
A dos semanas del sorpresivo cambio de ministro de Economía -más por la forma, que por las expectativas-, tanto los mercados financieros y cambiario, como de bienes y servicios, avanzaron en el sentido inverso al necesario para cambiar el humor del conjunto de los agentes económicos: empresas, trabajadores y también dentro del propio Estado, porque el peso aceleró su ritmo de pérdida de capacidad de compra, y con ello agravó las finanzas personales; la escasez de divisas se intensificó al punto que algunas industrias comenzaron a disponer la parálisis de la actividad por falta de insumos y repuestos; y la ausencia de ideas para revertir el proceso se acentuó por el peso de la ideología sobre la ciencia.
Los anuncios de Silvina Batakis al momento de asumir reafirmaron el sello de la presidencia de Alberto Fernández: más tipos de cambios (sumó el dólar tarjeta, para cobrar el impuesto inflacionario sobre los gastos de turismo fuera del país); la búsqueda de fondos en cuentas de organismos descentralizados para sostener la expansión del gasto público; la lentitud en la implementación de la baja de los subsidios a la energía eléctrica y el gas; el propósito de aumentar el endeudamiento del Tesoro en pesos, pero con cláusulas de ajuste, lejos de revertir el clima de incertidumbre y expectativas negativas, agravó el escenario.
Ricardo Delgado, economista, socio-presidente de Analytica, consultora de empresas y gobiernos; Consultor del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), del Banco Mundial y el BID, autor en 2013 del libro: “La Herencia. 30 años de economía política en democracia”, y ex subsecretario de Coordinación de la Obra Pública Federal, analizó en una entrevista con Infobae el turbulento escenario que encontró la ministra Silvina Batakis y sus primeras medidas de política económica.
— ¿Cómo evalúa los primeros días de gestión de Silvina Batakis al frente de Economía, y en particular los anuncios de política?
— Son días turbulentos, donde todavía se están digiriendo los anuncios del lunes pasado. El miedo a un desorden macro generalizado sacudió el tablero y obligó a Batakis, en tándem con el Banco Central, la AFIP, el Ministerio de Desarrollo Productivo y el de Agricultura, no sólo a ratificar el cuestionado por Cristina Fernández de Kirchner el acuerdo con el FMI sino a proponer una contracción fiscal y monetaria aún mayor. Gastar sólo lo que se tiene es dejar de emitir y abandonar la idea de seguir creciendo en estos meses. El fuerte ajuste fiscal que propone el nuevo equipo, sin embargo, tiene que pasar todavía por dos tests muy significativos. El primero, la validación política al interior de la coalición oficialista. El que dirá Cristina, si habla o si no hablando, calla. Hay silencios que a veces son más potentes que los mismos gritos. Y fundamentalmente, los detalles del recorte, cómo se harán efectivos los cambios más relevantes como hacer operativa la caja única, la apropiación de los excedentes de pesos en las agencias descentralizadas, como el PAMI o la Anses, o el congelamiento de vacantes en el sector público.
Para tener idea, apenas 17% del gasto primario es flexible al ajuste, y son los conocidos y castigados de siempre: la obra pública, las transferencias discrecionales a las provincias y los gastos de funcionamiento, sin salarios. Un poco más del tercio del total es semi-flexible, o semi-rígido, según lo vea, donde están los programas sociales (no la AUH), los subsidios y las partidas de personal del Estado. Mientras que casi la mitad del gasto público es inflexible, con las jubilaciones y otras ayudas a la cabeza.
— ¿Qué opina del equipo de secretarios que eligió Silvina Batakis para enfrentar la crisis económico–financiera–cambiaria que recibió de la gestión de Martín Guzmán?
— Más allá de los nombres, es clave que haya cohesión interna, objetivos comunes y poder de comunicación permanente. Un esquema de este tipo va a generar cuestionamientos, que ya empiezan a sentirse, resistencias internas y externas y necesidad de resultados. Si el equipo no juega como tal, no funcionará. El reloj ya corre y el tiempo es escaso. Hacer y comunicar son fundamentales.

— ¿Se está a las puertas de un “Rodrigazo” como estiman algunos economistas?
