
El contexto cambió radicalmente cuando la Panamericana dejó de tener los colores académicos caracterizados por el celeste y blanco. De las casi 4.000 personas que protagonizaron el tradicional banderazo en el hotel donde concentró Racing, un porcentaje muy reducido acompañó al micro que trasladó a los jugadores hacia Victoria.
En la cancha de Tigre vamos a ganar, y la vuelta vamos a dar, fue el himno que despidió a la delegación que partió rumbo a la gloria.
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Una complicación con el bus a metros de llegar al José Dellagiovanna obligó a los visitantes a bajarse del rodado y caminar por la angosta cuadra Focello. Con una tranquilidad llamativa, el plantel liderado por el Chacho Coudet se paseó entre las casas que rodean la cancha, mientras algunos vecinos se animaban a pedir autógrafos y selfies a los recién llegados.
"Yo le pedí uno a Cvitanich, porque es un fenómeno", dijo uno. "Yo fui con Licha, es un crack", confesó otro. Ambos estaban vestidos de civiles, con nada que los identifique, pero a escasos metros también se encontraba un grupo teñido de azul y rojo. "Te soy sincero: yo quiero que Racing salga campeón", sorprendió un hincha camuflado con la camiseta del Matador. "Pero también quiero que se salve Tigre", continuó el entusiasta simpatizante que, con radio en mano, esperaba una derrota de Defensa y Justicia en su compromiso ante Unión para que sus deseos puedan complementarse.
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La iniciativa de vender entradas en la semana a quienes tengan el carnet de socio con la cuota al día evitó el acceso de varios infiltrados. Por lo tanto, la gran mayoría de las 25.000 personas que invadieron el estadio mantenía la esperanza de la permanencia "porque Tigre es de Primera, y de Primera no se va", se escuchaba desde las cuatro cabeceras.
El único que no recibió ningún hostigamiento fue Javi García, uno de los arqueros más queridos de la institución de Victoria que recibió una calurosa ovación cuando salió a escena para realizar el precalentamiento junto a Gabriel Arias, titular en el aspirante al título.
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Por su parte, los granaderos que también saltaron al terreno de juego para entonar las estrofas nacionales en conmemoración a los caídos en la Guerra de las Islas Malvinas impusieron un paréntesis en el que los fanáticos comenzaron a saltar para evitar ser considerados británicos. "El que no salta, es un inglés", sonó al unísono.

La demora en el arranque del choque se relacionó con las acciones que comenzaron en el Norberto Tomaghello. Algunas personas que no debían estar en el césped, otras artimañas del entrenador académico y una inesperada falla en el cartel del cuarto árbitro fueron algunos factores que hicieron que haya 5 minutos de diferencia entre los dos partidos que definieron la Superliga. Así, cuando Néstor Pitana por fin pudo dar inicio al pleito, las miradas de complicidad empezaron a surgir en la platea.
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Las sonrisas nerviosas y los saludos entre los que veían caras conocidas por algún encuentro ocasional en el Cilindro dejaron en claro una certeza: no todos los presentes se ilusionaban con el triunfo local.
El tiro libre de Pol Fernández que se fue a centímetros del palo y el disparo de Darío Cvitanich que rebotó contra el caño confirmaron la hipótesis, ya que un tímido y tibio lamento se hizo sentir en el sector de prensa.
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La maniobra individual de Lisandro López, en la que se liberó de su marca con un movimiento y exigió a Gonzalo Marinelli con un violento remate fue otra clara ocasión que instaló el sufrimiento en las gradas. "¡Mirá la pelota que sacó el arquero! Boludo, no doy más. Me va a dar un ACV", deslizó un joven que no llegaba a los 30 años, mientras observaba su celular para chequear que en Florencio Varela el marcador también se mantenía en blanco.
Los fuegos artificiales que sorprendieron en la reanudación del pleito sirvieron para encender a los hinchas locales. La ruidosa e intimidante pirotecnia proveniente de los lugares cercanos a la popular también despertó al elenco de Pipo Gorosito, que salió al segundo tiempo con una actitud mucho más agresiva. Mientras tanto, los infiltrados ponían cara de circunstancia como si estuvieran ajenos al espectáculo.
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Para el momento en el que Marinelli cometió el grosero error que le sirvió el gol a Augusto Solari ya todos en la platea sabían quiénes eran los desubicados amantes de la Academia. El grito se ahogó entre lenguas mordidas, golpes en el pecho y desesperados intentos por mantener la cordura. Las miradas desafiantes de los fanáticos de Tigre no contribuyó en el pedido de calma que tanto exigía la presencia policial.
Los abrazos escondidos y las lágrimas derramadas por la emoción exponían a los simpatizantes de Racing, quienes creían cada vez más posible el título. "¡Gol de Unión!", gritó uno, que velozmente tuvo que dejar su lugar para evitar el linchamiento. "¿Es en serio?", se preguntaban los más cautelosos, quienes no podían evitar la emoción.
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La confusión se generalizó cuando se instaló el rumor de la finalización del partido en Varela. "Ya está, perdieron", sentenciaron varios, pero las conquistas de Matías Rojas y Lucas Rodríguez se produjeron casi al instante. Muy al estilo de Racing, todavía había tiempo para sufrir con los dos partidos igualados en uno.
Los empates concretaron la consagración de la Academia, pero el ensordecedor aliento de los presentes se remitió a la posibilidad de evitar el descenso en la última fecha.
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Con los jugadores encerrados en el vestuario y los dirigentes de Racing exaltados en la cancha, la salida por Guido Spano reflejó la soledad de los festejos. Como en el regreso la Panamericana volvió a teñirse de celeste y blanco, con agrupaciones espontáneas que se dieron en las calles Tomkinson y Rolón, el grito más esperado y ansiado recién se pudo dar junto a las 30.000 almas que colmaron el Obelisco: el de "¡Dale Campeón, carajo!"
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