
Con el plantel en óptimas condiciones, el once salía de memoria: Caranta; Ibarra, Cata Díaz, Morel Rodríguez, Clemente Rodríguez; Ledesma, Banega, Neri Cardozo; Riquelme; Palacio y Palermo. Sin embargo, Miguel Ángel Russo tuvo que trabajar mucho para tener afinada la maquinaria. El tardío arribo de Román, proveniente del Villarreal español (a préstamo) le hizo modificar los planes al DT.
Al 10 se lo notó muy falto de ritmo en su reestreno ante Rosario Central por aquel Clausura 07 y le llovieron críticas. Pero Russo fue paciente y empezó a convencerlo de que podía transformarse en la pieza clave del equipo para alzar otra vez el trofeo que obsesiona a Riquelme y todos los hinchas de Boca: la Copa Libertadores.
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De entrada, Miguel fue claro: “Román, vas a jugar solamente los partidos de local en la fase de grupos. No vas a viajar ni a Bolivia ni a México ni a Perú”. El estratega planteó una estrategia en torno a la figura del Diez que no soportaba más jugando en Europa. Lógicamente hicieron un pacto tácito que subrayaba que en caso de clasificar a los octavos de final -siempre y cuando adquiriera su nivel físico y futbolístico- sí tendría participación en todos los compromisos de mata o muere.
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Al Xeneize le costó más de la cuenta en la primera fase y tuvo que golear al Bolívar en cancha de Vélez por la última jornada de la zona para meterse en el cuadro de los mejores 16. La performance fuera de casa (o sea sin Román) fue pobrísima y lo dejó al borde de la eliminación: igualdad en cero con Bolívar y derrotas con Toluca y Cienciano.
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Pero una vez en octavos, Boca arrasó. Y los protagonistas de esta historia cumplieron su acuerdo: Russo le ratificó la confianza a un Riquelme que terminó jugando los 720 minutos de los ocho partidos (series ante Vélez, Libertad de Paraguay, Cúcuta de Colombia y Gremio de Brasil. Y Román le cumplió con creces al técnico que lo había puesto entre algodones en el amancer del certamen.
12 años más tarde Russo asegura no renegar con la idea del equipo de memoria aunque en los primeros encuentros que le tocó dirigir por Superliga mantuvo (o intentó mantener) la mayoría de los nombres. Y de cara al inicio de la edición 2020 emuló con Carlos Tevez la postura que tuvo con Riquelme en aquel último careo con la gloria continental. El Apache será uno de los tres nombres pesados que no viajaron a Venezuela para el debut copero ante Caracas de esta noche (los otros fueron Toto Salvio y Mauro Zárate, con molestias).
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“No comparo”, retrucó Miguel Ángel cuando le trazaron el paralelismo entre JRR y CT, pero jugará las mismas cartas con el actual capitán que alguna vez echó sobre la mesa con el astro oriundo de San Fernando. Lógicamente con otras circunstancias: 1) la deferencia con un Román de 29 años fue para ponerlo a punto después de su ausencia en la exigente pretemporada y llevarlo de a poco en su readaptación al fútbol argentino luego de cinco años fuera del país; y 2) la de Tevez se basa en la avanzada edad de un futbolista que parece haber recobrado la confianza en sí mismo, volvió a sentirse importante dentro del equipo y sueña con ponerle un broche de oro a su carrera.
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Distintos momentos, idénticas formas de actuar.
Luego de visitar al Caracas a Boca se le vendrá la definición de la Superliga (este sábado en la Bombonera contra el Gimnasia La Plata de Maradona) y al martes siguiente recibirá al Deportivo Independiente Medellín por la segunda fecha del Grupo H de la Libertadores. Y Russo pretende tener a Tevez listo para ambas citas: por experiencia, por su momento y racha goleadora (anotó 5 goles en lo que va del año).
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Al plantel xeneize le quedarán viajes a Paraguay (ante el Libertad de Ramón Díaz) y Colombia (ante el DIM). Y no sería nada extraño que Russo guarde a Tevez en estos compromisos lejos del país. Incluso podría llegar a restarle kilómetros de cabotaje con las citas por la Copa de la Superliga a Mendoza, Rosario y Santa Fe (más alguna hipotética excursión al interior por Copa Argentina).
El plan es tener al 10 afilado para los duelos internacionales. Y la obsesión de Tevez es la misma que la de Riquelme en 2007: levantar otra vez la Copa. El aliciente es que viene de besar la lona nada menos que contra River en las ediciones anteriores y tiene sed de revancha. Su espíritu amateur está intacto y, con el respaldo de Russo, quedará en él brillar adentro del campo de juego. Quizás no descolle como el inigualable Román que hace doce años bailó a todos en la Libertadores y se conformará con mucho menos: demostrar que está a la altura y llevar la Séptima a la Ribera.
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