— No. Es verdad que las tarifas y el dólar oficial acumulan retrasos y que a medida que la inflación acelera, estos aumentan. Sin embargo, no estamos ante un escenario masivo de precios congelados que, cual olla a presión, saltará por los aires, como en el Rodrigazo de 1975. Este parche se viene batiendo desde hace más de un año, y no se verifica. No aparece en el horizonte, como en los setenta, un estallido cambiario alimentado por la emisión monetaria, el expansionismo fiscal, la insuficiencia de reservas y una masiva represión inflacionaria. Justamente el Fondo primero y el plan de Batakis ahora, más duro aún, lo impiden. Pero evitar un Rodrigazo, un sinceramiento de shock, exige cumplir con las nuevas decisiones de política económica.
— ¿Qué similitudes y diferencias puede hacer del escenario macroeconómico y social de 1974-75 y el actual?
— Es una Argentina muy distinta. Otros actores, sin violencia, con una democracia consolidada sin riesgos de quiebres institucionales. Pero por otro lado con mucha más exclusión y pobreza, lo que obliga a la clase dirigente, y no me refiero solo a la política, sino también a la empresaria, la sindical, a los movimientos sociales, a negociar acuerdos amplios para que la desarticulación social no vaya en aumento. Decisiones muy meditadas, consensuadas y de calidad quirúrgica para evitar daños mayores. Pero la Argentina post muerte de Perón, con una política licuada y a meses de la dictadura militar, no es esta Argentina, con una estabilidad política saludable.
— ¿Cuánto de la crisis actual atribuye a la herencia, a la pandemia, a la invasión de Rusia a Ucrania, y a la política de gobierno?
— La economía trata siempre de procesos, de películas, no de fotogramas. La responsabilidad última, siempre, es de quien gestiona, por supuesto, pero en rigor venimos de una larga década de estancamiento con inflación, agudizada desde 2018 por las sucesivas devaluaciones y el endeudamiento. Después la pandemia, la cuarentena, el efecto precio de la invasión de Rusia a Ucrania, y hasta agregaría el giro de la política monetaria de la Fed, sí, pero sobre todo la falta de visión del gobierno y sus numerosos errores no forzados (la facilidad durante dos años de dolarizarse adelantando importaciones, es apenas un ejemplo) hicieron el resto. Digamos, 60% - 70% son errores propios y el resto herencia y shocks externos.
— Muchos economistas consideran que para estabilizar la economía y recrear la confianza es necesario comenzar por la baja del gasto público. Silvina Batakis dijo que va a gastar en línea con la variación de la recaudación real ¿Es condición suficiente?
— Es condición necesaria, no suficiente. Estabilizar es algo que economistas y políticos hicieron muy pocas veces en democracia, y cuando se logró los costos asociados, y sobre todo las salidas, fueron desastrosas. Esta imprescindible estabilización, o como queramos llamar al camino hacia una organización económica más eficiente, competitiva e inclusiva, no depende de los economistas sino ante todo de la política como la suma de acuerdos entre los actores y sectores relevantes. Claro, el paso inicial debe venir del Poder Ejecutivo, abandonando la comodidad del pensamiento único, de la visión unitaria, y abriendo puertas hacia opuestos que seguramente tienen algo para aportar. Es más una cuestión de cómo hacerlo, antes de qué hacer. Estamos enfermos de sobrediagnosticación y huérfanos de planes concretos de acción. Cambian los gobiernos y los que llegan tardan meses para entender la burocracia. Ya no hay tiempo para eso.

— ¿A qué atribuye la aceleración de la inflación: a las expectativas de devaluación por el aumento de la emisión y ritmo de aumento del gasto público; a la suba de las tarifas; el atraso de precios regulados; la escasez de oferta de bienes y servicios por restricción al pago de importaciones, o a todos; y en qué proporción?
— Hoy todos los factores juegan. Financiamiento monetario del déficit fiscal, inercia, producción condicionada por la falta de dólares, todos suman. Cinco años seguidos de alta inflación hacen difícil determinar qué es lo central. A priori, podríamos decir que la huida progresiva del peso desde las masivas emisiones de moneda de 2020 para financiar más de 4 puntos del PBI de gasto Covid-19 nos ha colocado en un régimen que nos acerca al de alta inflación, como estipula la literatura académica. Todavía falta una mayor velocidad de ajuste de los contratos, típicamente los salarios, pero no tanto. La emisión moderó desde el final de la pandemia, pero las negociaciones salariales para intentar recuperar la inflación pasada y las expectativas devaluatorias por una brecha cambiaria disfuncional realimentaron las consecuencias del virus, y lo siguen haciendo, las elevan de nivel, las vuelven más resistente. Ahora, una señal fiscal contundente, una regla creíble es lo básico para que la inflación al menos no se espiralice. Está por verse.
