
Todavía no estaban suspendidas las clases cuando el marido de Sabrina Pasquini, profesora de literatura en Chacabuco, debió ser operado de urgencia por apendicitis. Por entonces, el rumor de la suspensión del ciclo lectivo ya circulaba al ritmo de la expansión del virus en el país. “Los primeros días éramos un barco a la deriva, nos fuimos manejando más o menos por lo que leíamos en Internet. Yo estuve tres días seguidos sin pegar un ojo. Cuando llegaba a las 2 de la mañana al sanatorio me tenía que poner a armar las tareas virtuales que tenía que empezar a enviar porque me las estaban exigiendo”.
Pasquini da clases en diez cursos de cinco secundarias, dos de ellas rurales. Sus alumnos son heterogéneas y mucho no disponen de conectividad o computadora. Pero todos tienen celular y WhatsApp. “‘Este es el grupo que van a tener conmigo. Por esta vía les voy a pasar las tareas. Cualquier cosa que no entiendan se manejan por acá’, les dije, y ahí arrancó el caos”, recordó.
Los diez grupos de WhatsApp -uno por curso-, los grupos de profesores, los llamados de directores o preceptores más la atención que demandan sus tres hijos hicieron un combo intolerable. “Mí día a día se convirtió en un caos. En casa, soy yo quien sale a hacer los mandados, quien cocina y limpia, quien arma tareas para mis alumnos. También contesto los mensajes de dudas de los chicos y sus papás a cualquier hora y cualquier día, ayudo a mis hijos con sus deberes. Mí marido recién operado no puede ayudar, ni salir, así que todo pasa por mí”, dijo a Infobae.
Más allá del componente extra de una pareja en reposo, la situación de desborde es frecuente en estos días de pandemia. Contrario al prejuicio, sin clases se multiplicó el trabajo docente. Se expandió hacia metodologías hasta entonces desconocida. La planificación habitual se trastocó por completo: la dinámica de enseñanza-aprendizaje en el hogar -si es que se da- no es la misma que en la escuela.

“Si antes ya era difícil y tomaba mucho tiempo planificar una clase y que esta salga ‘bien’ en el aula, ahora es más complejo aún. Ahora tengo que planificar en determinado formato digital y en forma completa y super prolija, ya que la tengo que enviar con antelación. Me toma muchísimo tiempo y me suma una presión que antes no tenía. Ahora tengo que diseñar y armar presentaciones en Powerpoint todas las semanas, porque los chicos las necesitan para seguir la clase por Zoom, tengo que grabar las clases y subirlas para quien no se pudo conectar, tengo que sacar fotos de la pantalla y las actividades para que el colegio pueda subirla a las redes”, describió Delfina, docente de derecho en quinto año de una secundaria porteña.
Norma Monzón es la directora de la Escuela Primaria N°1 Manuel Belgrano de Corrientes. De acuerdo a su experiencia, los docentes se desbordan cuando no entienden el manejo de las herramientas digitales, cuando los tutores se quejan respecto a las actividades enviadas, ante la imposibilidad de cumplir su trabajo en tiempo y forma, pero sobre todo cuando reciben consultas en sus WhatsApp en cualquier horario. Por eso, asegura, la clave está en establecer cronogramas y silenciar las notificaciones fuera del horario escolar.
La sensación que hoy experimentan muchos maestros es lógica. Según explica Verónica Rial, psicoterapeuta cognitiva de INECO, la educación a distancia les exige utilizar sus capacidades de otra manera, en “un contexto de incertidumbre muy elevada”, fuera de su hábitat natural -el aula-, a veces sin el espacio o los recursos suficientes en sus hogares.
“Es posible que se dé un exceso de trabajo ya que tienen que estar constamente rediseñando y adaptando todo el sistema, así como también, la falta de límite en los horarios laborales. Estas sensaciones van causando un nivel de tensión en aumento que se suma a la exigencia por sostener un nivel educativo razonable y al propio grado de auto exigencia que tenga el profesional”, sostuvo Rial.

Ese estrés generado, agregó la profesional, puede derivar en distintos tipos de síntomas. Por un lado, consecuencias a nivel fisiológico, como falta de aire, taquicardia, tensiones, contracturas, mareos, entre otros. Por otro, implicancias a nivel emocional: frustración, ira, enojo, tristeza, desesperanza, ansiedad. Por último, puede inferir en su modo de ver la realidad, de sobredimensionar el grado de exigencia.
Melina Furman, doctora en educación y profesora de la Universidad de San Andrés, asegura que el desborde es muy habitual en estos días. “Vengo acompañando a muchos maestros de escuela con esta preocupación de combinar la vida familiar, la tarea de los hijos con la tarea docente. De hecho, a mí me pasa como docenteuniversitaria”.
Para sobrellevar el momento, la especialista brindó una serie de tips destinados a educadores:
-Organizar el envío de la tarea a los alumnos: prever cuántas por semanas se mandarán y aclarar cuáles tendrán una devolución para que las familias lo tengan presente. “No hay que enviar montones de tareas, sino algunas significativas. Proponer actividades potentes, idealmente que incluyan más de una materia. Menos es más”, propuso Furman.
-En la medida que estén los recursos, plantear un tiempo de clase sincrónica a través de algunas de las plataformas de videoconferencias como Zoom o Meet. “Que ese sea el momento para responder dudas y se dé un ida y vuelta lo menos caótico posible”, agregó.
-Aprovechar herramientas que ya existen y saben usar. “Van a estar aprendiendo nuevas estrategias pedagógicas porque es parte del proceso. Tomar lo que saben hacer y de ahí avanzar paulatinamente”, sugirió la especialista.
-Utilizar recursos que ya estén disponibles. Por ejemplo, si se trata de una clase de lengua, servirse de un libro que esté subido en la web o si la materia es ciencias ejemplificar con un video. “Mi impresión es que muchos docentes están creando contenido en estos días desde cero y eso realmente lleva tiempo. En internet hay mucho interesante para aprovechar”.
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