
En casi todo el mundo, las escuelas y universidades están cerradas. Según el último reporte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), unos 185 países suspendieron las clases en todo su territorio más otros que suspendieron en forma parcial. En total, más de 1.500 millones de alumnos afectados. Esa cifra representa al 90% de la población estudiantil global.
Es un fenómeno sin precedentes. Nunca, desde que los sistemas educativos son sistemas educativos, tuvo lugar un apagón semejante, un cierre sincrónico a escala mundial. Por primera vez en la historia, los alumnos no pueden concurrir a las aulas. La medida rige por temor a que la pandemia de la COVID-19 se siga esparciendo.
La prohibición tiene lugar más allá de que hay evidencia de que los estudiantes -niños, adolescentes y jóvenes- representan la población de menor riesgo. Es que también se sabe que, pese a ser los menos afectados, son transmisores activos de coronavirus. Eso sin mencionar que muchos docentes, sobre todo en las universidades, tienen más de 60 años y, por ende, entran en la definición de grupos vulnerables.
El avance de la pandemia no dio tiempo a barajar y dar de nuevo. Obligó a reacciones rápidas, casi inmediatas, que en la mayoría de los casos implicó continuar con educación a distancia. Claro que ningún sistema educativo del mundo, salvo contadísimas excepciones, estaba preparado para una migración total, para pasar del modelo analógico al digital, para moverse de las aulas físicas a las aulas virtuales.

“Nunca antes habíamos sido testigos de un trastorno educativo de tal magnitud”, aseguró Audrey Azoulay, directora general de la Unesco, quien anunció la creación de una Coalición Mundial para la Educación. “Esta Coalición constituye un llamamiento a la acción coordinada e innovadora para descubrir soluciones que ayuden a los alumnos y los maestros no sólo ahora, sino también a lo largo del proceso de recuperación”, explicó.
En España, uno de los países más golpeados por el coronavirus, suspendieron las clases el 9 de marzo. En principio, la medida era por 15 días, pero debieron prorrogarla. La capital española puso en marcha EducaMadrid, donde las escuelas disponen de aulas virtuales para mantenerse comunicados con sus alumnos y compartir tareas. En Italia, por su parte, el regreso a las aulas está previsto para el 18 de mayo, pero sus autoridades ya especulan que no será posible. Por eso, convertirían en obligatoria la “tele-educación”, que hasta entonces solo era una recomendación.
Nueva York es el estado más afectado de Estados Unidos. Hasta hoy registra, 4.758 muertes por COVID-19 y más de 130 mil casos positivos. En las últimas horas, extendieron la cuarentena obligatoria hasta el 29 de abril, por lo que las escuelas seguirán cerradas, al menos hasta mayo. En un principio, los docentes continuaron con las clases virtuales a través de la plataforma Zoom, pero ante la detección de vulnerabilidades, se prohibió su uso y se recomendó pasar a herramientas de Microsoft.

Uno de los países que tuvo menos dificultades para migrar la enseñanza al soporte digital fue Estonia, líder de Europa en las pruebas PISA. Incluso su ministerio de Educación ofreció gratuitamente las distintas soluciones tecnológicas: aplicaciones específicas de matemática, idiomas, gestión escolar y de aprendizaje para nivel inicial.
Nueva Zelanda también cerró sus colegios para hacer frente a la pandemia. Sin embargo, posiblemente sea el país más avanzada en materia de educación a distancia. Tanto que en 2016 su ex ministra de Educación, Hekia Parata, presentó el proyecto COOL (Comunity of Online Learning), que los convertía en el primer país del mundo que permitía hacer toda la escolaridad obligatoria en forma virtual. Es decir, daba la opción de egresar sin haber pisado jamás un aula.
Claro que para los países más desarrollados e igualitarios es más sencilla la transición. El verdadero desafío que presenta educar en el medio de la pandemia es cómo hacen los países más desiguales para que la brecha entre los sectores altos y bajos no se siga extendiendo. Parece inevitable que, en los meses que dure el confinamiento, los chicos de hogares más vulnerables, sin los recursos tecnológicos ni capital educativo en sus padres, queden relegados. Incluso, advierten, puede aumentar el riesgo de abandono escolar.
Para suplir esa carencia, algunos países de la región -Argentina y México entre ellos- apostaron por la televisión, el soporte de mayor llegada a los hogares. Diariamente difunden contenidos educativos para los distintos niveles a través de los canales públicos. De ese modo, buscan combatir la falta de internet o computadoras en las casas, a lo que se le suma la distribución masiva de cuadernillos con secuencias didácticas.
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