
A veces cuesta refutar aquello que tantas veces dijo Pancho Ibáñez de que todo tiene que ver con todo. Eso sí, nos falta resolver algo más importante que el dicho: si está bien o está mal que así sea.
Hace pocas semanas, el presidente venezolano Nicolás Maduro estableció la prohibición de que los aviones con matrícula argentina sobrevuelen el espacio aéreo de ese país. Según la publicación de Infobae del 11 de marzo último, la medida no solo afectaba a Aerolíneas Argentinas sino a toda aeronave con matrícula comenzada en LV (la de nuestro país) y generó inconvenientes en vuelos ya no con destino a tierra venezolana sino, por ejemplo, a Punta Cana o Miami.
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Más allá de la especulación nunca oficializada de que la medida era una especie de represalia por el conflicto con el triste y misteriosamente célebre avión iraní, el asunto ha llegado, insólitamente, al ámbito del fútbol.
El martes próximo River Plate debutará en la Copa Libertadores 2024 contra Deportivo Táchira en el Estadio Polideportivo de Pueblo Nuevo, Venezuela. No casualmente el equipo conducido por Martín Demichelis adelantó para la noche de anteayer el encuentro por la Copa de la Liga con Huracán: lo que debería ser un trámite de no más de seis horas se convirtió en una especie de travesía inverosímil, justamente, como consecuencia de la decisión de Maduro.
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El plantel de Núñez no solo no puede volar directo por nuestra línea de bandera a Caracas –el destino final será San Cristóbal- por la decisión mencionada sino que, por la misma razón, tampoco puede apelar a un avión de alquiler, al menos no a uno disponible en Buenos Aires.
La idea es la siguiente: volar hoy mismo de Buenos Aires a Cucuta, Colombia (por suerte, el entrevero Milei-Petro no llego todavía al tema espacio aéreo) y de allí recorrer los casi cien kilómetros que, camino sinuoso de por medio, distancia a Cúcuta de San Cristóbal, ya dentro del estado de Táchira. La vuelta a casa, al día siguiente del match, será idéntica aunque a la inversa.
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Usted y yo coincidiremos en que no se trata justamente de una aventura a lo desconocido y que la historia misma del fútbol está repleta de itinerarios más intrincados; quizás hasta sumemos uno en esta misma columna.
Lo realmente inadmisible es que se permita que un país anfitrión, en este caso Venezuela, no cree las condiciones mínimas para que un equipo extranjero ingrese a ese país como lo harán, por ejemplo, los paraguayos de Libertad o los uruguayos de Nacional, que son los demás participantes del Grupo H de la competencia.
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Una sutileza en medio de tanta cosa ordinaria.
Hace unos años, en uno de los últimos protocolos publicados por la UEFA para la construcción de estadios con status de Champions League, sobresalen dos aspectos.
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Por un lado, que las construcciones deben hacerse en zonas relativamente despobladas: el fútbol no debe dar por sentado que al vecino pueda molestarle que, de tanto en tanto, su barrio sea cooptado por una multitud.
Por el otro, que los vestuarios visitantes tienen que tener las mismas características que los visitantes. Algo así como cooperar para que los resultados tengan que ver lo más posible con lo que suceda en el juego y no con armar batucadas cerca del hotel para que los otros no duerman o rociar con acaroina el suelo de los vestidores de los rivales.
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Y aquí es donde aparece otra curiosidad -¿anomalía?- de la primera fecha de las competencias continentales.

Boca Juniors debutará en la Copa Sudamericana el miércoles próximo a las 21 contra Nacional Potosi en el Estadio Víctor Agustín Ugarte de la Villa Imperial, a poco menos de 4000 metros de altura.
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En este caso, la aventura incluye traslado y alojamiento. Como el aeropuerto de Potosí está en obras y no puede recibir el chárter que fletara el plantel de Diego Martínez, ese vuelo llegará hasta Sucre donde se quedarán hasta el día del partido. Boca deberá dividirse en dos hoteles ya que hay saturación de alojamiento debido a que en la capital administrativa boliviana comenzarán pronto los Juegos Bolivarianos de la Juventud, que involucran a algo menos de 1500 atletas.
El miércoles a primera hora, los futbolistas se repartirán en varias camionetas 4x4 para cubrir los 155 kilómetros de camino de montaña que separan a Sucre de Potosí, viaje de aproximadamente 3 horas, la mitad de lo que les llevaría hacerlo en micro.
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Ni lo de River ni lo de Boca es para dramatizar. Salvo por el hecho de que estamos hablando de deportistas que, para rendir en plenitud, necesitan evitar este tipo de peripecia. Los del Alto Rendimiento son cuerpos sutiles que jamás comprenderíamos en su debida dimensión los simples mortales.
Además, parece un escenario demasiado laxo teniendo en cuenta los esfuerzos que realizan muchos equipos, argentinos incluidos, para acondicionar la capacidad de las tribunas y la calidad de la iluminación de sus estadios para ser merecedores de la habilitación correspondiente para jugar estas copas.
Muchas veces se cuestionó el derecho de los equipos bolivianos de jugar a ciertos niveles de altura. Personalmente creo que se debe respetar su derecho tanto como el de algún seleccionado árabe o africano de jugar con temperaturas extremas o de equipos europeos de hacerlo en canchas nevadas. Pero esta es otra historia.
Lo que no parece demasiado serio es que un equipo juegue como local en una ciudad que no tiene un aeropuerto en condiciones de recibir a los visitantes.
Mucho menos, que un equipo juegue como local en un territorio que prohíbe la llegada a destino de aviones de la misma bandera del conjunto rival.
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