
Si volvemos el tiempo a 1990, ¿qué cambiaría?: Nos encontraríamos sin redes sociales ni wifi, no existiría Google, Netflix ni YouTube. Tampoco habría tantos celulares, por lo que resultaría bastante complicado comunicarse. Pero, ¿qué encontraríamos casi sin cambio alguno si viajáramos treinta años al pasado? Una clase en un colegio.
A pesar de los avances en tecnología, procesos, ciencia, inteligencia artificial, robótica, y otros tantos otros campos que han evolucionado a paso agigantado, la forma en que educamos no cambió al mismo ritmo. Tampoco el manejo de la información dentro de las escuelas, o las herramientas de gestión institucional. Pareciera que el sistema educativo es un ecosistema desconectado de lo que sucede alrededor, al que le cuesta mucho adaptarse a lo nuevo. Y claro, aparece el desafío de motivar a aprender, a indagar, a elegir un futuro a alumnos y alumnas que tienen otra relación con el aprendizaje, otra posición en cuanto a la adquisición de los conocimientos.
¿Qué pasaría si en los colegios hubiese acceso a la inteligencia artificial o análisis de datos para tomar información del rendimiento e intereses de sus alumnos y arrojar resultados? Tendríamos toda la información necesaria para ser perfectos guías de sus futuros. Parece una idea lejana, y probablemente la primera reacción sea pensar en cuánto presupuesto necesitaríamos para llevarlo a cabo. La buena noticia es que no necesitamos de tantos recursos para comenzar a ayudar a nuestros estudiantes.

El primer paso a dar es salir de nuestra zona de confort y comenzar a mirar a nuestro alrededor. Prestar un poco más de nuestra atención a detectar las habilidades, los intereses, las temáticas que más disfruten, donde más se involucren. Eso, ya es data que podemos capitalizar para generar un impacto positivo. El conocer qué motiva de verdad a nuestros estudiantes es vital para generar dinámicas más creativas, agruparlos por interés, plantear debates y, sobre todo, desarrollar en ellos el pensamiento crítico. Pero lo más importante, es que ellos se hagan dueños de sus deseos y nosotros ser el vehículo que los acerca a su futuro ser.
Nuestro rol es clave para ayudar a que entiendan que no necesariamente tienen que estudiar una carrera para luego ejercerla, que el conocimiento es transversal y no compartimentos estancos, que la riqueza de la diversidad es infinita. Somos nosotros, quienes conformamos la comunidad educativa, quienes tenemos la responsabilidad de demostrar que lo que están aprendiendo hoy sí les sirve, que no están perdiendo el tiempo. Hacerles ver que la escuela no es un paso para obtener un título, sino un proceso de maduración, de crecimiento y desarrollo muy necesario para hacer frente a muchas cosas que se presentarán después.

Todo esto es difícil en un sistema que se mantiene verticalista aún con el paso de los años, donde el que tiene el poder del saber es quien enseña y quien tiene el deber de demostrar que sabe es el alumno.
Tenemos que convencernos de que no es imposible y, si nos asumimos como eternos aprendices, podremos ponernos en sus zapatos para entender sus miedos, frustraciones y acompañarlos de manera significativa en el proceso de autodescubrimiento. Seguramente aprenderemos algo sobre nosotros mismos también.
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