La finca cafetalera que sobrevive rodeada de urbanización a cinco minutos del centro de San Salvador

Entre supermercados y vías urbanas, un terreno antes degradado se convirtió en bosque cafetalero. La historia de una apuesta familiar que desafía el avance del concreto en el cerro de San Jacinto

El bosque cafetalero que resiste al avance urbano en San Salvador (Foto cortesía Ritual Púrpura)
El bosque cafetalero que resiste al avance urbano en San Salvador (Foto cortesía Ritual Púrpura)
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La Finca San Antonio Amatepеque, en el cerro de San Jacinto, conserva más de 100 manzanas de cultivo y vegetación a cinco minutos de supermercados, restaurantes y vías del área metropolitana de San Salvador.

En una zona donde la expansión urbana redujo la presencia de propiedades agrícolas, un terreno que tuvo potreros, zacatales y una pedrera funciona hoy como bosque cafetalero.

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La transformación comenzó con una decisión familiar: reforestar. El padre de Daniella Boza, agrónomo de formación, heredó una parte de la finca y compró predios vecinos con la idea de incorporar café en espacios degradados. Una de esas áreas había sido utilizada como pedrera por un arquitecto; otras eran potreros o terrenos cubiertos de zacate.

“Él quería reforestar esa área, sembrar café y hacer un bosque cafetalero”, contó Boza, quien hoy trabaja junto a su padre en la administración y el procesamiento de la cosecha.

La finca quedó rodeada por la urbanización. Para llegar a la entrada basta un trayecto corto desde los comercios de la zona. La ciudad avanzó sobre un paisaje que antes estaba compuesto por fincas, y la familia sostiene que su propiedad forma parte de las pocas que mantienen la actividad agrícola en el sector.

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Un terreno degradado convertido en producción de café bajo sombra

La reconversión de la tierra no respondió a un proyecto inmobiliario ni a una iniciativa estatal. Fue una apuesta agrícola de largo plazo, basada en la siembra de cafetos y árboles de sombra sobre áreas que habían tenido otros usos.

El padre de Boza estudió agronomía general en una universidad de Nicaragua. Su formación incluía conocimientos sobre producción animal, cultivos y manejo de plantas, aunque no se especializó exclusivamente en café. La experiencia familiar también pesó: su propio padre había cultivado el grano.

Sus hijas llegaron después al oficio. Daniella estudió administración de empresas y cocina. Junto con una de sus hermanas tomó cursos de poda, resiembra y catación, además de una capacitación anual sobre el ciclo completo del cafeto, desde la siembra hasta la cosecha y el procesamiento.

El resultado fue una finca que combina producción, cobertura vegetal y actividades de visita pública. Parte del personal está dedicado al turismo rural, una opción que permite a los visitantes recorrer un espacio agrícola ubicado a pocos minutos de la trama urbana.

Un antiguo espacio de extracción y pastoreo se convirtió en cultivo bajo cobertura vegetal, con vista al lago de Ilopango y procesos adaptados a la escasez de agua (Foto cortesía Ritual Púrpura)
Un antiguo espacio de extracción y pastoreo se convirtió en cultivo bajo cobertura vegetal, con vista al lago de Ilopango y procesos adaptados a la escasez de agua (Foto cortesía Ritual Púrpura)

La ciudad creció y complicó las condiciones para cultivar

La cercanía con San Marcos y San Salvador ofrece una ventaja logística, pero también impone presiones sobre la actividad. La principal dificultad que identifica Boza es la mano de obra agrícola.

“Está súper complicado encontrar colaboradores que nos puedan ayudar con los trabajos agrícolas, porque ya es más que todo una zona urbana”, explicó.

La finca cuenta con un encargado de organizar las labores agrícolas, un asistente administrativo y trabajadores destinados a las tareas del cultivo y a la atención de visitantes. Un grupo de alrededor de 15 colaboradores vive en la propiedad durante períodos de trabajo y sale cada dos semanas a sus hogares.

El café exige actividad durante todo el año, aunque la cosecha llega una sola vez. La poda, el manejo de la sombra, el control de plagas, la fertilización, el mantenimiento de caminos y la recolección dependen de una mano de obra que escasea a medida que los empleos urbanos ganan espacio alrededor de la finca.

