Del glam-punk al mito argentino: cómo reinventó Julio Panno a la emoción sobre el escenario

En una charla exclusiva con Teleshow, el director cuenta cómo conecta su mirada sobre “Hedwig y la Pulgada Furiosa”, “Sandro, el gran show” y “La máquina de mirar”, y por qué el teatro sigue siendo su mayor motor creativo

Collage con un hombre con gafas en el centro, rodeado por escenas teatrales, un letrero de Sandro y el texto La máquina de mirar.
Tras el éxito en musicales y documentales, Panno apuesta a borrar la distancia entre la platea y el escenario con una puesta que cruza humor, dolor y búsqueda de identidad (Imagen Ilustrativa Infobae)
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En Buenos Aires, hay directores que buscan conmover y otros que logran, además, dejar huella. Julio Panno es de los que transforma cada proyecto en una invitación a la honestidad y al riesgo. Lo suyo no es solo montar espectáculos, sino crear experiencias donde la emoción y la búsqueda personal laten en cada detalle. En estos días vuelve a desafiar al público llevando Hedwig y la Pulgada Furiosa a un escenario poco convencional, mientras aún resuena el eco de Sandro, el gran show y de la docuserie La máquina de mirar, que lo llevó a indagar en los pliegues de la memoria y la cultura argentinas. Así lo comparte en diálogo en exclusiva con Teleshow.

Panno nunca eligió el camino fácil ni el de los lugares comunes. Su trayectoria está marcada por el deseo de atravesar géneros, romper moldes y abrir el teatro a nuevas generaciones, pero sobre todo por una sensibilidad que prioriza lo genuino sobre el artificio. Cada puesta, ya sea un musical multitudinario, una pieza íntima o un documental, es para él la chance de explorar lo vulnerable, lo incómodo o lo inesperado, confiando siempre en el poder transformador del encuentro en vivo.

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En esta etapa de su trayectoria, Panno vuelve a lo que más le importa: la posibilidad de que una historia ajena despierte una emoción propia. Apuesta a que la música, el humor, la oscuridad y la belleza de lo imperfecto puedan, por un rato, borrar la distancia entre el escenario y la platea. Porque para él, en el fondo, el mayor milagro del teatro es ese: que alguien salga distinto de cómo entró.

Un hombre vestido de negro está sentado en una silla en un escenario oscuro con una jaula metálica y pétalos rojos al fondo
Entre Hedwig, Sandro y la memoria: Julio Panno, el director que desafía al teatro porteño (Gentileza de prensa y Julio Panno)

—¿Qué significa el teatro para vos hoy, que estás tan involucrado en esta actividad?

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—El teatro es la profesión que elegí tanto para expresarme como para ganarme la vida. No sé si tengo una vocación tan fuerte como la magnitud de mi actividad, pero el teatro centra tanto mi existencia laboral como emotiva. Me da la posibilidad de decir cosas que siento, pienso o añoro.

—¿Cómo llegaste al mundo teatral? ¿Fue un camino difícil?

—No, no fue tan difícil. Llegué de manera muy natural porque hago teatro desde muy chico, desde los ocho años, participando en los primeros grupos, incluso con adultos. Siempre fue un camino paralelo en mi vida. Desde muy pequeño trabajo en otra actividad: soy independiente desde los 15 años como electricista y abrí una casa de electricidad en esa época. Siempre llevé el teatro y actividades relacionadas, como artes plásticas o visuales, en paralelo.

Estoy en el mundo del teatro profesional, hace 30 años. Pero con el teatro en general, es prácticamente toda mi vida. De alguna manera siempre estuve cerca de la actividad escénica. Estudié actuación, cine, fotografía, y todo esto iba de la mano con mi actividad profesional principal, que era el negocio de electricidad y las reparaciones. En un momento decidí dejar de lado la electricidad como fuente laboral y dedicarme directamente a la dirección teatral. Si bien hice algunas cosas como actor, en el periodo profesional me concentré en la dirección y la dramaturgia.

Un hombre con cabello cano mira a la cámara a través de unas varillas metálicas verticales
El director vuelve a sorprender con “Hedwig y la Pulgada Furiosa”, mientras repasa el fenómeno de “Sandro, el gran show” y su paso por la docuserie “La máquina de mirar” (Gentileza de prensa y Julio Panno)

—¿Hubo algún momento clave en el que sentiste que el teatro era el camino a seguir, algo que te diferenció de otras actividades?

