Cómo es la escuela argentina en la Antártida: atardeceres rosados, días sin noche y un continente de hielo donde flamea la bandera celeste y blanca

Ticmas entrevistó a María de la Paz Labate y Facundo Silva, maestros de la Escuela N° 38 en la Antártida Argentina. “Ser docente antártico es ser expedicionario en un contexto natural y científico privilegiado”, dicen

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Los alumnos de la Escuela Provincial número 38 “Presidente Raúl Ricardo Alfonsín” forman frente a la bandera argentina

El silencio, lo blanco, el oleaje, el viento. Las rocas, la ciencia, la fauna y la flora. Las estrellas y la noche. El sol bañando el hielo. La inmensidad de lo humano más allá del territorio y las fuerzas de la naturaleza. Una reflexión que surge cuando se descubre la historia de los docentes que cada año eligen dar vuelta su vida para ir a enseñar a la Escuela Provincial número 38 “Presidente Raúl Ricardo Alfonsín”, en la Base Esperanza de la Antártida Argentina.

La escuela, que lleva ese nombre desde 1997, fue inaugurada el 14 de marzo de 1978 y desde entonces deja su huella en las familias que viven transitoriamente en el continente blanco siendo el espacio de educación para los hijos de científicos, personal de las fuerzas armadas, técnicos y civiles.

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Ticmas dialogó con la licenciada y docente de nivel terciario María de la Paz Labate y con el profesor de educación especial y física Facundo Silva; quienes hoy ejercen la docencia en la escuela y trabajan con pasión para continuar con un legado de presencia argentina de más de ciento veinte años en el territorio austral.

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La escuela en la Antártida argentina fue inaugurada hace 46 años

Ser docente y ser antártico

“La docencia es una tarea que conlleva un compromiso y una responsabilidad sumamente genuina con la humanidad y el mundo. Implica actualizaciones permanentes, un trabajo sostenido en red (supervisiones, familias, profesionales externos, relaciones interinstitucionales) y una cuota suficiente de creatividad, ternura y obstinación”, aseguran Labate y Silva.

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Y reflexionan: “Ser docente antártico significa cultivar una identidad fueguina y argentina bicontinental. Es una aventura donde lo profesional, lo familiar y lo personal se ve atravesado por experiencias movilizantes que nos interpelan, pero sobre todo, nos enseñan. Nos recuerdan la fuerza de la naturaleza, la importancia del agua, el valor de sostenernos en comunidad, la cooperación necesaria entre distintos países, la soberanía de la ciencia”.

Además sostienen que “ser docente antártico es ser expedicionario en un contexto natural y científico privilegiado. Es asumir el desafío de dotar de intencionalidad pedagógica las vivencias de niños y niñas, que invernan junto a sus familias. Infancias que han tenido que adaptarse a un clima inhóspito y hostil, que han dejado afectos y comodidades en el continente. Infancias que a su vez, disfrutan con cada descubrimiento y comparten con otros niños y niñas del mundo sus hazañas y cotidianidades”.

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Entre las tareas de los estudiantes está la observación de la naturaleza y las clases de cartografía

Las noches largas y los días casi sin noche

La escuela que desde de la década del noventa depende la provincia de Tierra del Fuego y se rige por su calendario académico posee también un Jardín de Infantes llamado “Buque Santa Micaela” y una guardería con el nombre de “Pingüinitos”. Los docentes elegidos son matrimonios legalmente constituidos o unidos de hecho y esto implica una rigurosa selección y la mudanza de una familia, como es el caso de María de la Paz y Facundo que cuando llegaron a la Antártida lo hicieron con su pequeña hija Carmela, que hoy tiene cuatro años.

Pero antes de vivir esa emoción, tuvieron un largo camino: “El proceso de selección resultó una instancia exhaustiva y formativa que duró casi un año”. Y explican: “Idear el proyecto pedagógico ha sido una tarea compleja. El desafío radicaba en ofrecer una propuesta que contemplara los contenidos de los diseños curriculares de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, que pusiera en valor el contexto socio histórico y natural en el cual nos encontraríamos inmersos y que a su vez dialogara con las particularidades y los conocimientos previos de cada estudiante. Como ejes, nos apoyamos en tres de los pilares fundamentales propuestos por el Tratado Antártico vinculados al Cuidado del Ambiente, el valor de la ciencia y la importancia de la Paz y cooperación”.

