
Alfredo Arias dejó Buenos Aires a fines de los años 60, cuando partió a París con la puesta en escena de Eva Perón, de Copi. Antes había dado sus primeros pasos como artista plástico en el mítico Instituto Di Tella, donde presentó su primera obra, Drácula. “Siempre dije que quería ser un artista y me enviaron al Liceo Militar”, recuerda sobre esos años de formación esquiva. Desde entonces construyó en Francia un mundo poético propio que atravesó el repertorio clásico y la creación original: de Las criadas de Jean Genet en el Théâtre de l’Athénée a Las aves de Aristófanes en la Comédie Française. Por su trayectoria recibió un Molière de Honor y fue distinguido con títulos que tienen algo de pomposo y bastante más de enaltecimiento: Caballero, Oficial y Comendador de las Artes y las Letras, además de Caballero de la Orden Nacional del Mérito de Francia.
Ahora esta leyenda de las artes y la cultura argentina del último medio siglo, atiende la videollamada en la tarde del todavía verano de París, con sombrero y anteojos oscuros, a salvo del calor. Se encuentra ultimando el montaje de la que podría ser, a los 82 años, una película que refleja el viaje de su vida: recorre a pie toda la ciudad de Buenos Aires, desde Lanús Oeste hasta la Plaza San Martín. “Es una película geográfica”, la define. Mientras tanto, esta semana en París hay bastante de él: hasta este domingo 13 se presenta en el bello Palais de Tokyo Hello Andy?, con Alejandra Radano en la piel de Joan Crawford dialogando por teléfono con Andy Warhol. La pandemia obligó a suspender en tres oportunidades el espectáculo, cuenta, y ahora esa versión llegará finalmente en español, con subtítulos en francés. Se trata de la puesta definitiva, pensada como una transición entre el teatro, el cine y las artes plásticas. “Mi intención fue desarmar un poco el teatro y llevarlo más hacia las artes plásticas”, explica. Este lunes 14, además, habrá más de Alfredo Arias en París: en la mítica sala L’Arlequin -un templo del cine arte y de ensayo, ahí donde Jacques Tati oficiaba casi de anfitrión- se proyectarán Fanny Camina (2001) y Hello Andy? (2022).
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Sobre el tiempo transcurrido desde su llegada a París no tiene dudas: hace la cuenta a partir de aquella puesta de Eva Perón, en 1970. “Son 56 años que he pasado acá”, calcula. Por curiosidad del entrevistador, Alfredo detalla que vive desde hace más de cuarenta años en la calle de las Bellas Artes, en pleno barrio de Saint-Germain-des-Prés, entre galerías y anticuarios. “Es una calle sobre todo donde hay muchas galerías de arte y está la Escuela de Bellas Artes”, describe. “No es muy extensa, va desde la rue Bonaparte hasta la rue de Seine”. Frente a su casa hay un hotel con historia propia. “Ahí pasaba Borges los períodos que venía a París porque había un editor, Franco María Ricci, que le había pedido una colección”, contó. “Cuando venía, estaba enfrente de su librería”.
—¿Conociste a Borges?
—No, siempre lo vi de lejos. En algún momento creo haberlo visto pasear hace muchos años con su madre en aquel departamento donde vivía en la calle Maipú, en Buenos Aires. Conocí a María Kodama pero a él no, siempre ha sido una imagen así un poco fantasmagórica, digamos.
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—Un tópico habitual para preguntarle a un argentino que se fue a vivir a otra ciudad es si extraña Buenos Aires, si extraña Argentina y por qué.
—Hay un problema de identidad. En las ciudades donde uno tiene que inventarse una nueva vida y aprender una nueva cultura, es todo un trabajo de educación propio, sobre todo si se tiene la pretensión de hacer teatro, de comunicar directamente con el público, con el idioma del público. Y otra cosa es llegar a Buenos Aires, donde todo tiene significación e identidad, porque es el lugar donde uno se construyó. Es totalmente diferente. Lo he vivido como si Buenos Aires fuera el lugar de mis raíces y como si este fuera el lugar de mi aprendizaje del mundo, porque Francia ofrece con su cultura aprender muchísimas cosas.
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—Si recito la letra de “Anclao en París”, ¿corresponde a tu sentimiento?
—No, nunca. Tuve la suerte, o pasó de esa manera, de que todo se encadenó con una dinámica a partir del deseo de hacer cosas y con las posibilidades que este país nos ofreció, puesto que hay otros artistas argentinos que también han disfrutado de estas posibilidades. No he tenido tiempo para la nostalgia. En cambio, mis raíces interesaron y yo siempre me interesé sobre mis raíces. De alguna manera siempre palpitaba de dónde vengo, de dónde soy, pero no con nostalgia, sino como una actividad más bien creativa. Me parece que Francia es un país... No sé ahora dónde van los argentinos, porque con todas estas políticas que están en el mundo, no sé si lo extranjero va a tener la misma significación que tuvo en algún momento. En lo que a mí respecta, aquí mi argentinidad interesó.