—En realidad, no. No tengo una contundencia vocacional por el teatro. Me gusta mucho, pero también las otras actividades que hice las viví con el mismo entusiasmo. Pinto, hago escenografía o incluso construí mi casa con esa misma entrega. Sé que el teatro hoy centraliza mi actividad, así que evidentemente me da algo que otras actividades no me dan.

—¿Sentís que tu vida siempre estuvo ligada al escenario?

Sí, totalmente. Incluso, tengo un hijo de 10 años que desde los cinco días de vida ya estaba en un teatro. Tengo imágenes de él gateando por las gradas del San Martín cuando hacíamos El emperador Gynt con Peter Lanzani. Ahora quiere ser paleontólogo, pero le gusta mucho la actuación y ya va a clases. Igual le pregunto y me dice: “No, quiero ser paleontólogo”. Pero está tan inmerso en ese mundo que en algún momento, supongo, terminará haciendo teatro. Es un lugar muy particular, porque el teatro te permite vivir muchas vidas, inventar historias y seguir jugando. Además, es una forma de crear una realidad propia cuando la realidad no te satisface.

Un hombre con cabello cano mira sonriendo a una mujer de espaldas en una silla roja dentro de un teatro
"El teatro te permite vivir muchas vidas, inventar historias y seguir jugando", comenta Panno (Gentileza de prensa y Julio Panno)

—¿Hubo alguna experiencia que te haya marcado especialmente como director?

—En general, me conmueven mucho los actores, especialmente aquellos que dejan parte de su ser arriba del escenario. Tuve la suerte, o fue elección, de estar en proyectos que siempre destacaron por algo particular. Por ejemplo, con Hedwig, mi último proyecto, me pasa eso: al meternos en la vida del personaje, todo lo que le sucede es absolutamente conmovedor. Las nuevas generaciones buscan algo que les impacte en el cuerpo, no solo en la palabra. No necesariamente participativo como Fuerza Bruta, donde trabajé, pero sí que los conmueva más allá de la palabra.

—¿Cómo fue adaptar Hedwig para un espacio así y para un público diferente?

La propuesta me llegó por Maika Producciones y me interesó enseguida. Me gusta trabajar con proyectos que friccionan la realidad y nos hacen replantear cosas, tratando de que no sean solo dramas o tragedias, sino que tengan también humor, porque la vida es así. En el medio de un terremoto o un velorio, siempre hay espacio para el humor, y eso salva. Busco que las historias tengan humor y cercanía, para que el espectador no sienta que es algo que le pasa solo a otros.

En ese caso, la historia parte de un personaje que vive detrás del Muro de Berlín, pero nosotros extrapolamos eso y nos movimos hacia lo que creemos que es el centro de la historia: el fraccionamiento corporal, lo que uno entrega en el amor y qué pasa cuando esa otra mitad se va. Es una angustia universal.

Del glam-punk al mito argentino: cómo Julio Panno reinventa la emoción sobre el escenario
En este último proyecto dirigido por Julio Panno, el actor Nacho Pérez Cortés se pondrá en la piel de Hedwig (Gentileza de prensa y Julio Panno)

—¿Fue difícil abordar una obra de culto como Hedwig, que tiene tantas versiones en el mundo?

Cada obra tiene sus desafíos. En obras extranjeras, hay que adaptar mucho, tanto el texto como las canciones. El inglés es mucho más sintético y permite más ideas en menos espacio, así que la adaptación entre la musicalidad del inglés y el español requiere mucho trabajo. Además, la película narra la historia de manera secuencial y visual, pero el musical la cuenta como si fuera un show, a través de reflexiones y canciones. En las versiones americanas, hay mucho humor, muy de stand up, y a veces se pierde el drama del personaje. Nosotros buscamos equilibrar el humor y el dolor, sin resignar el cuento de fondo.

Asimismo, es una obra que sacamos del ámbito teatral tradicional y la llevamos a Maquinal, un lugar donde habitualmente hay shows y no teatro. Elegimos este espacio porque queremos llegar a un público joven, el sub-30, que hoy está alejado del teatro puramente textual. Por eso buscamos espacios alternativos y temáticas que conecten con esos públicos. Maquinal está muy cercano a la comunidad queer, y la historia tiene que ver con ese grupo, así que nos pareció interesante llevarla ahí.

Sandro El Gran Show (Prensa)
Sandro, el gran show, una de las obras que marcaron a Panno en 2025 (Gentileza de prensa)

—¿Cómo fue el trabajo con Nacho Pérez Cortés, el protagonista?

