
Aunque no modifica radicalmente el escenario de cara a la reestructuración de la deuda nacional, el anuncio del gobernador Axel Kicillof de la postergación hasta mayo del pago por USD 250 millones agendado para el 26 de este mes dejó una clara señal en el mercado: antes de aflojarse, la negociación con los acreedores se endurecerá. Hasta qué punto, ningún inversor, acreedor ni analista financiero se arriesga hoy a pronosticar un escenario concreto. Sí, en cambio, coinciden en una conclusión que se les hace cada vez más evidente: difícilmente la Argentina recupere el acceso al financiamiento antes de 2023, es decir, antes del fin del actual mandato de Alberto Fernández.
“Todavía no hay nada claro pero, en algún punto, el Gobierno enfrenta una especie de dilema: si la renegociación es muy agresiva ahora, el país no tendrá ningún financiamiento por los próximos dos años como mínimo”, aseguró un representante de un fondo de inversión con tenencia de bonos argentinos. “Pero, al mismo tiempo, si es muy benigna, se terminará en el mismo punto ya que será difícil de sostener y otra vez en dos años, en vez de buscar fondos, se estará renegociando nuevamente”, afirmó el inversor que prefirió el off the record.
Los precios de los bonos argentinos reflejan, en promedio, una quita de 50%, lo que implicaría una reestructuración altamente agresiva, un escenario que, paradójicamente, los analistas en su mayoría descartan. Ocurre que los precios, en definitiva, ya no son una señal porque el mercado se redujo a una mínima expresión: los grandes fondos con fuertes posiciones en bonos argentinos no se mueven, a la espera de que la reestructuración le depare pérdidas menores que desprenderse ahora de sus títulos. Aun así, bajo ese supuesto de quita de 50%, que el economista estratega de Consultatio, José Echagüe, considera “extremo”, se lograría un enorme ahorro a lo largo de los próximos 10 ó 15 años. Pero no sólo la estrategia sería altamente riesgosa –“si sale mal, lo que es probable, es el caos”, dice- sino que tampoco garantizaría la sostenibilidad ni mucho menos recuperar el acceso al mercado.
En el contexto actual, el acceso a nuevo financiamiento luce como un objetivo lejano. Sin embargo, su obtención resultará vital para, por ejemplo, poner en marcha las mega inversiones que se pretenden en Vaca Muerta, la gran esperanza para el crecimiento y generación de dólares de la Argentina para, entre otras cosas, pagar la deuda. “Agresivo o no tanto, el país no va a tener crédito por un buen tiempo. Por eso van a tener que ser creativos para idear instrumentos que permitan financiar, por ejemplo, los planes de YPF”, consideró uno de los tantos asesores de deuda en torno al negocio de la reestructuración.

Echagüe, sin embargo, es algo más optmista: “En definitiva, lo que importa son las políticas y la dinámica macro: una quita importante que después no tenga un correlato en la consolidación de camino fiscal no va a permitir obtener financiamiento para crecer. Por el contrario, una quita suave en una renegociación mucho más amigable y rápida, generaría menos ahorro pero podría implicar un acceso rápido al mercado si se combina con la vocación de reformas fiscales”, dijo Echagüe, para quien el mejor arreglo es aquel que se haga más rápido.
La necesidad de avanzar cuanto antes en las negociaciones es, tal vez, una de las pocas coincidencias entre los distintos tipos de acreedores que están involucrados en un proceso que vislumbran muy lento. Por un lado, los fondos con grandes tenencias de bonos argentinos emitidos durante los últimos cuatro años como Templeton, Blackrock, Ashmore, Fidelity o Pimco, apuntan a una salida “rápida y digna”, que les permita empezar a moverse. Hoy están atrapados en Argentina, con bonos de los que no pueden desprenderse sin asumir importantes pérdidas. El interés de estos fondos es que, cuanto más abarcativa sea la reestructuración, más chances de morigerar quitas y recortes de intereses.
Por otro lado, están los acreedores representados por los fondos de “real money”, más enfocados en la sustentabilidad y trayectoria fiscal ya que, dan por descontado, que no habrá dinero fresco para la Argentina en mucho tiempo. Para este tipo de acreedores, una negociación en paralelo con el Fondo Monetario -al que destacan como el principal acreedor- es fundamental. En otro plano, finalmente, están los hedge funds, que se posicionaron en bonos emitidos en los canjes de 2005 y 2010.
“Todos los jugadores tienen objetivos e incentivos muy distintos. Y, en alguna medida, se contraponen con la discusión con el FMI. Eso complica y ralentiza todo”, aseguró un ejecutivo de uno de los bancos que apunta a participar de las negociaciones.
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