
Desde el José bíblico, que interpretaba los sueños del faraón de Egipto, hasta la obra surrealista de la mexicana Remedios Varo, el mundo onírico ha despertado el interés de la Humanidad. La fascinación por los sueños se encuentra desde los orígenes del comportamiento humano moderno, en el que el pensamiento abstracto resulta clave.
Sueños hay de todo tipo: lúcidos, premonitorios, pesadillas... Situaciones que desearíamos que fueran reales y otras que agradecemos que sean solo producto de nuestro subconsciente. Pero hay un grupo de personas con tendencia a no recordar lo que sueñan, como si inmediatamente al despertar se rompiera el hechizo del sueño.
Más allá de lo misterioso que pueda parecernos la neblina de lo onírico, buena parte de ella (aunque, todavía, no toda) se despeja con la luz de la ciencia. La clave está en el cerebro. La psicóloga Gema Sánchez Cuevas explica para el blog especializado La mente es maravillosa que la arquitectura del sueño se compone de ciclos de entre 90 y 100 minutos que se dividen en diferentes fases, con la etapa REM (movimientos oculares rápidos) como el escenario principal de los sueños más intensos y emotivos.
Esta fase REM no solo es la última del ciclo, sino también la más extensa. Por ello, si uno se despierta de manera abrupta, apenas conserva un fragmento de los últimos instantes soñados. “Pasamos casi un tercio de nuestras vidas durmiendo”, recuerda la psicóloga, enfatizando el contraste entre la importancia cuantitativa del sueño y lo poco que solemos recordar su contenido.
El hipocampo, el filtro de los sueños
No obstante, la clave no reside únicamente en la estructura del sueño. El hipocampo, una zona del cerebro estrechamente vinculada a los procesos de memoria y las emociones, emerge como el verdadero filtro entre los sueños y su permanencia en la memoria. En 2011, la revista Neuron publicó un estudio liderado por la Universidad de Monash en Melbourne (Australia), que reveló que esta región cerebral decide, en gran medida, qué parte del material onírico se conserva o se elimina.
Durante el tránsito del estado consciente al inconsciente, el hipocampo es una de las últimas estructuras cerebrales en desconectarse. Este retraso es relevante: un pequeño grupo de personas mantiene la actividad del hipocampo durante algo más de tiempo, lo que les permite retener más detalles de sus sueños. El resto, aproximadamente el 90% de la gente, según las estimaciones manejadas por la psicóloga, sincroniza la desconexión de esta estructura conforme a los patrones habituales del cerebro, lo que provoca que el recuerdo de los sueños, salvo excepciones de alto contenido emocional, se elimine.
Solo recordamos los sueños que nos importan
Al mismo tiempo, el hipocampo permanece ocupado, clasificando y depurando recuerdos e imágenes acumuladas a lo largo del día, archivando exclusivamente aquella información que valora como importante para la memoria a largo plazo. En otro artículo de la revista Neuropsychopharmacology se constató que quienes suelen recordar sus sueños muestran también mayor actividad en la unión temporoparietal, la región cerebral dedicada al procesamiento de información. Esta hiperactividad puede estar ligada a un hipocampo particularmente vigilante, reduciendo la probabilidad de que los recuerdos oníricos se desvanezcan tras el despertar.
Por tanto, la razón fundamental por la que no solemos recordar los sueños es que el cerebro, ocupado en otras tareas, no considera relevante su contenido. Únicamente aquellos sueños dotados de una fuerte carga emocional se graban de forma excepcional en la memoria. En última instancia, los sueños que permanecen accesibles tras el despertar suelen ser precisamente los que encierran, para cada cual, un significado emocional apreciable.
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