 1,1% al cabo de un año, mientras que El Niño tiende a generar una reducción de precios cercana al 0,6% o 0,7% en ese mismo periodo.
La relación entre clima y precios, además, ha evolucionado con el paso de las décadas. Los avances tecnológicos, las mejoras en la protección de los cultivos y la diversificación de las importaciones han reducido parte de la vulnerabilidad de Europa frente a estos episodios. Aun así, los bancos centrales y los organismos económicos siguen analizando estas conexiones porque el cambio climático podría intensificar en el futuro la influencia de los fenómenos meteorológicos sobre la producción agrícola y, por extensión, sobre la inflación que afecta a millones de hogares.
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