En el verano de 1982, Hollywood vivía una temporada cinematográfica memorable: E.T. se convertía en la película más taquillera de la historia hasta ese momento, y las salas estaban ocupadas por títulos como Blade Runner, The Thing, Rocky III y Star Trek II. Pero entre los grandes lanzamientos, hubo uno que dejó una marca indeleble por motivos menos festivos.
Se trataba de Poltergeist, una producción de Steven Spielberg que, aunque atribuida oficialmente al director Tobe Hooper, estuvo rodeada de tensiones, rumores de coautoría, polémicas legales y un dato que, con el tiempo, se transformó en una de las historias más oscuras del cine de terror: el uso de esqueletos humanos reales en una de sus escenas más recordadas.
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Una escena inolvidable y su verdad incómoda
La escena se convirtió en uno de los momentos más impactantes de la película. El personaje de Diane Freeling, interpretado por JoBeth Williams, cae dentro de una piscina en construcción, llena de agua fangosa. Allí, en medio del barro y el caos, empiezan a emerger cuerpos en estado de descomposición. Para los espectadores fue un instante de terror cinematográfico; para la actriz, fue un recuerdo traumático.
“Tenía que entrar en este tanque de barro, con estos esqueletos… que por cierto, yo pensé que eran de plástico, pero después me enteré de que eran esqueletos reales. Fue una verdadera pesadilla”, declaró Williams en una entrevista para VH1 en 2002.
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La actriz profundizó años después, en el programa TV Land: Myths and Legends, afirmando que el rodaje de esa escena se extendió durante cuatro o cinco días, tiempo en el que permaneció cubierta de barro, rodeada de restos óseos y gritando constantemente. Aseguró que fue víctima de su propia “inocencia e ingenuidad” al creer que los esqueletos eran réplicas.
Economía antes que ética
A diferencia de lo que podría imaginarse, el uso de esqueletos reales no obedeció a una búsqueda artística o de autenticidad cinematográfica, sino a una decisión presupuestaria. En los años 80, los efectos especiales eran limitados, y muchas producciones debían improvisar para lograr verosimilitud sin exceder el presupuesto.
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Según Espinof, en ese momento “adquirir esqueletos reales (provenientes de laboratorios médicos o utilizados en estudios anatómicos) era más barato que fabricar réplicas realistas con materiales como plástico o látex”.
Williams confirmó este punto al señalar que “era demasiado costoso” crear esqueletos de utilería que lucieran reales. La decisión, aunque lógica desde el punto de vista financiero, abrió una discusión ética que todavía incomoda a parte del público y a la industria.
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13 esqueletos y una confesión bajo juramento
La confirmación oficial del uso de restos humanos llegó durante una declaración legal. En 1982, el artista de efectos especiales Craig Reardon fue citado a declarar en el contexto de una demanda judicial presentada por los escritores Paul Clemens y Bennett Michael Yellin, quienes acusaban a Spielberg de plagiar elementos de su guion.
En ese marco, Reardon reconoció: “Adquirí una cantidad de esqueletos quirúrgicos biológicos, así se los llama. Son para colgar en los salones de clase. Estos son esqueletos reales… de personas. Creo que los huesos fueron traídos de la India. De todos modos, recibimos 13. Y los vestimos para que no se vieran como esqueletos atornillados, limpios y blanqueados, sino como cadáveres desintegrándose”.
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La compra de esos restos se habría realizado a través de canales legales, ya que se trataba de esqueletos destinados originalmente al uso médico y educativo. Pero una cosa es estudiar anatomía y otra muy distinta es sumergir a actores en un estanque con huesos humanos sin advertencia previa.

La leyenda de la “maldición” de Poltergeist
A lo largo de los años, los rumores sobre una supuesta maldición asociada a la película comenzaron a crecer. Parte de esa mitología encuentra su origen en la decisión de usar cadáveres reales, que, según algunas creencias, habría alterado un “equilibrio espiritual” con consecuencias funestas. El argumento ganó fuerza con una serie de tragedias que golpearon al elenco.
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Dominique Dunne, quien interpretó a Dana Freeling, fue asesinada por su expareja solo cinco meses después del estreno. Heather O’Rourke, que encarnaba a Carol Anne, murió en 1988 a los 12 años por un ataque cardíaco derivado de una estenosis intestinal mal diagnosticada. Su familia demandó por mala praxis médica y alcanzó un acuerdo extrajudicial. Además, Oliver Robins, el actor que interpretaba a Robbie, casi muere ahorcado por el muñeco de payaso en una escena: solo se salvó gracias a la intervención directa de Spielberg.
Estos episodios, junto con el uso de restos humanos, alimentaron el mito de que Poltergeist es una de las películas “más malditas” del cine, una idea que se mantiene viva incluso cuatro décadas después de su estreno.
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