
Cholila es un pueblito de Chubut de poco más de 2.000 habitantes. Ubicado en la zona cordillerana y rodeado por valles y lagos —Rivadavia, Lezana, Cisne, El Cóndor, Pellegrini— es un territorio que vive de los emprendimientos familiares, la producción local, la pesca y, sobre todo, el turismo. El paisaje, como en casi toda la Patagonia, roza la perfección: picos nevados que contrastan con un cielo diáfano, lagos, bosques, caminos serpenteantes. La ciudad se fundó oficialmente en 1904, pero existía —claro— desde antes como paraje. Allí, entre 1901 y 1905 se refugió Butch Cassidy: su cabaña es un punto obligatorio para los visitantes.
En las afueras de Cholila, a unos 5 km sobre el corredor de Villa El Blanco —Ruta 71—, funciona la secundaria técnica rural Escuela Agrotécnica CEA Valle de Cholila, que depende de Fundación Cruzada Patagónica. El programa de estudios dura siete años; el último está diseñado con un formato de seminarios, donde los estudiantes se enfrentan a situaciones cotidianas que tienen que ver con la producción agropecuaria, el trabajo en talleres, el uso de máquinas industriales.
La provincia marcó como fecha de inicio el 23 de febrero, pero las escuelas de la cordillera tienen un calendario especial. Empiezan el 26 de enero y tienen un receso invernal más largo. Los 65 docentes y 158 estudiantes, entonces, ya debían estar en clase. Pero no han podido: el fuego descontrolado que ha llevado al presidente a declarar la emergencia ígnea rodea a la escuela, y hay tres grandes frentes a menos de 8 km de distancia.
Cholila, un jardín del Paraíso que hoy vive el infierno.

Hay viento y hay cenizas en el viento
—Ahora hay mucho humo —dice Florencia Oyharçabal, directora de la Escuela CEA—. Anoche hubo una llovizna; en este momento está nublado y eso da tregua. Pero ya empiezan a aumentar las temperaturas. Los focos siguen activos. Se genera una masa de humo que se concentra en el valle. Cuesta respirar.
Oyharçabal es ingeniera forestal y lleva dos años en el cargo y diez en la institución. Vive en Golondrinas, Lago Puelo, a unos 70 kilómetros de la escuela. El trayecto le toma una hora. Cada día cuenta los focos: ha llegado a contar más de cincuenta. Tanto ella como varios otros docentes se han convocado para acompañar a la comunidad en las necesidades inmediatas y también a estar atentos a cualquier medida preventiva que se requiera en la escuela.
—Estamos trabajando todas las escuelas en red —dice Oyharçabal—. La municipalidad organizó la del pueblo para centralizar las acciones y nos fuimos sumando las demás. Nosotros asistimos con viandas: comida, frutas, agua. Cubrimos las necesidades que nos van diciendo. En la Escuela 103 están recibiendo evacuados y brigadistas. Nosotros podemos fortalecer la dieta de quienes están trabajando con el fuego.

La batalla contra el fuego tiene una buena parte de épica y una todavía mayor de desconsuelo. Justo al lado de la escuela está el aeródromo. Los aviones pasan constantemente a cargar agua. Los bomberos combaten el fuego sin la ropa necesaria ni el equipamiento suficiente. La falta de recursos es el principal riesgo. La escuela se ha convertido en un centro para recibir donaciones económicas y entregárselas de manera inmediata a los brigadistas. También los alojan en las residencias que habitualmente usan los estudiantes de áreas remotas. Mientras tanto, las tareas de prevención en la escuela son continuas.
—Hay que ir un poco más allá de la parte edilicia —dice Oyharçabal— y proyectar a la redonda con recurso hídrico, con motobombas, con tótems que reservan mil litros de agua.
La prevención también incluye despejar el entorno y mantener a la vegetación en condiciones para no se encienda y el fuego no encuentre puente hacia los edificios.

Se dispersan el día y la batalla
El incendio tiene un impacto directo en la economía del pueblo. Se quemaron muchas veranadas —terrenos de pasto y agua donde llevar al ganado— y hay familias que están recorriendo la zona para ver cuántos animales perdieron en el fuego. La distribución interna se ve afectada, porque hay menos producción para entregar a comercios, carnicerías y despensas. Las familias de Villa Lago Rivadavia, a quince kilómetros de Cholila y cuatro del Parque Nacional Los Alerces, tuvieron el fuego a las puertas. El problema no es sólo económico sino también emocional.
También hay muestras de solidaridad permanente. Esta semana, una familia de la escuela donó una motobomba para los brigadistas. La entregaron en mano en el colegio y no perdieron tiempo con fotos ni discursos. La pusieron inmediatamente en uso.
Oyharçabal se especializó en restauración posfuego del bosque nativo. Mira el presente con tristeza, pero en sus respuestas se cuela una palabra de esperanza: “normalidad”. Confía en que en poco tiempo —quizá un par de semanas—, si el viento acompaña y se controlan las zonas más apremiantes, como el frente que está en el lago Lezana, los estudiantes puedan comenzar las clases.
—Con tu experiencia, ¿qué va a pasar con el bosque?
—El daño ecosistémico, social y cultural va a tener una recuperación muy lenta. Hay que hacer una reparación a nivel emocional y a nivel ecosistémica, que por ahí no nos va a encontrar vivos. Lleva muchos años. Los bosques nos dan beneficios ecosistémicos que tomamos a diario: el agua potable depende de los árboles en la montaña, que no haya inundaciones ni sequías depende de la gran masa de bosques. Las especies nativas, como el coigüe, el ciprés de la cordillera, la lenga, se va modificando hacia otra vegetación. Esta zona viene atravesando fuegos, pero no tenían tanta recurrencia. Tenemos que tomar conciencia de cómo cuidar nuestros recursos, cómo gestionar el agua. En la escuela trabajamos eso.
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