—Con Nacho ya había trabajado en Sandro, el gran show, donde él y Alan Madanes hacían un show del icónico cantante, no al personaje real. Nacho armó una sexualidad ambigua que tenía gran seducción sobre cualquier persona, como pasaba con Sandro. Me gustó esa condición porque sentí que podía interpretar un sentimiento femenino profundo, que es clave para Hedwig. El trabajo fue encontrar la sensibilidad femenina, no solo la forma o el cuerpo.

—¿Qué diferencia encontrás entre dirigir un musical grande como Sandro, el gran show y una obra como Hedwig y la Pulgada furiosa?

En Sandro, uno de los mayores desafíos fue que el público sintiera la presencia del ícono en el teatro sin que estuviera como personaje, y también conformar a la familia y admiradores. Era un mega show, con muchos elementos técnicos y artísticos a coordinar. En Hedwig, el trabajo es más artesanal, más minucioso y enfocado en el personaje. El desafío es que el público perciba lo que trabajamos con el actor y que eso coincida con lo que buscamos. Además, el desafío es componer sinceramente un personaje trans, sin caer en clichés, para que la sensibilidad y el sentimiento sean auténticos.

Fotografía en blanco y negro de una persona con peluca erizada, medias de red y tacones altos, reclinada en un sillón
"Me gustó esa condición porque sentí que podía interpretar un sentimiento femenino profundo", comentó Panno sobre su protagonista (Gentileza de prensa y Julio Panno)

—¿Cómo pensaron la experiencia extendida en el Maquinal?

Ampliamos la experiencia teatral: el espacio se abre una hora antes, el público podrá disfrutar del universo Hedwig, con detalles y sensaciones que funcionan como un prólogo. Después de la obra, hay un post donde pueden quedarse y seguir en ese mundo. Me gusta esa mezcla de ficción y realidad, porque ayuda a involucrar más al público, sobre todo a los jóvenes. Ya lo había experimentado en otra obra, donde en el entreacto poníamos un DJ y el público podía subir a bailar al escenario con los actores. Eso rompe el límite entre quienes actúan y quienes miran, y acerca la historia de manera más emotiva.

—En tu carrera también dirigiste el documental La máquina de mirar, de Fernando Marín. ¿Cómo viviste ese proyecto?

Estudié cine y fotografía y había hecho un largometraje sobre Paloma Herrera, pero este documental sobre Fernando Marín fue distinto. Fernando es un productor histórico y fue un desafío armar una minibioografía en pocos capítulos, porque su vida es muy extensa y hubo que dejar mucho afuera. No sé cómo le llegó la propuesta que le presenté y terminó siendo aprobada, pero me sorprendió porque él es un extraordinario experto en la producción audiovisual.

Durante el proceso tuve que lidiar con la falta de material de archivo, porque parte se perdió en la quema de Canal 11 y otra parte se grabó encima de los tapes, que era común en esa época. Hubo que reconstruir la historia a través de los protagonistas y fue un trabajo largo de búsqueda y organización. Además, Fernando tiene una mirada muy clara sobre cómo se arma una producción y cómo se origina un producto en los medios.

La Máquina De Mirar, el documental sobre Fernando Marín que dirigió Julio Panno

—Frente a tantos formatos, ¿qué tiene el teatro que te sigue atrapando?

—Para mí, el teatro tiene la potencia del encuentro. El cine, las series y los nuevos formatos son atractivos y la técnica permite cada vez más, pero no tienen la vibración del cuerpo en el escenario. Repetir una función nunca es igual: cada función es única. El teatro propone intimidad y verdad, y el espectador puede meterse en el cuerpo del actor y vivir la historia. Eso solo lo da la presencialidad, no lo obtenés en el cine o en otros formatos.

—¿Qué te falta hacer o te gustaría explorar en la escena teatral argentina?

Siempre me inquieta traer formas diferentes de teatro. Siento que siempre me falta algo. Este año me dediqué más a escribir y a desarrollar búsquedas más posdramáticas, cruzando dramaturgia, música y visuales. Busco encontrar idiomas que conmuevan a las audiencias jóvenes, aunque para los mayores pueda ser avasallante.

—De cara al estreno de Hedwig, ¿qué esperás que se lleve el público?

—Siempre busco que el público se conmueva, más allá de que se diviertan o les resulte atractivo. Nacho es un extraordinario cantante y bailarín, y la puesta tiene detalles atractivos, pero lo principal es que algo se mueva adentro del corazón de la gente. Eso es lo más importante de lo que el público puede llevarse.

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