
De todos los ministros del gobierno, es tal vez el titular de la cartera económica, Martín Guzmán, el que más se juega en estas elecciones y quien mayor impacto sentirá de los resultados del domingo y de las interpretaciones que se hagan de ellos.
El panorama es incierto pero hay escenarios más probables que otros. Entre ellos, una definición posible es que el oficialismo logre una victoria, pero ajustada, que implique una pérdida notoria del fuerte caudal de los votos obtenidos hace dos años. Ese escenario ubicaría a Guzmán en una situación de relativa fragilidad. No sólo en términos de su margen político dentro del Gobierno sino, sobre todo, sobre su capacidad para influir en el rumbo económico, al menos hasta noviembre. Por supuesto que eso dependerá de la lectura de los resultados que se hagan en el seno del Frente de Todos, pero sería totalmente extraño que no se le atribuya a la situación económica una eventual magra performance electoral. De hecho, el inédito equilibrio de las cuentas fiscales logrado por el ministro durante el primer semestre, en gran medida gracias al atraso de las jubilaciones, planes sociales y salarios del sector público, generó tensiones en la coalición de Gobierno.
La máxima expresión de esos desencuentros fue el fallido pedido de renuncia del subsecretario de Energía, Federico Basualdo, quien permanece en su cargo con el respaldo del ala dura del kirchnerismo. Ocurrió hace pocos meses, en el marco del también frustrado intento del ministro de aumentar las tarifas de los servicios públicos en un porcentaje similar a la inflación, tal como había prometido cuando presentó el Presupuesto 2021, con el fin de moderar lo que denominó “los subsidios pro-ricos”. Precisamente, el gasto en esos subsidios fue uno de los ejes que eligió el Gobierno en la campaña, incluso con despliegue de publicidad oficial.
Difícil entonces suponer que la marcha de la economía no sería identificada como uno de los principales motivos detrás de un resultado no deseado para el oficialismo, aun sin ser una derrota dura, un caso extremo que dejaría a Guzmán, y seguramente a otros funcionarios también, pendiendo de un hilo.
“Un resultado ajustado o malo va a ser atribuido, al menos en gran parte, a la economía. Justamente por eso, la reacción sería una política más expansiva, de mayor estímulo monetario, para llegar mejor a las legislativas”, sostuvo Lorenzo Sigaut Gravina, director de la consultora Equilibra, recientemente fundada por el ex titular de la Anses, Diego Bossio. Esa posibilidad, que en la oposición ya dan por descontada, provocaría complicaciones después de las elecciones generales, algo a lo que Guzmán de todos modos no podría oponerse.
Evidentemente, el escenario cambia de manera radical si el resultado para el Gobierno es favorable. Es probable que, de ocurrir, eso genere tensiones en el mercado financiero. Sin embargo, Guzmán obtendría algo de oxígeno para evitar una exacerbación de las políticas de incentivo que impliquen un aumento excesivo del gasto público financiado con emisión. “El Gobierno, en ese caso, no tendría tanta necesidad de medidas expansivas, y podría llegar a noviembre con la economía algo más ordenada”, agregó Sigaut Gravina. De todos modos, se descarta que a partir del lunes se reforzarán las iniciativas para “poner dinero en el bolsillo de la gente”. La nueva discusión por el impuesto a las Ganancias, la reapertura de paritarias para subirlas al 45% en promedio o la convocatoria para el próximo miércoles al Consejo del Salario Mínimo, son claros indicios de ese previsible derrotero.
Pero el verdadero intríngulis es cómo se interpretaría una victoria clara del oficialismo pero no excesiva: por ejemplo, entre 4 y 5 puntos de diferencia a favor en la provincia de Buenos Aires. Ese resultado, que muchos encuestadores han indicado como el de mayores posibilidades, desvela al mercado. Los operadores no logran ponerse de acuerdo si el dato sería leído como un golpe al oficialismo, y en consecuencia la reacción sería favorable, o todo lo contrario. Por supuesto, también están lo que opinan que el impacto, en ese caso, sería neutro. Coinciden, en cambio, en que de darse esa situación, lo importante será el mensaje oficial tras la victoria. No es lo mismo enviar un guiño respecto a un pronto acuerdo con el FMI que insistir en que “los acreedores deberán esperar”. Esa negociación es, justamente, la misión más importante que tiene el ministro Guzmán. Pero, claro, para que pueda avanzar o no, no será la interpretación lo que prevalezca sino la de Cristina Fernández de Kirchner y del Presidente, por supuesto.
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