
El 9 de marzo es, para los mercados, una fecha de referencia histórica. Once años atrás, en 2009, el índice Dow Jones de Industriales tocó su piso de la crisis sub-prime, en 6.547 puntos; el promedio S&P 500 tocó los 676 enteros, y el Nasdaq cerró en 1.268 unidades. En los dos primeros casos se trataba de la referencia de precios más baja desde 1996, para el índice tecnológico, su mínimo desde 2002.
Once años de progreso continuo llevaron en febrero de 2020 a nuevos récords en los mercados de Nueva York, con una ganancia promedio de 350%, una tasa de beneficios extraordinaria, unas diez veces la tasa de crecimiento del PBI que experimentaron los EEUU en el período.
El índice Dow Jones tocó un máximo histórico apenas un mes atrás, el 12 de febrero, en los 29.551 enteros de cierre.
La irrupción del coronavirus, con origen en China pero alcance global, fue una luz de alerta, el dato al que se aferraron los fondos para tomar beneficios tras una racha positiva sin precedentes, la más larga en 150 años de operatoria bursátil.
Desde entonces, el Dow Jones hizo un ajuste de 18%, para regresar a los valores de enero de 2019, con lo que borró en cuatro semanas las ganancias de 14 meses. La baja de las acciones puede interpretarse como expectativas de menores ganancias para las compañías cotizantes en los próximos meses, tendencia que se relaciona con una economía que va a dejar de crecer.
El valor del petróleo crudo se hundió a niveles de 2016 y acumula en un mes una caída de 35%, a USD 33 por barril para el barril de Texas con entrega en abril. Semejante caída para la cotización presiona a un descenso de los precios de los combustibles, servicios e insumos relacionados. Es un síntoma deflacionario, más claro en aquellas economías importadoras de energía y un duro golpe para aquellas que la exportan. También es un dato ineludible que anticipa una retracción del consumo.
La salida de inversores de las acciones para pasarse a activos de refugio motivó, por su lado un arbitraje de enorme magnitud. Los bonos públicos de las economías más sólidas son los elegidos, también activos de escasa liquidez y tradicional cobertura, como el oro -hoy cerca de USD 1.700 la onza- y la plata.
El aumento de los precios de los bonos del Tesoro de los EEUU en el mercado secundario, que se mueve en sentido inverso al de los rendimientos, llevó a la tasa de las emisiones a 10 años a un mínimo histórico de 0,4% anual. Con una inflación apenas inferior al 2% anual, estas tasas son negativas. Quiere decir que un inversor que se refugia en un Treasurie va a recibir, al vencimiento, menos dinero que el que le prestó al gobierno de los EEUU. Algo parecido sucede con el bund alemán, con una tasa de retorno negativa de 0,8% en euros.
Las tasas negativas revelan dos cuestiones, por supuesto especulativas hasta que no se ratifiquen en las estadísticas macroeconómicas de los próximos meses.
Por un lado, una desaceleración económica que deja abierta la posibilidad de una recesión, que los países centrales no experimentan desde el año 2009. Por el otro, la posible deflación, es decir que los precios de bienes y servicios sean más bajos en el futuro que en el presente, proyección que justificaría las tasas negativas, que podrían pasar a positivas en términos reales.
También es un mal indicio que define las decisiones que toman los individuos con su dinero. Si se prevén precios más bajos en el futuro, se posterga consumo y se exacerba el ahorro, dinámica que refuerza la tendencia que atenta contra el crecimiento económico.
Sabido es el refrán que asegura que los mercados “se adelantan”, lo que no significa que siempre acierten con sus pronósticos. Por lo tanto, hay que seguir de cerca la evolución de estos indicadores y su evidente impacto, pero sin perder de vista que todavía no está claro hasta dónde va a extenderse la epidemia del coronavirus en cuanto a contagios y víctimas fatales y su efecto sobre la actividad económica global.
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