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—¿Y Cuánto cambió París desde que llegaste en el 70 hasta ahora? Y como ciudadano francés, ¿cómo ves el debate sobre la inmigración, algo que quizá no viviste de la misma manera cuando llegaste?
—Hay diferentes etapas. Cuando yo llegué en los años 70, casi podría decir que había todavía un lado balzaciano, algo del siglo XIX que seguía flotando. Por ejemplo, las concierges, las porteras, denunciaban a la gente, estaban en contacto con la policía. Había todavía un sabor de otra época. Ahora el mundo se ha transformado vertiginosamente. Francia estuvo expuesta a corrientes migratorias, por ejemplo de Marruecos, de Argelia. Pero pienso que eso ya está integrado en la cultura francesa. No es lo mismo que estos desembarcos que puede haber, como está pasando ahora en España o en Italia, donde de pronto llega gente desesperada, con razón quizá, pero los países no están preparados. Si no quieren tener esas invasiones, tienen que ayudar a los países donde se sufre. Esa sería una manera de evitar que la gente quiera huir de su país.
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Cuando llega, la gente está escapando y ahí ya es demasiado tarde. Yo digo que los países europeos tienen que actuar antes. Si un país está al borde de una catástrofe económica, ahí es donde los países comprometidos deberían ayudarlos. Porque perder la identidad de nacimiento es una fatalidad, es muy complicado. También hay una evolución vertiginosa, donde la gente puede creer que está en situación de peligro económico y piensa que lo que se ve del capitalismo, del liberalismo, es la forma ideal de vida. Y por ahí el terrenito que tienen, o la vista sobre el cerro, o los árboles que los rodean, no tienen ningún interés para ellos.
—¿Estás haciendo una película que es un poco la historia de tu vida, desde tu nacimiento en Lanús hasta hoy, en París?
—Es una película geográfica. Hacer cine, para mí, a mi edad, tiene una única manera: encontrar una marginalidad que me permita hacerlo sin que sea manoseado por la cantidad de gente que da opiniones y que finalmente llega a convertirlo en un híbrido. Tuve un conflicto con mi familia, que quería que fuera abogado, y yo ya había empezado a estudiar teatro. Decidí irme de mi casa en Lanús Oeste, dejar mis monedas sobre la mesa y caminar hasta el centro de Buenos Aires. Fui caminando como si fuera un camino iniciático, pero sin saberlo realmente. Un día volví a transitarlo, pero en auto, ahora, recientemente, y dije: “¿No es increíble que yo hice paso a paso todo este recorrido, como si me desprendiera de todo ese peso de ambiciones de mis padres y tratara de buscar una identidad?”. Lo volví a filmar hoy, a mi edad, atravesando a pie toda la ciudad de Buenos Aires. Al mismo tiempo que la ciudad se cuenta a sí misma, porque son bastante impresionantes los diferentes aspectos caóticos que ofrece nuestra ciudad, voy relatando en voz en off ciertos episodios. Está el árbol materno, el árbol paterno y la conclusión que saco de haber hecho ese camino. Es de Lanús Oeste hasta la Plaza San Martín.
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—Es una pregunta grandilocuente, pero se engancha con esto que venimos hablando: ¿estás satisfecho con la vida que has tenido?
—Sí, estoy satisfecho porque me parece que pude recuperar intuitivamente, o inventar, muchas conexiones mías con la cultura sin verdaderamente haber tenido una educación que me favoreciera o que me hubiera dado los instrumentos que yo quería. No quiero ponerme en víctima, pero yo siempre afirmé que quería ser un artista y me enviaron al Liceo Militar. Así que inmediatamente cuando salí, empecé a recuperar ese tiempo, a ponerme en el teatro de la Alianza Francesa. Después participé en todo ese movimiento que fueron los happenings del Instituto Di Tella, y a partir de ahí arranqué el teatro y no paré hasta el día de hoy. Pienso que he tenido suerte, porque a veces uno puede salir con una enorme biblioteca y quedarse con un papel en la mano, y otra vez salir con un papel en la mano e inventarse una enorme biblioteca. Tuve la fortuna de haber podido vivir experiencias sin estar totalmente preparado para eso. Hubo descubrimientos y también sufrimientos, porque me arriesgué y de pronto, en medio de esa batahola, me decía: “¿Y ahora cómo sigo?”. Pero lo aprendí.
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[Fotos: Giannis Antonoglou]
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