
Si usted, lector de Infobae, tiene nietos, seguramente habrá hablado con ellos sobre cómo ha cambiado la vida y los gastos. Si por el contrario, todavía disfruta de sus abuelos, verá que sus finanzas no tienen nada que ver con las de ellos, que pudieron comprarse casa y coche, casarse y tener hijos, todo antes de los 30 (¡qué locura!). Los jubilados se quejan —con razón— de que su pensión es baja, pero a su vez, los salarios juveniles ni siquiera alcanzan para pagar un alquiler. La lucha intergeneracional, tenga sentido o no (no va de esto este artículo), está muy presente.
Y en pleno debate, un nuevo estudio de Fedea revela sobre quiénes recae el peso del Estado del bienestar en España. Las personas nacidas entre 1965 y 1998 —hoy adultos entre 28 y 61 años— aportan más de lo que reciben. El análisis, basado en las Cuentas Nacionales de Transferencia de 2022, muestra cómo este segmento asume el grueso de la financiación pública, mientras que jóvenes y mayores perciben más recursos públicos de los que generan por sí mismos. Pero al final, todos dependemos de todos. El ciclo de la vida.
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Las prestaciones monetarias benefician, sobre todo, a las personas más mayores. Tiene sentido. Son quienes reciben las pensiones de jubilación tras haber cotizado durante su vida laboral. Pero también llegan a quienes están por debajo de la treintena, y es que son estas edades las que más se benefician, por ejemplo, de la educación pública. Algo similar ocurre con la sanidad: “Presenta un pico en los primeros años de vida y, posteriormente, crece suavemente hasta el entorno de los 55 años, en que inicia un crecimiento más pronunciado”, asegura el informe. En cualquier caso, cabe destacar que “los beneficios de las prestaciones de protección social se reparten de manera bastante uniforme a lo largo del ciclo vital”.
La edad define el esfuerzo fiscal
La investigación, elaborada por Julio López Laborda, Carmen Marín González, Jorge Onrubia y Ángel de la Fuente, cuantifica por primera vez con este nivel de detalle cómo fluyen los recursos entre generaciones, desvelando un patrón que se repite en la mayoría de las economías desarrolladas: la edad define tanto los déficits como los superávits fiscales a lo largo de la vida.
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El núcleo del fenómeno reside en la diferencia entre lo que cada grupo de edad paga al Estado en forma de impuestos y cotizaciones y lo que recibe mediante prestaciones, servicios públicos y transferencias. Según los datos de Fedea, quienes se sitúan entre los 28 y los 61 años reciben de media un 18% menos en transferencias públicas de lo que aportan en renta, mientras que los menores de 28 años y los mayores de 62 son beneficiarios netos del sistema. Este saldo negativo para los adultos en edad laboral ilustra el papel central de este grupo como soporte financiero del Estado del bienestar.

“Durante las décadas comprendidas entre la entrada plena en el mercado laboral y el inicio de la jubilación, la mayor parte de la población sostiene con sus impuestos y cotizaciones el gasto público necesario para cubrir la educación, la sanidad y las pensiones de las generaciones más jóvenes y más mayores. El saldo fiscal se invierte en los extremos del ciclo vital: los niños y adolescentes, así como los mayores de 62 años, reciben a través de transferencias públicas y servicios mucho más de lo que podrían costear con sus propios ingresos”, indica el informe.
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El ciclo vital y el saldo fiscal: quién da y quién recibe
El análisis de las Cuentas Nacionales de Transferencia para 2022 permite visualizar con claridad cómo la relación con el Estado cambia en función de la edad. Fedea detalla que los que actualmente tienen menos de 28 años aún en etapas formativas o de incorporación temprana al empleo, por lo que perciben más recursos públicos —en educación, sanidad, ayudas familiares— de los que generan a través del trabajo o el consumo. Esta situación se revierte progresivamente al alcanzar la edad adulta.
Entre los 28 y los 61 años, la renta laboral y la contribución fiscal de los individuos supera el volumen de prestaciones y servicios recibidos. En este rango, el saldo fiscal es negativo: por cada 100 euros aportados, el Estado devuelve una media de 82 en prestaciones y servicios. Este desfase supone que la población adulta es el principal financiador del consumo público global.
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Entre los 28 y los 61 años por cada 100 euros aportados, el Estado devuelve una media de 82 en prestaciones y servicios
Al cruzar el umbral de los 62 años, el saldo vuelve a ser positivo para el individuo: las prestaciones, muy especialmente las pensiones y la asistencia sanitaria, superan con creces el valor de los impuestos pagados. Así, el ciclo vital dibuja una curva en U, donde solo la edad productiva soporta el peso de la redistribución intergeneracional.
Un dato clave para entender este patrón es que el subsidio medio efectivo —la diferencia entre transferencias públicas netas y renta total— llega a alcanzar el 125% para los mayores, mientras que para los adultos en plena actividad el tipo medio efectivo de gravamen ronda el 20%.
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El consumo privado y público a lo largo de la vida
El estudio de Fedea revela que el consumo privado en España crece de forma sostenida hasta los 75 años, cuando comienza a descender levemente. Una vez que las personas mayores llegan a la etapa de la jubilación, tanto las rentas del trabajo como los impuestos disminuyen, y las pensiones pasan a ser la principal fuente de ingresos. Entonces, aunque el ahorro medio sigue siendo positivo, se observa una reducción progresiva, ya que muchas personas comienzan a utilizar sus activos acumulados —particularmente la vivienda— para financiar el consumo en la vejez.
El consumo público, compuesto por servicios como educación, sanidad y protección social, muestra picos entre los más jóvenes —por el peso de la educación— y los mayores —por la sanidad y dependencia—. Entre los 30 y los 60 años, la suma del consumo público y privado alcanza sus máximos. Queda reflejado así el mayor poder adquisitivo y las responsabilidades familiares de este grupo.
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El papel de la familia y el ahorro
No solo el Estado redistribuye recursos. El informe subraya la importancia de las transferencias privadas, especialmente dentro del hogar. Es decir, la importancia que tienen los padres a la hora de mantener a sus hijos al menos hasta los 30 años y sostener su consumo privado. Según Fedea, las transferencias intrahogar suponen una fuente clave de sostenimiento para los jóvenes, ya que sus ingresos aún no alcanzan para cubrir todos sus gastos.
La vivienda habitual en propiedad también actúa como mecanismo redistributivo: los adultos titulares de la vivienda financian el consumo de todos los miembros del hogar, reforzando el papel de la familia como “institución aseguradora” frente a la insuficiencia de rentas en las etapas iniciales de la vida.
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Aunque el informe de Fedea presenta los resultados agregados, se señala que existen diferencias notables entre hombres y mujeres en los patrones de renta laboral, prestaciones y ahorro, así como en la composición de los hogares. Las mujeres, por ejemplo, suelen experimentar períodos de desahorro a edades más avanzadas que los hombres, lo que tiene impacto en la redistribución de recursos.
Otro aspecto destacado es el perfil del ahorro por edades. En España, la acumulación de riqueza neta sigue aumentando con la edad, aunque se estabiliza a partir de los 65 años. El 20% de la población presenta un ahorro negativo, especialmente entre los jóvenes, en parte por la tardía emancipación respecto a la media europea. Y el problema para ahorrar siempre es el mismo: la vivienda. Quienes tienen una o varias casas en propiedad refuerzan la transferencia intergeneracional de recursos. El poder de las herencias.
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