
Durante casi dos siglos, la comunidad paleontológica se ha enfrentado a un inmenso misterio evolutivo: ¿cómo se reproducían exactamente los primeros sinápsidos, el antiguo linaje animal que millones de años más tarde daría origen a los mamíferos modernos? Hasta la fecha, las pruebas sobre si estos animales ponían huevos eran en su mayoría circunstanciales, pero ahora, gracias a una investigación liderada por los científicos de la Universidad de Witwatersrand Julien Benoit, Vincent Fernandez y Jennifer Botha, el enigma ha sido finalmente resuelto.
En un estudio pionero, el equipo ha anunciado el descubrimiento del primer embrión fosilizado de un sinápsido no mamífero, perteneciente al género Lystrosaurus, desenterrado en la cuenca del Karoo, en Sudáfrica. Aunque existía un consenso generalizado de que estos remotos antepasados debían poner huevos —tal y como hacen los mamíferos más primitivos de la actualidad, como el ornitorrinco—, jamás se había hallado un huevo fósil definitivo de un sinápsido del Paleozoico tardío —entre 359 y 252 millones de años— o del Mesozoico temprano —entre 251 y 201 millones de años—.
Para desentrañar los secretos de la roca sin dañar los fósiles, los autores del estudio utilizaron tecnologías de vanguardia, combinando escaneos de tomografía computarizada de alta resolución con potentes imágenes generadas en el Sincrotrón Europeo de Radiación (ESRF) en Francia.

Un esqueleto casi completo enrollado sobre sí
En concreto, los investigadores analizaron los tres especímenes más pequeños conocidos de Lystrosaurus, comparando su anatomía y nivel de madurez. Lo que descubrieron en el interior del espécimen más pequeño, catalogado científicamente como NMQR 3636, dejó a la comunidad científica boquiabierta, ya que la roca albergaba un esqueleto casi completo enrollado sobre sí mismo en una clásica postura fetal, encajando a la perfección en un espacio ovalado compatible con el interior de un huevo.
Además, el animal carecía por completo de colmillos y la sínfisis de su mandíbula inferior (la unión de los dos lados de la mandíbula) aún no se había fusionado, demostrando su inmadurez. Este último rasgo anatómico es una característica de desarrollo que, en la actualidad, solo se observa en los embriones de aves y tortugas antes de salir del cascarón, confirmando que este individuo era un verdadero embrión “in ovo”.
¿Cómo eran las crías que nacían de estos huevos?
A pesar de la impecable conservación del esqueleto acurrucado, el equipo de Benoit no encontró ni rastro de una cáscara de huevo calcificada a su alrededor. Esto ha hecho que los autores dedujeran que los huevos de Lystrosaurus eran blandos y tenían una textura similar al cuero. Esta revelación explicaría por qué ha sido tan extremadamente difícil encontrarlos en el registro fósil: este tipo de tejidos no mineralizados rara vez se petrifican y sobreviven al paso del tiempo.
Sin embargo, el verdadero fenómeno biológico que centra este estudio va más allá del propio fósil y se adentra en las estrategias de supervivencia de la especie. A partir de las medidas del esqueleto, los investigadores estimaron que el huevo tendría un volumen mínimo aproximado de 115 centímetros cúbicos y pesaría unos 115 gramos. En el reino animal, un huevo de gran tamaño en relación con el cuerpo de la madre es el sello distintivo de una estrategia de desarrollo “precocial”. En pocas palabras, esto significa que las crías de Lystrosaurus no nacían indefensas; por el contrario, eclosionaban del huevo altamente desarrolladas, capaces de moverse con destreza y con mandíbulas listas para procesar alimentos duros de forma casi inmediata.
Esta revelación biológica tiene consecuencias profundas para entender el origen de la lactancia. El gran tamaño del huevo y el estado precocial de la cría sugieren contundentemente que el Lystrosaurus no necesitaba alimentar a sus descendientes con leche. Los investigadores contrastan esto con mamíferos modernos ovíparos y cinodontes posteriores como el Kayentatherium, los cuales ponían huevos muy pequeños y daban a luz a crías altamente dependientes (“altriciales”), un escenario evolutivo que sí hizo indispensable la posterior aparición de la leche para completar el desarrollo de la cría fuera del huevo.
Benoit, Fernandez y Botha concluyen que la estrategia reproductiva del Lystrosaurus no fue una simple curiosidad de la naturaleza, sino el gran pilar de su éxito ecológico. Este animal habitó la Tierra en el Triásico Temprano -entre hace 252 y 247 millones de años-, justo después de la extinción masiva de finales del Pérmico, la mayor catástrofe biológica de la historia. En definitiva, nacer listos para valerse por sí mismos, a partir de huevos grandes que resistían bien la desecación en un clima post-apocalíptico y extremadamente árido, fue la clave que permitió al Lystrosaurus dominar un mundo devastado.
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