
Federico Gil lleva más de dos décadas representando a la Argentina en el tiro deportivo. Campeón mundial en 2017, compitió en tres Juegos Olímpicos -Río 2016, Tokio 2020 y París 2024- y se mantuvo durante años entre los mejores del ranking mundial. Tras un impasse en el alto rendimiento, ahora se prepara para volver a entrenar con un objetivo: clasificarse a Los Ángeles 2028.
En diálogo con Infobae, Gil habló de ese regreso, de lo que todavía lo moviliza después de tantos años en la elite y del futuro de una disciplina que atraviesa prácticamente toda su vida. También destacó el salto de infraestructura que representa para el tiro argentino el desarrollo de El Invencible Centro Internacional de Tiro Deportivo, en Santa Fe, una de las sedes de los Juegos Suramericanos 2026.
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—Después de un tiempo alejado del alto rendimiento, ¿cómo te encuentra hoy el tiro y qué significa volver a pensar en unos Juegos Olímpicos?
—El tiro en mi vida es algo muy importante. Desde los ocho años lo practico, desde los 12 compito representando al país y todo lo que he hecho en mi vida ha sido a través del tiro. Inclusive mi empresa, en la cual se respira pólvora.
Si bien desde 2024 a la fecha me tomé un impasse en lo que tiene que ver con el alto rendimiento, siempre mi vida ronda alrededor de clubes de tiro. De hecho, en los próximos meses estoy comenzando a entrenarme para clasificarme y participar de Los Ángeles 2028.
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—Este fin de semana estuviste en El Invencible, en Santa Fe. Después de haber competido y entrenado en muchos países, ¿qué significa para el tiro argentino contar con una infraestructura de estas características?
—Estuve en la inauguración del Invencible Centro Internacional de Tiro Deportivo, en Recreo, Santa Fe, que va a ser una de las sedes de los Juegos Suramericanos 2026. Y la verdad es que creo que lo que hizo la provincia de Santa Fe ahí es muy importante para nuestro deporte.
Es un centro que cuenta con 80 líneas de tiro, tres canchas internacionales de escopeta y tecnología de última generación homologada por la Federación Internacional de Tiro Deportivo. En materia de infraestructura, viene a ser un game changer, porque trae al país la posibilidad de entrenar con la misma tecnología que hoy se utiliza en los principales centros del mundo.
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Y para los atletas argentinos eso es muy importante. Significa poder entrenar acá en las mismas condiciones con las que después nos encontramos cuando vamos a competir a Europa, Estados Unidos o Asia. Que un deportista argentino llegue a una competencia internacional y no se encuentre con una tecnología o una infraestructura diferente de aquella con la que entrena habitualmente es un cambio enorme.
Además, lo importante es que no es solamente una infraestructura para los Juegos Suramericanos. Es un centro que va a quedar y que puede servir para entrenar, desarrollar nuevos atletas y también recibir competencias internacionales en la Argentina. Ese legado para el tiro argentino me parece que es lo más importante.
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—¿Y qué pueden representar los Juegos Suramericanos para el desarrollo del deporte argentino?
—Para la provincia de Santa Fe haber asumido el desafío de ser sede de los Juegos Suramericanos es un motivo de enorme orgullo. Organizar un evento de esta magnitud no significa solamente recibir a grandes atletas y traer competencias internacionales a nuestro país; significa, sobre todo, construir un legado.
Quedan instalaciones, experiencia y conocimiento, pero también algo mucho más importante: la posibilidad de que miles de chicos vean de cerca el deporte de alto rendimiento, se inspiren y descubran nuevas disciplinas. Estos Juegos van a durar algunos días, pero su verdadero valor estará en todo lo que dejen para las futuras generaciones.
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—El tiro atraviesa prácticamente toda tu vida y también tu historia familiar. ¿Cómo fueron tus primeros pasos y en qué momento sentiste que podía convertirse en tu carrera?
—Arranqué de muy chico, con solo ocho años, y esto tiene que ver con que acompañábamos a mi papá, que formaba parte del equipo olímpico argentino de tiro, todos y cada uno de los fines de semana a verlo entrenar al Tiro Federal Argentino de Buenos Aires.
Como todo chico que veía a su padre practicar un deporte, le insistíamos en que nos permitiera pasar a ser protagonistas y ya no espectadores. Ni bien empezó a ver que teníamos edad como para lograr sostener la escopeta —tenía que ver con una cuestión física—, empezó a permitirme realizar los primeros disparos. Y así hasta llegar a los 12 años, cuando pude empezar a competir.
