
En la actualidad, vivimos demasiado deprisa; tan deprisa que a veces no sabemos muy bien hacia dónde vamos, pero seguimos avanzando. La vida contemporánea se ha convertido en una carrera constante marcada por la productividad, la autoexigencia y la sensación de que nunca es suficiente. Hacer más, ser más, rendir mejor.
En ese contexto, el diálogo interno suele convertirse en un espacio hostil, un lugar donde la comprensión escasea y la dureza se erige como protagonista. Nos hablamos mal, nos presionamos y nos exigimos como si el descanso o la calma fueran lujos que todavía no nos hemos ganado.
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En medio de esa velocidad, muchas personas se olvidan de sí mismas. Se cuidan cuando todo está en orden, cuando ya han cumplido con lo que se espera de ellas, cuando el cansancio no molesta demasiado; el problema es que, en ocasiones, este momento no llega nunca. Mientras tanto, se pospone lo esencial: escucharse, atenderse, tratarse con respeto. Así, el malestar se normaliza y aparece la culpa, ya que parar se vive como una amenaza.

Existe además una creencia profundamente arraigada: la idea de que el amor propio es algo que hay que merecer, que llegará cuando uno haya cambiado lo suficiente, cuando esté bien, cuando haya superado sus inseguridades o alcanzado ciertos objetivos. Así, quererse se convierte en una meta futura, no en un punto de partida.
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Sin embargo, cada vez más voces expertas insisten en que esta lógica está invertida y que es precisamente esa inversión la que mantiene a muchas personas atrapadas en la insatisfacción. La psiquiatra Luna Palma pone palabras a esta idea a través de uno de sus vídeos de TikTok (@dra.luna.palma): “No necesitas estar bien para empezar a quererte. Empiezas queriéndote para estar bien”.
La frase rompe con el discurso dominante que vincula el bienestar a la corrección previa de todo aquello que consideramos defectuoso. Según Palma, esperar a sentirse bien para empezar a cuidarse es una trampa habitual que solo prolonga el malestar.
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Tres consejos para empezar a cuidarse
Desde su experiencia clínica, la experta señala que el primer paso hacia una relación más sana con uno mismo no pasa por grandes cambios vitales, sino por algo mucho más cotidiano y, a la vez, más difícil: la forma en la que nos hablamos. “Lo primero que tienes que hacer es hablarte a ti mismo como le hablarías a alguien a quien quieres”. Una pauta sencilla en apariencia, pero compleja en la práctica, sobre todo para quienes han interiorizado discursos muy críticos hacia sí mismos.
Ese lenguaje interno condiciona la manera en la que una persona se percibe y se trata. Cuando el diálogo está cargado de reproches, exigencias y desprecio, el cuerpo y la mente viven en un estado de alerta constante. Cambiar ese tono no implica negar el malestar ni forzar el optimismo, sino introducir comprensión donde antes solo había juicio. Es, en definitiva, empezar a acompañarse en lugar de vigilarse.
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El cuidado, además, no siempre implica grandes decisiones ni transformaciones radicales. En muchas ocasiones, se construye a partir de gestos pequeños y sostenidos en el tiempo. Así lo resume Palma cuando afirma que hay que hacer “cada día una cosa, aunque sea muy pequeña, que te satisfaga a ti”. Un café tomado sin prisas, un paseo, apagar el móvil unos minutos; actos mínimos que envían un mensaje claro a nuestro propio cuerpo: importan el descanso y el bienestar.
En una sociedad que valora la hiperactividad y castiga la pausa, el descanso sigue siendo uno de los grandes olvidados del autocuidado. Muchas personas solo se permiten parar cuando el cuerpo ya no puede más. Frente a esa lógica, la psiquiatra introduce una idea clave que suele generar resistencia, pero también alivio: “Y lo tercero, déjate descansar sin sentir culpa, porque eso también es amor propio”. Así, no debe entenderse el descanso como una recompensa, sino como una necesidad legítima.
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Aceptar esta ecuación inversa —quererse para estar bien, y no al revés— supone un cambio profundo en la manera de relacionarse con uno mismo. No promete una felicidad inmediata ni elimina el malestar de un día para otro, pero sí abre una posibilidad distinta: la de empezar a cuidarse, incluso cuando no todo está resuelto.
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