— Antes de la renuncia de Martín Guzmán, el REM del BCRA registraba una expectativa de inflación para el cierre de 2022 de 76%; aumento del PBI 3,2% y tipo de cambio oficial $160 ¿Tras el salto cambiario y demarcaciones de precios desde la última semana de junio, más los ajustes de los regulados que dispuso el Gobierno para julio y agosto, que cabe esperar ahora en esas variables?
— Una nueva nominalidad, un escalón más alto de inflación, una tasa mensual que con un piso del 6% en julio, un enfriamiento de la actividad con alguna caída trimestral en el PBI y un ritmo devaluatorio más acelerado en el tipo de cambio oficial. Es un escenario base, que supone que los mercados hacen una razonable digestión del nuevo cuadro macro que intenta plasmar la nueva ministra. Los otros escenarios no me animo a proyectarlos.

— ¿La Argentina necesita dolarizar la economía, o institucionalizar el sistema bimonetario como eligió la sociedad?
— Vayamos por partes. La dolarización es un eslogan, un atajo peligroso que en nuestra sociedad no podría funcionar bien y que, cual canto de sirena, a algunos les gusta proponer como novedad. Nada más viejo en realidad. Hay mucha evidencia disponible acerca de sus costos productivos, de que no reduce el costo de financiamiento y podríamos seguir. Recomiendo sobre el tema un estudio de Eduardo Levy Yeyati, de 2021, creo. Diferente es el caso de lo que a la vicepresidenta le gusta llamar “economía bimonetaria”. Es un hecho que los argentinos usamos pesos para las transacciones corrientes y dólares para atesorar o transar en mercados específicos, como el inmobiliario o el automotor. Tener medio PBI guardado en dólares cash en las cajas de seguridad o en el propio colchón es parte de la anomalía estructural que padecemos desde hace décadas. No es que seamos distintos a los uruguayos, los bolivianos o los brasileños, sino que el dólar siempre funcionó como refugio de largo plazo, como escudo ante la erosión de la inflación. Encontrar mecanismos virtuosos para poner esos dólares que juntan polvo en circulación, para incentivar operaciones y mercados en esa moneda, sería deseable. Un gran blanqueo acotado a las clases medias, por ejemplo, con topes, como idea. Pero hay que hacerlo dentro de la lógica de los acuerdos y consensos, como parte de una vía de reconstrucción de los cimientos macro que tenga a la inflación como enemigo principal. Recrear confianza y credibilidad en los actores primero para encarar el camino.
— ¿Dado el nuevo salto esperable en el índice de pobreza del primer semestre se puede encarar una política de reordenamiento inmediato de las variables macroeconómicas para generar un stock de confianza, o habría que repetir una estrategia gradualista como hizo Cambiemos y fracasó por agotamiento?
— Estoy convencido de que este Gobierno no podrá hacer lo que habría que hacer, que es un programa consensuado de estabilización, crecimiento e inclusión. No cree en ello, no tiene tiempo, no busca iniciar ningún diálogo y carece de la suficiente credibilidad. Quizá apenas logre algún paso en controlar daños, y sería lo deseable. El intento fiscal y monetario de Batakis es el baño de realismo necesario para no forzar inexorablemente una devaluación de shock, que no es poco, pero que no servirá para reducir la inflación continuamente. Entonces, tendremos que esperar que lo haga el nuevo gobierno, a partir de 2024. Desde qué altura difícil saberlo. Lo que es poco tiempo para esta gestión es mucho para los horizontes de decisión privada, enturbiando el escenario y consolidando las actitudes defensivas en este año y medio restante. Cómo se llegará es una gran incógnita, pero cada día me convenzo más de que el formato de ese hipotético programa tendrá que contener decisiones y medidas rápidas, de implementación casi inmediata, acordadas idealmente en la transición con la mayor parte de los involucrados.

— ¿Cómo ve el rol del FMI que acepta todo lo que le ofrece el equipo económico de turno, pero muy lejos de las expectativas del mercado, y por tanto dejó de ser una garantía real que con su apoyo evitará una nueva crisis?
