
Taparse los ojos ante un penal decisivo no es una rareza ni un gesto aislado: la psicología lo vincula con la tensión emocional y con la falta de control sobre una acción que puede cambiar un partido. Según expertos consultados por el diario francés L’Équipe, esa reacción aparece en aficionados, entrenadores e incluso especialistas del deporte.
Dicho de otro modo, nos tapamos los ojos durante un penal porque la jugada concentra una carga emocional muy alta y, al mismo tiempo, deja a quien observa sin capacidad de intervenir. Según explicó la doctoranda en psicología Ayala Denul, de la Universidad de Gante, a L’Équipe, esa combinación puede intensificar la angustia, la ansiedad, la frustración o la sensación de impotencia.
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El caso que abrió la discusión fue el del DT de Bélgica, Rudi Garcia, que prefirió girarse hacia la grada cuando Youri Tielemans tuvo la opción de clasificar a su selección para los octavos de final del Mundial ante Senegal el 1 de julio. El penal acabó en la escuadra y la escena generó comentarios.
Denul cuestionó que esa conducta se tratara como algo extraño. En declaraciones recogidas por L’Équipe, se preguntó cuántos aficionados belgas se cubrían la cara con las manos en ese mismo instante y reprochó la idea de esperar que entrenadores y atletas actúen como “robots insensibles a los procesos psicológicos y emocionales”.
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Hay precedentes entre figuras del fútbol y de otros deportes. El especialista Geir Jordet recordó a L’Équipe que, en la última Ryder Cup en Estados Unidos, sintió la necesidad de aislarse durante 30 minutos en un estacionamiento durante la jornada final.
Jordet añadió que, cuando Shane Lowry embocó el putt de la victoria, se podía ver al vicecapitán europeo José María Olazabal junto al green, con la mirada apartada en el golpe decisivo. A esa lista se suma Jürgen Klopp, que durante años evitó mirar los penales de James Milner en Liverpool.
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En una explicación de 2017 citada por L’Équipe, el técnico alemán dijo: “Desde el inicio de la temporada, él hace un buen trabajo sin mi apoyo. No quiero que me consideren responsable si falla uno. Esa es la única razón”.
La falta de control agrava la tensión emocional

Para Denul, la clave está en la distancia entre lo que uno siente y lo que realmente puede hacer en ese momento. “Saben hasta qué punto tirar un penal es estresante y comprenden las consecuencias de un posible fracaso”, explicó.
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La investigadora añadió que, al mismo tiempo, quienes observan no pueden influir en el desenlace de la jugada. Esa falta de control puede acentuar la angustia emocional, la ansiedad, la frustración o la sensación de impotencia.
La afición vive el penal como propio
Esa reacción también aparece en quienes siguen el partido desde la grada o desde el sofá. Denul sostuvo que no hay nada ilógico en esa reacción, sobre todo cuando existe una identificación fuerte con la selección y el partido se ve en grupo.
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“Estar rodeado de otras personas y llevar la misma camiseta va a reforzar ese sentimiento, y eso nos lleva a vivir sus éxitos y sus fracasos como si fueran nuestros”, afirmó. Añadió que, ante un penal, la atención suele ir antes hacia lo que puede salir mal que hacia que termine en gol.
Ese sesgo aparece en la forma de anticipar el peligro. Según su ejemplo, los aficionados belgas pensaban: “¿Y si lo fallamos?”, mientras los senegaleses se planteaban: “¿Y si marcan?”.
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El posible efecto de no mirar sobre jugadores y rivales
La discusión cambia cuando se traslada del espectador al campo. Yannick Stopyra, primer lanzador de Francia contra Brasil en Guadalajara en unos cuartos de final del Mundial, restó peso a ese tipo de señales externas.

“Intentamos no meternos más cosas en la cabeza”, resumió. “La emoción representa 80% o 70% de un lanzamiento”, añadió, antes de contar que pensó en su padre para aislarse del ruido de quienes temían que fallara.
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Jordet planteó la tesis opuesta, según detalló L’Équipe. Sostuvo que las personas detectan con facilidad hacia dónde miran los demás y extraen conclusiones de esa comunicación no verbal.
Desde esa perspectiva, apartar la vista no es algo menor para el grupo. Puede debilitar la seguridad de los compañeros y, al mismo tiempo, dar más confianza al rival.
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Por eso, aunque ese reflejo resulte comprensible, Jordet plantea otra salida para quienes tienen responsabilidad sobre el equipo. En esos casos, entiende que conviene gestionar la presión sin desconectarse de la jugada y mantener la mirada sobre la acción.
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