
Kozinka se parece a cualquier otro pueblo de la región rusa de Belgorod: casas de ladrillo, una escuela, un jardín de infantes y una tienda de comestibles que exhibe su horario de apertura. Pero las casas están a oscuras y la tienda nunca abre.
El pueblo, situado a menos de un kilómetro de la frontera con Ucrania, fue clausurado por las autoridades el año pasado. De las cerca de mil personas que vivían aquí, permanecen menos de diez, bajo su propio riesgo. A los evacuados se les prometió una compensación por sus viviendas. Aún la están esperando.
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Las fuerzas ucranianas ingresaron en Kozinka en dos ocasiones, en 2023 y en 2024. Parte del pueblo fue destruido durante los combates, pero no se atacó a civiles. Alexandra Severina, una ex residente de 87 años, recuerda a soldados ucranianos sonrientes entrando en vehículos blindados. Confiscaron los teléfonos móviles, pero los dejaron amontonados bajo un árbol para que los vecinos los recogieran cuando se retiraron.
“Siempre hemos vivido en armonía con los ucranianos. Son buena gente", dice Katerina Matveyevna, que permanece en lo que queda del pueblo. Como la mayoría en la región fronteriza, habla surzhyk, un dialecto que mezcla ruso y ucraniano, y tiene amigos y familiares del otro lado de la frontera. Antes cantaban juntos villancicos y cruzaban para ir de compras: los embutidos eran más baratos en Ucrania; la gasolina, en Rusia.
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Ahora los drones acechan las carreteras, dice Nikolai, que traslada personas entre Kozinka y la ciudad de Belgorod, la capital regional, a 40 kilómetros de la frontera. “Si es ucraniano, zumba como un mosquito, y si es ruso, suena como un abejorro”.
En los últimos cuatro años, los habitantes de la ciudad de Belgorod (que alguna vez tuvo 400.000 habitantes y ahora tiene menos) se han acostumbrado a la guerra. Pero desde comienzos de enero, cuando misiles ucranianos alcanzaron la central termoeléctrica de Belgorod, la región ha estado al borde de un apagón. La electricidad y la calefacción han sido en gran medida restablecidas, pero no hay suficiente energía de reserva para cubrir las necesidades de todos, según Vyacheslav Gladkov, gobernador de la región.
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El 13 de enero, Gladkov advirtió que la ciudad podría ser evacuada si se perdía el suministro eléctrico. Eso causó revuelo en los medios rusos, pero los habitantes mantuvieron sus rutinas. Siguen yendo a trabajar cada mañana, prestando poca atención a las sirenas antiaéreas. De hecho, Belgorod está más animada de lo que estaba hace dos años, cuando fue alcanzada por cohetes ucranianos en represalia por los ataques rusos contra Kharkiv y otras ciudades. Un santuario de juguetes y flores se alza cerca del lugar donde murieron 25 personas.

A muchos vecinos les preocupan tanto los planes más recientes de su gobernador como los ataques con drones. El 12 de enero, Gladkov anunció una ofensiva contra los “enemigos internos” y quienes “siembran descontento”.
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Nadie sabe si describir las penurias cotidianas cerca de la línea del frente califica como sedición, por lo que la mayoría prefiere no hablar. Una lista preliminar de quienes “avivan el pánico” incluye grupos en redes sociales que discuten los problemas de los residentes y Pepel, un canal de noticias en Telegram con 100.000 suscriptores dirigido por Nikita Parmenov, un periodista emigrado de Belgorod que se apoya en aportes locales.
El canal provocó la ira del gobierno no tanto por su contenido como por su papel en la coordinación de voluntarios que llevan agua a viviendas dañadas. Los movimientos de base son vistos con recelo por las autoridades, que han intentado robar protagonismo a Parmenov lanzando un “programa de voluntariado” oficial.
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El gobierno promueve a Belgorod como una ciudad heroica de primera línea. Una exposición fotográfica en el parque principal de la ciudad muestra a soldados defendiendo el país. Pocos se detienen a mirarla. “Todo el mundo está cansado”, dice un transeúnte, cubriéndose el rostro. “Muchos de los que la apoyaron al principio se sienten desilusionados”.
En una encuesta a lectores realizada en enero por Fonar, un medio local, una cuarta parte de los encuestados dijo sentirse “devastada y decepcionada”.
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Una proporción similar afirmó que sus vidas estaban en suspenso. Solo el 6% señaló que brindaba ayuda a los participantes de la “operación militar especial” de Rusia.
Ilya Kostyukov, activista político y abogado en Belgorod, afirma que muchos soldados le piden ayuda para rescindir sus contratos militares, pero que desde hace un año ni siquiera a los heridos se les permite retirarse.
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“Les digo con total honestidad: pueden darse la cabeza contra la pared de ladrillos y pagarme millones, pero no lo lograremos”.
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