
De pronto, con la pitada final en Tucumán, explotó la multitud en La Bombonera hecha lágrimas, canto y emoción.
Todo pareció un sueño dulce y prolongado.
Abajo, en el campo de juego, Diego había inspirado los primeros estribillos litúrgicos de la multitud, antes de que todo comenzara. Su paso fue lento y dolorido. Y su mirada lució aplacada hasta la mansedumbre como si algún tranquilizante lo auxiliara para soportar la larga noche de dos sentimientos fatales: amar a Boca y tratar de ganarle a Boca. Después vino el compromiso de abrazar a Perotti y a Brindisi, el prolongado beso a su nieto Benjamín -traído de la mano de la tía Dalma-. Más tarde, la costosa reverencia al césped, los cánticos de épocas que las tribunas de diferentes generaciones le fueron tributando hasta terminar con él “tiki, tiki, toca, toca / esta hinchada está reloca / se lo dedicamo’ al Diego / porque el Diego e’ de La Boca...”.
Un arcángel impulsó el milagro, y la luna se hizo triunfo y campeonato.
Pero no se trató de un torneo más; será el de anoche el campeonato más recordado de todos los tiempos futuros de Boca y uno de los más singulares del fútbol argentino.
Los actores más queribles de la historia del campeón estaban allí y ahora cumpliendo los diferentes roles que les fue dando la vida. Diego, el homenajeado técnico de Gimnasia -el último rival por capricho del fixture-, Riquelme en su palco y con su mate; Miguel Russo, querido y valorado por ser el último ganador de la Libertadores, y Carlitos Tevez, autor del gol del triunfo desde el borde del área, que para él significa el borde del éxtasis.
Maradona, Riquelme, Tevez y Russo viniendo de atrás y requiriendo que River perdiera cuanto menos cuatro puntos de los últimos seis en disputa, jugando frente a Defensa y Justicia en casa y de visitante contra Atlético Tucumán.

Los duendes nunca se apartan de quienes nacieron para ganar.
Sigue Tevez bebiendo vueltas olímpicas y emoción de multitud, entregando joyas del potrero que caen de su talento. Sigue Miguelito siendo un quijote de las canchas, con la luna en su bolsillo. ¿Qué rival podría ser más duro y cruel que el enemigo al cual venció peleando en quirófano y sanatorios? ¿Lograr un nuevo campeonato con Boca? Cosa de niños frente a la línea final de jugarse a todo o nada por seguir viviendo.
Sigue Román su bendición de haber nacido para ganar. Antes como jugador y ahora como dirigente, con apenas tres meses de gestión.
La noche de la Boca no terminará jamás. Se eternizará porque ya es un espacio histórico con el ritual obsesivo de la exactitud coreada. Nacerán nuevos cantos y habrá más voces para festejar y recordar que hubo un milagroso día en que las figuras emblemáticas se juntaron viniendo de distintos lugares, como si un designio divino las hubiese llamado a ser parte de la inmortalidad. Por cierto, fuera de la emoción vendrán los legítimos reconocimientos a Alfaro y aquellos jugadores que ya no están porque fueron cedidos o transferidos. Esa es otra historia.

Las camisetas tienen la virtud de detener el tiempo en un punto, el punto de lo grandioso, de aquello que se supone insuperable. Boca ha ganado 68 campeonatos Anteriores, cada uno de ellos ha dejado un rasgo indeleble, y como tal, ha tenido, tiene y tendrá su reconocimiento y su tributo. Pero este, el 69 logrado anoche, entrega una particularidad que lo inmortaliza. Y es la de haberle propinado un golpe fatal a su rival cada vez más cercano y más sanguíneo. Y eso, para el hincha de Boca resulta incomparable. Todo aquello que resulte festejar y provoque una crisis en River tendrá el valor de lo sublime.
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