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En sí, no sé si lo noté yo. Creo que tuvo mucho que ver con mis padres, que fueron quienes confiaron en nosotros, nos incentivaron y estuvieron dispuestos a acompañarnos en ese camino, aun cuando para parte de nuestra familia o de nuestros allegados aquella apuesta podía parecer una locura. Y era entendible: el tiro exigía un esfuerzo económico enorme y muchas veces, de chicos, como familia elegíamos resignar otras cosas, incluso vacaciones, para poder viajar y participar de una competencia.
Siempre fue un proyecto familiar; todos estábamos embarcados en el deporte y convencidos de que valía la pena intentarlo. Por supuesto, después la vida nos sorprendió para bien, porque nunca imaginamos que el deporte nos iba a devolver tanto y a abrir tantas puertas.
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Muchas veces, de chicos, no podíamos irnos de vacaciones porque elegíamos como familia pagar un viaje para participar en una competencia. Tenía que ver siempre con un plan familiar. Todos estábamos embarcados en el deporte y todos creíamos en el deporte.

—¿Qué hay detrás de la preparación de un tirador de elite que normalmente no se ve?
—Detrás de un tirador hay muchas cosas. Por supuesto que, como en todos los deportes, miles y miles de horas de trabajo. Pero el tiro tiene algo muy particular: no perdona, no tolera un error.
El nivel de competencia es tan alto que, si te despertás con un mal día, no salís segundo o tercero, sino que salís último. Y eso te obliga a tener un gran manejo de la frustración y, por sobre todo, a vivir siempre el aquí y ahora.
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¿Esto qué significa? Que para nosotros todos son penales. La competencia es a 125 platos y siempre decimos que lo que hay son 125 competencias. Porque desde el más fácil al más difícil, cualquier distracción que te permita errar un plato te deja afuera del evento para el cual te entrenaste tal vez a lo largo de dos, tres o cuatro años.
Por ende, ante todo, el tiro es un gran formador de vida, porque te enseña que no hay nada más importante —nosotros decimos— que el plato presente. Y, llevado a la vida, el aquí y ahora.
—Mirando hacia adelante, ¿cómo ves el futuro del tiro argentino y qué creés que hace falta para que surjan nuevas generaciones capaces de competir al máximo nivel internacional?
—El tiro hoy atraviesa un buen momento. Recordemos que gracias a los Juegos de Buenos Aires 2018 se logró generar un cambio generacional y hoy empezamos a ver un montón de nuevos talentos.
Lo que ocurre es que, por supuesto, si pretendemos que esos jóvenes atletas logren alcanzar podios mundiales, ahí ya es necesaria la intervención privada. Con esto me refiero ni más ni menos que al esponsoreo deportivo.
Yo, en mi caso, tuve la suerte de contar con empresas internacionales que desde muy corta edad vieron en mí ese talento y me apoyaron proveyéndome todos los insumos a través de los cuales yo me entrenaba mañana, tarde y noche. Y eso es lo que trajo los resultados que tuve. En sí, no hay magia en esto.
No es fácil en deportes como el tiro, que no tienen gran visibilidad. Pero siempre insistimos en que la manera es esta: primero, por supuesto, con el apoyo de las familias; luego, con el apoyo del Estado, que permite a esos jóvenes atletas comenzar a tener visibilidad; para posteriormente llegar al esponsoreo de las empresas privadas, que permite a uno llegar al más alto nivel mundial.
—Después de tantos años compitiendo contra los mejores del mundo, ¿qué te sigue movilizando y cuáles son hoy tus próximos desafíos?
—A mí lo que siempre me movilizó fue la excelencia. Desde que empecé a practicar el deporte siempre estuve convencido de que las cosas se podían hacer un poco mejor.
Realmente en mí lo que hay es un gran nivel de autoexigencia, que es llevado a la práctica en todos los aspectos de mi vida: tanto cuando estudiaba como cuando entrenaba, o hoy cuando llevo adelante mi empresa o, por ejemplo, me ocupo de la construcción de un campo de tiro.
Siempre estuve convencido de que las cosas se podían hacer mejor que ayer. Y por supuesto que eso tiene un lado negativo, que tiene que ver con el sabor a insatisfacción que ese nivel de autoexigencia te hace vivir a diario.
Pero también creo que la única manera de hacer grandes cosas es así: dándolo todo, siempre preocupándote por elevar la vara aunque sea un milímetro, pero siempre un poquito más arriba. Y ese es, en sí, mi gran movilizador.
Dejar todo en la cancha y saber que la tranquilidad radica en eso: cuando uno lo da todo, no hay por qué reprocharse nada.
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