Ser guardianes del agua, los cultivos hidropónicos, los registros de las temperaturas y el tratamiento de los residuos resultaron abordajes pedagógicos significativos para reflexionar sobre el cuidado ambiental. Las noches largas y los días casi sin noche fueron un insumo muy valioso para pensar la educación cósmica y jugar con teatros de sombras”, destacan.

Y relatan: “Aunque durante todo el año hemos mantenido intercambios con distintos profesionales de la biología, geografía, paleontología y astronomía, en octubre, la base recibió nuevos integrantes: un equipo de científicos, dependientes de la DNA [Dirección Nacional de Auditoría], que con mucha generosidad, compartieron con nosotros distintas instancias formativas. El estudiantado pudo intercambiar con este equipo, observaciones e hipótesis que habían confeccionado en torno a los skúas [aves marinas] y los pingüinos papúas y adelia”.

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Los docentes Facundo Silva y María de la Paz Labate

La importancia de la comunidad

“La trama comunitaria, en este tipo de contextos es fundante ya que la Escuela constituye un punto de encuentro, una referencia sociocultural que nuclea a toda la dotación invernante”, celebran y destacan que “Fueron pocos los días en que la adversidad climática nos impidió trasladarnos hacia la escuela. Fue entonces cuando la escuela, con ayuda de las familias, se trasladó a las casas de los estudiantes, mediante actividades impresas o encuentros virtuales”.

Y explican: “La dotación está compuesta mayoritariamente por personal de distintas fuerzas dependientes del Comando Conjunto Antártico. Base Esperanza, es la única base que recibe familias desde el año 1978. La misma se crea movilizada por el anhelo de extensión territorial del General Hernan Pujato y su plan estratégico de ocupar el suelo antártico para el ejercicio de nuestra soberanía”. De esta forma: “La escuela es receptora de varias y diversas demandas no solo de la comunidad educativa sino también de cuantiosas instituciones del resto del país y del mundo que tienen la intención de generar algún tipo de intercambio”

Dado que en la escuela se encuentran estudiantes de diversas edades y necesidades educativas, los docentes explican que cuentan “con la colaboración de mamás auxiliares de la base que con dedicación y compromiso han conformado un equipo de trabajo que nos acompañó en la cotidianeidad de la Escuela. Hemos contado también con mamás auxiliares de la base destinadas en la Radio nacional LRA36 ‘Arcángel San Gabriel’ con quienes articulamos distintos encuentros radiofónicos. También disfrutamos de una clase a cielo abierto sobre conformación de nubes con una mamá meteoróloga. No faltaron los talleres de cocina, con el acompañamiento de la cocinera, ni clases de cartografía por el encargado del Museo Antártico ‘Mayor Expedicionario del Desierto Antártico Don Gustavo Adolfo Giró Tapper ‘”.

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La escuela de Base Esperanza también tiene un jardín de infantes y una guardería

STEAM y ciencia en el blanco

“Las edades variadas resultaron una fortaleza al momento de llevar a cabo proyectos que implicaban un abordaje pedagógico colaborativo. El enfoque de enseñanza STEAM, propuesto por Feria de Ciencias, nos resultó sumamente significativo para el estudiantado, fue así que a partir de la problematización de nuestra identidad bicontinental, lograron confeccionar un Juego llamado: ‘Expedición Antártida Argentina, una misión bicontinental’ que refleja no solo sus vivencias y hazañas sino que también incorpora información científica y socio histórica vinculada estos más de 120 años de presencia argentina permanente e ininterrumpida en el continente”, celebran Labate y Silva.

Cuando recuerdan su llegada a la Antártida, no dudan en emocionarse y saber que están realizando una tarea única de transmitir conocimiento en un territorio que invita a repensar los propios límites.

“El primer día de clases fue literalmente de película. No solo porque un equipo de documentalistas franceses filmaban cada uno de nuestros pasos. En ese momento, sentimos que finalmente, luego de una travesía de casi dos semanas, estábamos en el lugar que anhelaban nuestros sueños: un continente que llaman desierto blanco, pero que nos conquistó con sus anaranjados y rosados atardeceres. ¡Cómo no extrañar los azules tornadizos del Mar de Weddell!”, relatan desde la lejanía de un territorio donde flamea la bandera celeste y blanca y niños y niñas aprenden en una escuela argentina.

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