— El FMI actúa con la vergüenza de aquel que sabe que diagnosticó y asesoró mal a la Argentina en 2018 y 2019. Y que, ahora, ve cómo un gobierno débil que atravesó además una pandemia no estaría ni de lejos en condiciones de cumplir un programa estándar de facilidades ampliadas. Por eso relajó el cumplimiento trimestral de las metas, para no ser nuevamente tildado de corresponsable ante una hipotética crisis en este semestre. Es probable que en estos meses sea un actor secundario, a estar casi fuera de la escena, antes que el prometido protagonista principal de la economía argentina de la próxima década. Pero en 2024 estará otra vez en el centro del ring, con nuevas metas y condicionalidades.
— La ministra Silvina Batakis dijo en varias oportunidades que está cómoda con el nivel del tipo de cambio oficial para el comercio exterior, pero el Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral del Banco Central muestra un atraso del 30% respecto del nivel que heredó del gobierno de Cambiemos ¿Hay atraso cambiario?
— Ningún ministro de Economía mostrará públicamente su incomodidad con el dólar que recibe. Sería un suicidio, ¿no? Ahora, lo cierto es que hoy el TCRM está en el nivel de enero del 2018, antes de las dos grandes devaluaciones de ese año y 2019. Es un dato. ¿Eso significa que hay atraso? Sí respecto de los $60 con los que estaba cómodo Alberto antes de asumir. Pero ¿ese era un nivel de equilibrio? Es posible que ahora, dadas las dificultades para acumular divisas en el Banco Central y con la brecha por encima de 100%, esté algo desfasado. Era la lógica del acuerdo con el Fondo, devaluar al compás de la inflación. No sucedió, pasaron cosas. Pero hablar de atraso solo a través de la inflación, central sin dudas, no completa el cuadro. Ver, por ejemplo, las rentabilidades sectoriales, a partir de los nuevos precios internacionales en los sectores exportadores, echaría algo más de luz. El del nivel óptimo del tipo de cambio real de equilibrio es de los tantos temas que, parafraseando a Keynes, siempre tendrás más respuestas que economistas consultes.

— ¿Qué significa que las reservas líquidas propias del Banco Central se mantengan en un nivel negativo equivalente a un mes de pago de importaciones, sin los DEG que gira el FMI para cobrar los vencimientos de deuda?
— Significa algo muy simple: que no hay ni habrá “dólares para todos y todas”, con todo lo que eso significa: brecha, incertidumbre productiva, presiones de costos, dificultades para operar con cierta normalidad, nuevas restricciones. Un escenario complejo, sujeto todo el tiempo a turbulencias.
— ¿Qué cabe esperar para las próximas semanas-meses (¡no que desea!)?
— Así como el lunes pasado la ministra definió los objetivos centrales, esta semana deberíamos empezar a ver las medidas, la letra chica del ajuste. De nuevo, comunicar, explicitar, reducir al mínimo las dudas, que existen y muchas. Haber despejado algo el monto de vencimientos del Tesoro del 27 de julio es un pequeño paso. Pero falta mucho todavía para el setiembre al que el presidente del BCRA desea llegar como final de la emergencia. Los inversores siguen muy sensibles. Hoy el partido se juega semana a semana.
Sería importante también ver al Central dando las primeras señales claras de acceso al mercado de cambios. Eso permitiría reducir una demanda potencial de productores que, al tener cerrada la entrada, olvidan las restricciones para operar inter-mercados y pagan sus importaciones al CCL, ampliando la brecha. Si el techo sigue subiendo será casi imposible desactivar las expectativas devaluatorias. Ver para creer.
— ¿Una reflexión final?
— Todo error de política económica hoy genera más costos que un año atrás. Apenas un ejemplo: entonces, la inflación navegaba al 3% mensual, hoy lo hace al 6%. No tomaron en serio el tema. La procrastinación es muy peligrosa frente a estos desequilibrios. El virus inflacionario aprende, se reproduce más rápido, a medida que pasa el tiempo las drogas convencionales no son suficientes para doblegarlo. Si además se amplifican los errores de la política, la fractura expuesta en la coalición no pasa por el quirófano de una vez por todas y la oposición, o las oposiciones, no comienza(n) a esbozar algunas ideas mínimas que orienten las decisiones más largas, las turbulencias financieras y sus impactos reales nos seguirán ocupando.
Fotos: Gustavo Gavotti
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