
Las visitas a los cajeros automáticos en las últimas semanas trajeron a muchos usuarios una combinación poco feliz: muchos billetes pero poco dinero. Los bancos se han visto obligados a llenar los cajeros con algunos de los 2.703 millones de billetes de 100 pesos que circulan en el país en sus tres variantes: con la imagen de Julio Roca, la de Eva Perón o de la taruca, de la línea de animales autóctonos. El billete que hasta 2016, cuando equivalía a casi 7 dólares, fue el más alto de la línea, hoy vale solamente 60 centavos de dólar, con lo que es muy poco lo que el consumidor puede comprar con él. Y además, está en el centro de una disputa entre los bancos y el Banco Central por una sencilla razón: ninguno de los dos quiere tenerlos.
Trasladar el dinero en efectivo y llenar los cajeros automáticos tienen costos importantes para los bancos. Por ello, es mucho más redituable llenarlos con billetes de $1.000 o $500 que hacerlo con los de $100. Y ahí comenzó el conflicto: los bancos piden únicamente billetes “grandes” para optimizar el abastecimiento de los cajeros pero el Banco Central no puede desaprovechar nada porque la producción de billetes desde Casa de la Moneda (incluyendo su exportación) no ofrece certezas. Por eso, el BCRA no solo les retacea a los bancos esos billetes de $1.000 o $500 sino que además no acepta que los bancos le devuelvan aquellos billetes que le sobran que, en general, son de 100 pesos.
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“Cuando hay que pagar el aguinaldo, vale todo”, explicó un directivo en un banco privado de primera línea para graficar que los últimos días de junio y los primeros de julio traen un pico de demanda de efectivo. “El BCRA no nos acepta los billetes de $100 que nos sobran porque quiere asegurarse que los cajeros estén llenos y nuestros tesoros están completos. Tenemos que guardarlos en tesoros alquilados a las transportadoras de caudales. Y eso nos sale caro”, se lamentó.

Arrecian las quejas de algunos bancos por el rechazo del Central a aceptar los billetes sobrantes o deteriorados. Y los ganadores de esta situación son las transportadoras de caudales (Prosegur, Brink’s, Maco y alguna más pequeña) que le venden el servicio de depósito a los bancos. Para matizar esa pérdida, el Central les permite contabilizar dentro de los encajes esos billetes guardados en un tesoro alquilado, como si estuviesen depositados. El BCRA también mantiene en funcionamiento un sistema para que los bancos pagadores de jubilaciones, siempre necesitados de efectivo, se lleven los de otras entidades que quedan con billetes de sobra.
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La combinación de esa negativa del BCRA, el alto costo de atesorar billetes de bajo valor y la fuerte demanda de efectivo ante el pago del aguinaldo, derivó en que los cajeros quedaran saturados de billetes de $100. A esto también se suman las dificultades que trajo la pandemia para la destrucción de los billetes deteriorados. La principal máquina para ese fin funciona en la Casa de la Moneda, que prioriza sus principales recursos a conseguir billetes nuevos de $1.000 y no en destruir los billetes deteriorados o gastados de 100 pesos. En 2019, salieron de circulación casi 900 millones de billetes de $100; en el último año, menos de la mitad de esa cifra.
Los usuarios de los cajeros recibieron otra sorpresa. Muchos bancos añadieron un límite de $4.000 por extracción, sencillamente porque sus cajeros no pueden entregar más de 40 billetes en cada operación. Por eso, para retirar la totalidad del tope diario que les permiten sus bancos, muchos clientes se ven obligados a sacar varias veces de a $4.000 para alcanzar el monto deseado.
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Para los conocedores de las tesorerías del sistema financiero, el escenario comienza a parecerse al de 2014 o 2015: el billete de más alto valor (en aquel entonces $100, hoy de $1.000) nuevamente se volvió chico por su bajo poder compra. Y a la vez, sectores ligados al kirchnerismo se resiste a emitir un billete de mayor denominación porque eso significaría convalidar que, una vez más, la inflación se descontroló. Como en aquel momento, hay menos interés en cambiar el valor de los billetes para ajustarlos a la realidad económica que en cambiar sus ilustraciones por simpatía política: en ese entonces, cambiar a Julio Argentino Roca por Eva Perón; hoy, sacar de escena la línea “Animales autóctonos” que se lanzó durante el macrismo.
“Si lanzan un billete nuevo, que sea de $5.000 o $10.000. De $2.000 no serviría para nada, como tampoco nos sirvió el de 200 pesos. Mover el efectivo es muy caro y la inflación va más rápido que los funcionarios”, se lamenta el ejecutivo del banco.
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La pregunta obligada es cómo pueden volver los problemas con la producción y el abastecimiento del efectivo al mismo tiempo que la pandemia potenció toda clase de pagos electrónicos: tarjetas, apps, transferencias, código QR y muchos sistemas más. Al mismo tiempo, se expandió el retiro de efectivo en comercios y recaudadoras (Pagofácil, Rapipago, etc) con tarjetas de débito. Todos esos sistemas, empujados por los bancos y las fintech, crecieron con fuerza en el último año.
La economía en negro y la inflación parecen ir más rápido que la adopción de los pagos digitales y su oferta que crece cada día. En la economía de muchos millones de argentinos, los billetes están primero. El pago del aguinaldo y su necesidad de llenar los cajeros, aunque sea con billetes que valen menos de 60 centavos de dólar, lo puso en evidencia.
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