
“Soy una mujer expresiva y sexy de un país musulmán que está triunfando como diseñadora de moda en Londres. Alguien me dijo recientemente que solo mi existencia ya es un acto de protesta”, dijo Dilara Findikoglu, sentada en su estudio del norte de Londres, en entrevista para The Times.
La diseñadora turca, de 34 años, es una de las voces más provocadoras y reconocibles de la moda actual, vestidora de estrellas como Madonna, Dua Lipa, Rihanna, Margot Roobbie, Doja Cat y Kim Kardashian. Pero su camino no ha sido fácil.
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Su historia comienza en Estambul, donde su familia casi le impide viajar a Londres para estudiar en Central Saint Martins, la prestigiosa escuela de moda que formó a genios como Alexander McQueen y John Galliano.
“Mis hermanos le dijeron a mi padre que no me dejara ir. Eran mucho mayores y muy restrictivos”, recuerda. “No era una cuestión de cubrirme la cabeza, sino de control. No querían que saliera, me decían qué podía y qué no podía vestir”.
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Ante la negativa, Findikoglu amenazó con escapar. Finalmente, su padre cedió, pero ella dejó de hablar con sus hermanos por una década.
“Durante mucho tiempo, la ropa me hacía sentir asfixiada. Por eso usaba lo menos posible: un bodysuit, unas medias transparentes… No era para verme sexy, sino porque así me sentía cómoda”.
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Hoy, su estética desafiante y dramática la ha convertido en una de las diseñadoras favoritas de las celebridades que buscan looks de impacto en la alfombra roja.
Pero en su ascenso, ha tenido que tomar decisiones firmes. “Lo que ven en las alfombras rojas es solo el 5% de las solicitudes que recibimos”, explicó.
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“Hay mucha demanda, pero somos muy selectivos. Si alguien no es agradecido o no quiere pagar, no trabajamos con esa persona”.
De la rebeldía a la élite de la moda
Cuando Dilara Findikoglu no fue seleccionada para la pasarela de graduación de Central Saint Martins en 2015, organizó su propio desfile alternativo. Esa irreverencia y determinación han definido su carrera.
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En su estudio, un equipo de cinco personas trabaja en vestidos de estructura compleja, corsetería detallada y bordados con cabello humano.
“Hacemos uno o dos vestidos de alta costura por semana. Una vez, logramos hacer cinco. No sé cómo lo logramos”.
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A diferencia de la industria de la moda, donde el agotamiento es casi un símbolo de prestigio, Findikoglu impone sus propias reglas.
“En la escuela te hacían sentir mal si no trabajabas toda la noche. Yo amaba estudiar allí, pero era un ambiente tóxico. Ahora, si nos quedamos hasta la 1 de la mañana, es porque nos estamos divirtiendo”.
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El desgaste, sin embargo, le pasó factura. “Soy adicta al trabajo. Los primeros tres años fueron durísimos. Me quedé sin dinero y me dio vergüenza pedir ayuda”.
La pandemia le obligó a replantearse su ritmo y encontrar maneras de equilibrar lo artístico con lo comercial.
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Para financiar su estudio y su equipo, ha diversificado su negocio con colaboraciones estratégicas. En enero lanzó una línea de lencería asequible con Boux Avenue, donde un corset cuesta £85 (u$s 107) en lugar de los £1,120 (u$s 1.400) habituales. También trabajó con Heaven by Marc Jacobs, acercando su estética a un público más joven.
Pero sigue dirigiendo su empresa prácticamente sola. “No tengo CEO ni director de producción. Lo hago todo yo. Mitad creativa, mitad empresaria. Pero quiero que esta colección sea la última que hago de esta manera”.
Las estrellas que visten Findikoglu
Findikoglu ha vestido a íconos como Charli XCX, Madonna y Chloë Sevigny, además de haber sido una de las diseñadoras más solicitadas en la pasada Met Gala.
Para ese evento, creó un vestido que simulaba estar rasgado en el frente, un bodice-ripper inspirado en el siglo XVIII. Fue tan complejo que la diseñadora tuvo que viajar a Nueva York para vestir a Sevigny en persona.
Su estética, una mezcla de drama gótico, feminidad voluptuosa y referencias históricas, ha sido comparada con la de Vivienne Westwood.
No es casualidad que la nieta de la icónica diseñadora, Cora Corré, sea una de sus clientas. “Las prendas de Dilara te hacen sentir fuerte, aunque sean totalmente transparentes”, dijo Corré. “Es especial y rebelde. Eso no se puede fingir”.

En los British Fashion Awards, vistió a la actriz Julia Fox con un vestido corset casi completamente transparente, a la cantante Tems con un diseño de plumas blancas y a Alex Consani con un minivestido de crinolina decorado con la bandera del Reino Unido, un guiño a Westwood y al icónico look de Ginger Spice.
Sin embargo, la diseñadora no se conforma solo con la atención de las estrellas. Su ambición va más allá. “Grandes casas de moda ya se han acercado a mí. Sé que tarde o temprano pasará”.
Más allá de la moda: provocación y fantasía
Findikoglu no teme desafiar las normas. En octubre organizó un baile de Halloween titulado El funeral de la masculinidad tóxica. En una lujosa sala londinense, sus invitados cenaron junto a un ataúd abierto, rodeados de coronas fúnebres. El código de vestimenta: corsetería victoriana, cuero bondage y transparencias etéreas.
La teatralidad es parte fundamental de su sello. Mientras muchas marcas buscan diseños minimalistas y comerciales, ella apuesta por el exceso y la fantasía. “Antes la moda era más mágica. Necesitamos más de eso y menos ropa de Zara”.

Sus desfiles son experiencias cinematográficas, inspiradas en la oscuridad gótica de McQueen y la depravación teatral de Galliano.
“John (Galliano) es un mentor para mí. En Maison Margiela aprendí a darle a cada modelo un personaje para interpretar en la pasarela”.
Su visión ha provocado críticas. Algunos medios la han llamado “satánica”. Pero ella se ríe: “Las chicas bien portadas no hacen historia”. Y remata con una frase que resume su espíritu rebelde:
“Quiero provocar. Quiero que la gente se cuestione cosas. Y parece que los grandes escotes siempre logran eso”.
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