
En un descubrimiento que desafía y amplía nuestra comprensión sobre la cognición de los animales acuáticos, un equipo de científicos ha revelado que los cíclidos emperador (Boulengerochromis microlepis) son plenamente capaces de percibir hacia dónde dirigen su atención los buceadores humanos. De forma sorprendente, estos peces muestran niveles significativamente mayores de comportamientos agresivos cuando notan que los humanos fijan su mirada específicamente en sus crías.
La investigación de los científicos japoneses, publicada por Shun Satoh, Ryo Hidaka y Ryoichi Inoue de la Universidad de Kyoto en la Royal Society, apunta a una forma muy rudimentaria de “atribución de atención”, la habilidad de saber dónde está la mente o la mirada de otro, una compleja habilidad que hasta ahora solo había sido estudiada en mamíferos y aves. El estudio de campo se llevó a cabo mediante inmersiones con equipo de buceo en la cuenca sur del lago Tanganica, en la República de Zambia.
Nunca claves la mirada en sus huevos
Los Boulengerochromis microlepis, endémicos de la zona, figuran entre los miembros más grandes de la familia de los cíclidos, logrando alcanzar hasta los ochenta centímetros de longitud total. Además, destacan por formar parejas reproductivas estables donde ambos progenitores proporcionan un extenso cuidado parental, defendiendo conjuntamente a su descendencia en los nidos de arena o rocas, desde la etapa de huevos hasta que los alevines pueden nadar libremente bajo su escolta.

Para probar científicamente si estos peces reaccionan a la dirección de la atención de una amenaza, los investigadores diseñaron un experimento sometiendo a los padres protectores a cuatro condiciones muy concretas, manteniendo siempre una distancia de treinta centímetros a las crías en las tres primeras posturas. En la primera, el buzo miraba fijamente a los huevos o alevines. En la segunda, el especialista mantenía su posición, pero giraba la cabeza apartando la vista del nido.
En la tercera condición, el profesional se daba la vuelta completamente, dando la espalda y dejando las puntas de sus aletas apuntando hacia las crías. Por último, el buzo fijaba su mirada directamente en los padres guardianes, ajustando la distancia según los movimientos de estos. Los resultados resultaron tan contundentes como reveladores: Los cíclidos emperador atacaron a los intrusos humanos con una frecuencia significativamente mayor cuando estos clavaban su mirada en los huevos o alevines en comparación con las ocasiones en que apartaban la mirada o se daban la vuelta por completo.
Sorprendentemente, la tasa de ataques cuando los buceadores miraban a las crías indefensas fue estadísticamente similar a la hostilidad registrada cuando miraban directamente a los padres. Además, se comprobó que los machos reproductores exhibieron una frecuencia de agresividad mayor que las hembras durante todos los ensayos.
¿Por qué es tan importante este avance?
Desde el punto de vista evolutivo, modular la respuesta agresiva en función del nivel de amenaza real de un intruso es altamente ventajoso, porque permite ahorrar al animal gastos innecesarios de energía. Históricamente, las pruebas de sensibilidad a la mirada y toma de perspectiva visual se han concentrado en especies como los primates, los perros o los cuervos.
El hecho de que un grupo de vertebrados básicos, como los peces, pueda reconocer el peligro al observar si alguien está mirando a sus crías, sugiere que su forma de pensar es más adaptable y no solo una simple reacción automática. Asimismo, los científicos consideran improbable que esto sea fruto del aprendizaje asociativo previo. Y es que estos peces se reproducen muy pocas veces en su vida y cuidan a sus crías nueve meses, limitando drásticamente sus oportunidades de aprender sobre la amenaza de los buzos a través de la experiencia directa.
Más allá del asombroso avance en la biología cognitiva, esta nueva investigación lanza una seria advertencia para las estrategias de conservación y para el pujante sector del ecoturismo marino: los autores del estudio señalan que, incluso cuando la mirada de un humano no se dirige de forma explícita hacia los peces, el simple contacto visual altera el comportamiento natural de la especie y puede provocar importantes respuestas de estrés.
De esta manera, con el auge mundial del buceo, los expertos piden evaluar esos efectos. Y es que la alteración y el estrés producidos por el contacto permanente con el hombre podrían afectar gravemente el éxito reproductivo y el bienestar a largo plazo de esta y muchas otras especies acuáticas.
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