La propiedad produce alrededor de 1.300 quintales de café por año, una cifra que concentra el resultado de meses de trabajo y queda expuesta a las variaciones del clima.

A solo cinco minutos de la expansión urbana y comercios de San Salvador, un antiguo terreno degradado opera como un bosque cafetalero que resiste la urbanización.

Más sombra sobre los cafetos para enfrentar la sequía

El agua es uno de los límites de la finca. La falta de disponibilidad hídrica impide instalar un beneficio completo para elaborar cafés lavados, por lo que la familia concentra su trabajo en procesos naturales y honeys, que requieren otra gestión de la fruta y el secado.

Durante un período de sequía, la finca había recibido cerca de la mitad de la lluvia esperada. La consecuencia se sentía en el desarrollo del grano, con la posibilidad de una cosecha de menor tamaño y una mayor presencia de plagas como la broca y la roya.

La respuesta incluyó cambios en el manejo de los árboles de sombra. En vez de realizar una poda habitual, la familia redujo la intervención para proteger las plantas del sol.

“Vamos a necesitar la sombra, porque no solo es que no llovió, sino que está fuerte el sol y está quemando algunas de las plantas”, señaló Boza.

Esa cobertura vegetal cumple una función agrícola: regula la exposición de los cafetos, modera las condiciones del cultivo y ayuda a sostener el microclima de una finca que enfrenta temperaturas altas y lluvias irregulares. En un entorno urbanizado, esa masa de árboles también conserva una continuidad verde en las laderas del cerro de San Jacinto.

Tierra blanca y microclimas junto al lago de Ilopango

De una pedrera a una finca urbana que conserva verde el cerro San Jacinto Lead (Foto cortesía Ritual Púrpura)
De una pedrera a una finca urbana que conserva verde el cerro San Jacinto Lead (Foto cortesía Ritual Púrpura)

Boza identifica dos rasgos que, según la experiencia de su familia, ayudan a explicar la adaptación del café: la composición del suelo y los microclimas de la finca.

La tierra de la propiedad es conocida como tierra blanca joven, un material fino y polvoriento durante los períodos secos. La familia vincula su presencia con la actividad volcánica histórica de la zona y con la cercanía del lago de Ilopango, visible desde algunos puntos de la finca.

“No sabría decir qué exactamente tiene la tierra que lo hace diferente, pero los microclimas que hemos logrado tener ahí hacen que nuestro café se adapte muy bien”, afirmó Boza.

La vista al lago forma parte de la experiencia turística que la finca busca desarrollar. El paisaje reúne cafetales, árboles de sombra y un horizonte que contrasta con la proximidad de las construcciones, los comercios y el tránsito urbano.

De la crisis de la roya al procesamiento propio

La estrategia actual de la propiedad también nació de una crisis. Durante la expansión de la roya, los cafetos perdieron hojas en pocos días y la familia debió revisar el modelo con el que vendía su producción a exportadoras.

Un reconocimiento de Rainforest Alliance, obtenido tras el envío de una pequeña muestra a una feria de café de especialidad, les mostró que el grano tenía posibilidades de comercialización diferenciada. Desde entonces, la finca comenzó a procesar parte de su café y a buscar compradores fuera del circuito convencional.

Daniella Boza se certificó en Q Processing y Q Grader, una acreditación vinculada a la evaluación sensorial del café. También realizó cursos sobre fermentación en Guatemala y Colombia. Con esos aprendizajes impulsó Ritual Púrpura, una marca que utiliza el café de la finca para probar procesos de fermentación controlada.

Los primeros ensayos tuvieron recursos limitados. “Yo pensaba que necesitaba un montón de equipo de acero inoxidable”, recordó. En una capacitación le explicaron que podía iniciar con barriles azules. Su padre le otorgó un presupuesto de USD 400. “Solo alcanzaba para los barriles. Así empezamos”.

En el cerro de San Jacinto, la cosecha, el agua, la sombra y la disponibilidad de trabajadores definen cada ciclo. Entre el concreto que avanza y los cafetos que permanecen, el terreno que antes fue pedrera mantiene una función agrícola y ambiental en las cercanías de San Salvador.

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