
La habitación de Marlon Brando estaba en penumbras, apenas iluminada por la pantalla de un televisor que nadie veía. Sobre la mesa, entre papeles desordenados y restos de comida fría, descansaba una botella de oxígeno. El hombre que había sido un dios en la pantalla y un enigma fuera de ella, el mismo que durante años hizo temblar a directores, productores y actores, ahora apenas podía moverse. Respiraba con dificultad, los ojos hundidos en la sombra de un rostro que alguna vez fue la imagen del deseo y la rebeldía.
Marlon Brando murió solo. No hubo una multitud de amigos despidiendo al actor que había revolucionado Hollywood. No hubo aplausos, ni prensa abarrotando la entrada de su casa, ni homenajes inmediatos. Solo un hombre atrapado en su propio cuerpo, dependiendo de un tanque de oxígeno para mantenerse vivo. “Es inutil”, le dijo a Karl Malden, su amigo de toda la vida, en su última conversación, según Express UK. Tres semanas después, el 1 de julio de 2004, Brando murió de fibrosis pulmonar en el UCLA Medical Center de Los Ángeles. Tenía 80 años.
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Había sido un genio. Eso nadie lo discutía. Era el hombre que convirtió la actuación en algo más que recitar líneas y mirar a la cámara. El que en Un tranvía llamado deseo (1951) transformó la rabia y la sensualidad en un arte. El que en On the Waterfront (1954) pronunció con dolor infinito la frase que definiría su legado: “Podría haber sido un contendiente". Ganó su primer Oscar por aquella interpretación. Hollywood se rindió a sus pies, pero Brando nunca se sintió cómodo con la adoración. Lo llamaban el mejor actor de su generación, pero él respondía con desdén.
El éxito fue inmediato, pero el respeto fue más difícil de mantener. Mientras la crítica lo aclamaba, en los rodajes se corría la voz de que trabajar con él era un infierno. En Reflections in a Golden Eye (1967), despreciaba a Elizabeth Taylor por considerarla físicamente inferior. En La condesa de Hong Kong (1967), se burló de Sophia Loren diciendo que su aliento era “peor que el de un dinosaurio”, según Vanitatis. Llegó un punto en el que sus caprichos costaban fortunas: en Superman (1978), cobró 7 millones de dólares por siete minutos en pantalla.
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Nada de eso lo hacía feliz. En el set era indomable, pero en su vida personal, el caos era mayor. Se casó tres veces y tuvo once hijos reconocidos. Su isla privada en Tahití, Tetiaroa, fue su refugio y su escape. Allí encontró a Tarita, la mujer con la que tuvo a Cheyenne, la hija que marcaría el principio de su tragedia.

En la madrugada del 16 de mayo de 1990, en la mansión de Brando en Mulholland Drive, un disparo cambió su vida para siempre. Christian, su hijo mayor, mató de un balazo al novio de Cheyenne, Dag Drollet, un joven tahitiano de 26 años. Brando intentó reanimarlo con respiración boca a boca, pero no pudo hacer nada. “El mensajero de la miseria ha visitado mi casa”, dijo con voz quebrada ante la prensa al día siguiente, según GQ. En el juicio, lloró mientras intentaba explicar que había fallado como padre. Christian fue condenado a cinco años de prisión. Cheyenne, devastada, se suicidó en 1995.
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Desde entonces, Brando dejó de ser un hombre. Era una sombra. Engordó hasta superar los 150 kilos, apenas salía de su casa y gastó su fortuna en abogados para intentar salvar a Christian. En sus últimos años, estaba arruinado. Había perdido su mansión, su dinero y su salud. Vivía en una pequeña habitación y dependía de una pensión mínima de actor, según Vanitatis.

Sabía que se estaba muriendo. “Marlon tenía problemas cardíacos, diabetes, cáncer de hígado. Dependía del oxígeno para respirar”, afirmó Express UK. No aceptaba visitas. Su última aparición pública fue en Larry King Live en los años 90, donde besó a King en los labios, una de sus muchas excentricidades. “Era impredecible. Podía destruirte o hacerte sentir la persona más importante del mundo en un segundo”, dijo Jack Nicholson, su viejo amigo, al New York Post.
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El 1 de julio de 2004, su cuerpo no resistió más. Respiró con dificultad hasta que la fibrosis pulmonar le ganó la batalla.

El mito, sin embargo, no murió con él. Su isla, Tetiaroa, se convirtió en un lujoso resort llamado The Brando, donde hoy descansan millonarios y celebridades, según Vanitatis. Sus películas siguen vivas, sus escenas son estudiadas por actores que sueñan con ser la mitad de lo que él fue. “El mejor, el más grande”, dijo James Caan tras su muerte, a CBS.
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Pero al final, Brando no se consideraba un artista ni un ícono. Solo un hombre que actuaba para escapar de su propia vida. “Mentir para ganarse la vida”, lo llamaba él, haciéndole creer a toda la sociedad que no lo conocía, que era un hombre encantador, lo que ciertamente no era.
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