
Tras más de 25 años de negociaciones, la Unión Europea aprobó la semana pasada el acuerdo de libre comercio con el Mercosur. El tratado abre una nueva etapa para la Argentina, que enfrenta el desafío de adaptar su estructura económica y productiva para aprovechar las oportunidades que surgen del vínculo con el bloque europeo.
“El pacto Mercosur-UE genera la mayor área de libre comercio geográfica del planeta. La asimetría entre la dimensión de ambos bloques fortalece el valor del acuerdo, que ocurre entre un bloque de países desarrollados y otro de emergentes, uno del norte y otro del sur, uno internacionalizado y otro hasta hoy económicamente cerrado”, señaló un informe del especialista en comercio internacional Marcelo Elizondo.
Según afirma, este pacto se presenta como un capítulo más de una política sostenida de la Unión Europea, que en las últimas décadas ha celebrado acuerdos con múltiples contrapartes, y al mismo tiempo como el primer hito de vinculación institucional extrarregional del Mercosur.
Para el bloque sudamericano, el acuerdo implica un cambio de fondo: podría dejar de ser una región con escasa inserción en el comercio internacional.

Actualmente, el Mercosur exhibe un ratio de comercio exterior sobre PBI inferior al 30%, muy por debajo del promedio latinoamericano (47%), del promedio mundial (58%) y, más aún, del 86% que registra la Unión Europea.
“El Mercosur ha fomentado hasta hoy el comercio entre sus miembros pero logró escasa vinculación fuera del mismo con terceros (Brasil y Argentina, sus principales miembros, son desde hace varios años unos de los 15 países comercialmente más cerrados del planeta). La alta escala arancelaria del bloque ha fomentado quietud internacional”, dijo Elizondo.
En los últimos años, la Unión Europea exporta al Mercosur más de USD 75.000 millones anuales, mientras que el bloque sudamericano envía a Europa alrededor de USD 60.000 millones.
Se estima que el acuerdo podría impulsar el comercio bilateral hasta un 25% en un plazo razonable, en un contexto de eliminación o reducción de las elevadas trabas en frontera que aún persisten en ambos mercados.

Además, se prevé un aumento de la inversión extranjera europea en Sudamérica, en línea con la fuerte presencia del capital europeo a nivel global, que concentra cerca del 25% del stock mundial de inversión extranjera directa.
En este contexto, en lo que respecta a la Argentina, “el acuerdo concederá oportunidades, pero exigirá continuar con el avance en reformas críticas entre nosotros para sacar provecho de la oportunidad”, afirmó Elizondo.
Así, sostiene el analista, se requerirá un nuevo marco de competitividad sistémica, integrado por cuatro planos.
- Hay un primer plano que trasciende a la política y se ubica en el terreno “metaeconómico”: el de la cultura y los valores necesarios para impulsar una mirada más abierta al mundo y menos replegada hacia adentro.
- El segundo plano es el macroeconómico. En este punto, como señala Elizondo, será clave consolidar en el tiempo las reformas impulsadas en los últimos meses para ordenar desequilibrios heredados —fiscales, monetarios y cambiarios— y profundizar el proceso ya iniciado de revisión y ajuste de normas “obstructivas”, como las laborales, impositivas y administrativas, que aún esperan tratamiento.
- El tercero es el mesoeconómico, en el que la infraestructura, la eficiencia del sector público, el acceso a servicios, provisiones y recursos (incluyendo personas más formadas) será requisito.
- Y el cuarto es el microeconómico, en el que las empresas tendrán que desarrollar atributos competitivos ante la nueva exigencia. En este aspecto, a criterio de Elizondo, aparecen para el sector privado 7 llamados:
- Desarrollar estrategias inteligentes y anticipativas.
- Administrar ambientes de negocios diferentes y hasta acompañar el cambio tecnológico y cultural permanente que el mundo propone.
- Incorporar conocimiento, innovación y ciencia en la oferta y en las tácticas comerciales.
- Generar arquitecturas vinculares y relaciones sistémicas con contrapartes externas que deben pasar a ser más socios y aliados que clientes.
- Generar instrumentos de reputación como marcas comerciales o certificaciones de calidad y cumplimiento de estándares.
- Diferenciar la oferta en base a condiciones cualitativas.
- Concebirse para competir en base a la condición de la empresa y no por la mera calidad de un producto.
Por ello, “el avance en la aprobación del acuerdo no termina una etapa, sino que inicia otra”, indicó Elizondo.

En otro orden, el experto destacó que el acuerdo con la Unión Europea tiene un carácter histórico para la Argentina porque ofrece una salida a décadas de aislamiento comercial.
Señala que el país cuenta con muy pocas empresas exportadoras de peso —menos de 500 venden más de USD 10 millones al año al mundo— y que, desde comienzos del siglo XXI, las exportaciones argentinas fueron de las que menos crecieron a nivel global, en buena medida por la falta de acuerdos que faciliten el comercio y la inversión.
Elizondo remarcó que el país arrastra una visión del mundo como amenaza, lo que explica su bajo nivel de integración comercial frente a otros países de la región.
Mientras Chile, México o Colombia tienen decenas de socios comerciales, la Argentina llega apenas a una docena, lo que coloca a sus empresas en desventaja competitiva frente a sus pares regionales.

En ese contexto, el experto subrayó que el Gobierno impulsa reformas en tres frentes complementarios: el orden macroeconómico, un nuevo marco regulatorio y la apertura comercial, entendida como condición clave para sostener las otras dos.
De acuerdo a Elizondo, el tratado cambia la matriz de inserción internacional al vincularse con países desarrollados que compiten por valor y calidad.
Además de reducir aranceles y armonizar normas, crea un marco de previsibilidad que favorece el comercio y la inversión. Europa ya es un socio relevante para la Argentina y podría ampliar su peso en sectores como energía, minería y servicios.
Elizondo advierte que el acuerdo no resuelve los problemas internos, pero sí eleva los estándares: aumenta la competencia, mejora las condiciones para los consumidores, obliga a políticas públicas más eficientes y fortalece la reputación del país.
En ese marco, considera que el nuevo vínculo con la Unión Europea puede convertirse en un fuerte incentivo para la llegada de inversiones, siempre que la Argentina avance en las reformas pendientes y las empresas se adapten a las nuevas exigencias.
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