
En los últimos años, las tensiones geopolíticas no han hecho más que aumentar. Enfrentamos en la actualidad un panorama bélico que ha trastocado por completo las líneas de actuación de los gobiernos de todo el mundo y que ya se ha cobrado la vida de millones de personas en Oriente Medio, Ucrania o en conflictos que no suelen ocupar tantos titulares, como es el caso de Sudán.
En estas guerras también hay una víctima frecuentemente invisibilizada: el medioambiente. Porque cuando los conflictos escalan y la vida se ve afectada por completo por las bombas, la naturaleza pasa a un segundo —o tercer o incluso cuarto— plano. Sin embargo, los dramáticos efectos sobre los hábitats y ecosistemas permanecen cuando se retiran los tanques y los drones, y esto también supone un grave perjuicio para nosotros mismos, que habitamos en estos espacios junto con otras millones de especies.
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“Hogares, hospitales, redes eléctricas, sistemas de agua, tierras de cultivo y zonas costeras se ven inmersos en el mismo ciclo de destrucción, lo que demuestra que el conflicto no es solo una tragedia humana, sino también ambiental, con consecuencias para la salud pública, los ecosistemas y el clima que pueden perdurar durante décadas”, ha señalado Mehdi Leman, editor de contenido de Greenpeace Internacional.
La degradación de la tierra, la contaminación del agua y el aire y la destrucción de “los sistemas que hacen posible la vida cotidiana” son las otras consecuencias de estos conflictos, pudiendo “marcar la vida de las personas durante generaciones, especialmente cuando los combates se combinan con productos químicos, petróleo, riesgos de radiación e infraestructura pública dañada”.
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La guerra también impacta en las emisiones de gases de efecto invernadero. Grace Alexander, investigadora de temas militares y climáticos The Conflict and Environment Observatory (CEOBS), explicó en un artículo publicado en noviembre de 2025 que se estima que las fuerzas armadas son responsables del 5,5 % de estas emisiones globales. Precisar con exactitud esta cifra resulta complicado debido a la falta de datos oficiales y a que nos enfrentamos a un panorama actual marcado por el incremento en el gasto militar.
Los conflictos, además, generan aún más emisiones “a través de incendios, consumo de combustible, reconstrucción y la pérdida de infraestructura pública resiliente”, explica Leman. “Por lo tanto, el costo ambiental de la guerra es tanto inmediato como acumulativo, destruyendo ecosistemas hoy y debilitando la capacidad de las sociedades para afrontar el calor, la sequía, las inundaciones y la pérdida de cosechas en el futuro”.
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El hábitat marino de Irán: entre el petróleo y los metales pesados
Los ataques estadounidenses e israelíes en Irán están teniendo principalmente un objetivo claro: las infraestructuras de los combustibles fósiles. Distintos organismos y colectivos ecologistas, como es el caso de Greenpeace, han alertado de las consecuencias que este conflicto puede provocar en el medioambiente.
Como el resto del mundo, la organización internacional mira hacia el estrecho de Ormuz, donde su cierre ha provocado que decenas de buques petroleros hayan quedado atrapados en el golfo Pérsico. Esto aumenta considerablemente el riesgo de un derrame de petróleo, lo que “podría dañar irreparablemente este frágil hábitat marino, con consecuencias devastadoras para las personas, los animales y las plantas de la región”.
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“Las comunidades locales serían las primeras en pagar ese precio a largo plazo, ya que cualquier derrame amenazaría sus medios de subsistencia, así como los frágiles ecosistemas marinos, incluidos los arrecifes de coral, los manglares y las praderas marinas, durante décadas”, señala Leman.
El científico del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Fernando Valladares, en su informe Furia épica, legado tóxico, apunta a ciertas especies que se ven afectadas en el golfo Pérsico. Es el caso de los dugongos (Dugong dugon), catalogados como “vulnerables” en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN): “El Golfo alberga la segunda población más grande del mundo, ahora críticamente amenazada por la toxicidad directa y asfixia de su hábitat”.
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También los arrecifes y pastos marinos, que son “los filtros naturales y criaderos del océano”, “están siendo sofocados por combustibles y metales pesados filtrados de embarcaciones militares hundidas”. Por último, Valladares menciona un impacto humano secundario a consecuencia de “la devastación de poblaciones de ostras perleras y tortugas verdes”, lo que “destruye la subsistencia económica de las comunidades pesqueras locales”.
La lluvia negra sobre Teherán
Un aspecto muy mencionado en las últimas semanas relacionado con la guerra en Irán ha sido la lluvia negra tóxica que ha caído sobre Teherán. Los incendios en depósitos y refinerías de petróleo han provocado la liberación al aire de una mezcla de hidrocarburos, óxidos de azufre, compuestos de nitrógeno y partículas ultrafinas. Con la llegada de la lluvia, cae una precipitación oscura cargada de residuos químicos.
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La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha alertado sobre los riesgos que esta lluvia negra puede tener en la salud de las personas, especialmente para los colectivos más vulnerables. A los síntomas a corto plazo como dolores de cabeza, irritación ocultar o dificultades respiratorias se suma un significativo aumento del riesgo de padecer o de que se vean agravadas enfermedades cardiovasculares o el cáncer.
Esto ha llevado a la Sociedad de la Media Luna Roja de Irán a emitir órdenes de confinamiento masivo para evitar la asfixia urbana. Sin embargo, el peligro no termina cuando acaba la lluvia, puesto que las partículas depositadas sobre las superficies pueden volver a suspenderse en el aire por el viento o el tráfico. La contaminación también afecta, evidentemente, a la naturaleza sobre la que cae esta lluvia negra.
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El abastecimiento de agua y energía también se está viendo alterado. Tal y como señala Valladares, 100 millones de personas dependen de 450 plantas desalinizadoras, que pueden sufrir perjuicios por contaminación de entrada por derrames de petróleo o descargas de químicos industriales —como pasó en la planta de la isla de Qeshm, que dejó 30 aldeas sin suministro— o por incidentes colaterales en la red eléctrica que detienen instantáneamente las bombas de enfriamiento y purificación, lo que puede provocar “una falla sistémica rápida en el suministro de agua potable”.
Incendios y bombardeos en Ucrania: la contaminación del suelo y el agua
Cuatro años después de la invasión militar de Ucrania por parte de Rusia, los efectos de la guerra sobre las infraestructuras y los ecosistemas perviven como heridas abiertas que muestran que el conflicto todavía no ha llegado a su fin. Greenpeace Europa Central y Oriental, en colaboración con la organización ucraniana Ecoaction, elaboró un mapa interactivo de algunos de los daños ambientales que ha sufrido el país como consecuencia de estos ataques.
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“Los ataques con misiles provocan incendios forestales, las instalaciones industriales liberan toxinas, los bombardeos contaminan el suelo y el agua, y las tierras minadas u ocupadas se vuelven peligrosas para la agricultura, la restauración o incluso el acceso”, señala Leman.
Por ejemplo, los bombardeos sobre plataformas y buques petroleros han provocado derrames que afectan seriamente a la fauna y flora marina. “Se forma una mancha en la superficie del agua que afecta los procesos fisicoquímicos y biológicos e impide la entrada de oxígeno”, destaca Greenpeace. “Además, los productos derivados del petróleo son tóxicos para la vida marina, desde microorganismos hasta grandes mamíferos como los delfines. Todo esto, en conjunto, puede provocar la muerte de organismos marinos”.
Los incendios también han provocado la destrucción de miles de hectáreas en entornos naturales significativos, como es el caso del Parque Natural Nacional Biloberezhzhya Sviatoslava o el Parque Paisajístico Regional Península de Kinburn, que cuenta con una gran biodiversidad que ha sufrido los efectos de la guerra.
“Se han descubierto en el istmo [Península de Kinburn] 415 especies animales raras, de las cuales 166 figuran en el Libro Rojo de Ucrania, y al menos 47 especies raras de plantas, hongos y líquenes. Decenas de especies de aves anidan aquí, incluidas algunas raras como el pelícano rosado”, señalan desde Greenpeace. “Además, un ejemplar de hormigas y dos especies de centaureas solo se encuentran en este lugar. El istmo es también uno de los lugares más extensos de Europa donde se puede observar la floración de orquídeas silvestres.

La destrucción del medioambiente, una historia que se repite
Los efectos ecológicos causados por los conflictos bélicos también son visibles en otras partes del mundo, como es el caso de la guerra en Gaza, donde se han reportado daños en el agua, el saneamiento, los cultivos y la pesca, o en Sudán. En el país africano que atraviesa una guerra civil, una investigación del CEOBS señaló que se están experimentando consecuencias como “el aumento de la deforestación, el declive de la agricultura, la contaminación derivada de los daños a la infraestructura industrial y energética, los cortes de suministro eléctrico y el deterioro de los sistemas de salud y saneamiento”.
Todos estos efectos no son nuevos, al igual que lamentablemente tampoco lo son las guerras en la historia de la humanidad. Leman recuerda los millones de litros de herbicidas rociados por las fuerzas estadounidenses durante la guerra de Vietnam, la contaminación por uranio empobrecido y otros residuos tóxicos en Irak o las llamas en los pozos petroleros de Kuwait durante la guerra del Golfo.
Cambian —a veces, otras no— los países y la tecnología utilizada en los ataques, pero no la historia. El medioambiente sigue sufriendo las consecuencias de unas conflictos cuyos verdaderos perdedores son siempre los mismos: las comunidades locales que después tienen que reconstruir una naturaleza reducida a cenizas o contaminada por décadas.
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