
El olor a pólvora de las recientes guerras todavía era mucho más fuerte que el de la unificación. A comienzos del siglo XX, Argentina estaba sentada en una mesa de debate en la que se dirimía el rumbo a seguir con incipientes gobiernos que daban forma a la naciente –y precaria– democracia. En esa estructura de país, los deportes empezaban a asomar como una pieza angular de la genética nacional.
El fútbol y el rugby llevaban unos pocos años como deportes establecidos formalmente, faltaban otros tantos para que el básquet y el boxeo empiecen a practicarse de tal modo. Allí, en ese quiebre de la línea de tiempo, el automovilismo apareció en escena como un cliché de las familias patricias. Oficialmente, la primera carrera de autos en el país se corrió un 16 de noviembre de 1901 con uno de los datos más pintorescos de nuestro deporte: un futuro presidente fue uno de los siete participantes.
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Marcelo Torcuato de Alvear se transformaría en 1922 en presidente de la Nación, pero para 1901 era simplemente un "dandy" heredero de una de las familias aristocráticas de la época y con una participación política en la Revolución del Parque que dio paso al nacimiento de la Unión Cívica. Además de todo eso, su descripción indicaba que era un amante de los deportes.
La mezcla entre su pasión por la adrenalina, la presión de sostener su papel protagónico en la actividad social y la curiosidad lo llevaron a participar en la primera carrera de autos de la historia de este país a bordo de su Locomobile, un rudimentario vehículo que era considerado como uno "de los más ligeros de Buenos Aires", según el diario La Prensa. ¿La velocidad? Unos 70 kilómetros por hora en promedio.
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"En esa época ya se lo consideraba como un dandy, además de un 'niño bien'. Estaba absolutamente metido en la sociedad, participaba de toda actividad social principal en Buenos Aires. Era un animador de los temas sociales. Era un hombre al que le gustaba el deporte, en una época en la que ya empezaba a tener peso en la sociedad", explica el historiador Daniel Balmaceda a Infobae quien escribió sobre este sorprendente suceso en su libro Historias insólitas de la historia Argentina.
Aquella de noviembre fue una tarde calurosa en la que el viejo Hipódromo Argentino, situado en las actuales intersecciones de Avenida del Libertador y Monroe, abrió sus puertas para un evento que tenía como fin ayudar al Instituto Siglo XXI –que contaba con un asilo de ancianos– y ostentaba como interés principal la presencia de la aristocracia de Buenos Aires. "Esta fiesta, además de poseer el atractivo de reunir a nuestras familias más conocidas, tiene un programa con números muy interesantes y nuevos, tales como las carreras de automóviles", anunciaba el Diario La Prensa.
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Lo cierto es que la velada no fue demasiado exitosa: la concurrencia estuvo lejos de ser la esperada y debieron suspenderse dos de las atracciones planificadas ante la ausencia de los participantes. Eso sí, el segundo espectáculo proyectado bastó para que aquel día quede fijado en la posteridad.
La alta alcurnia presente se agolpó en las inmediaciones de la pista del hipódromo mientras iban pasando los vehículos de Juan Cassoulet, Juan Abella, Aarón Anchorena y, por su puesto, Marcelo T. de Alvear, entre otros. "Mucho interés despertó esta carrera de automóviles por ser la primera de esta clase que se realiza en nuestro país", advertían desde las líneas de uno de los medios que cubrió el acontecimiento junto con La Nación y la revista Caras y Caretas.
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"Había muy pocos autos en el país en 1900, era algo poco habitual. Llamaban mucho la atención y, casi siempre, los manejaban los choferes. Cuando uno se traía el auto, que por lo general era importado de Europa, el auto venía con un chofer, que era la persona que conocía de mecánica y manejo", detalla Balmaceda sobre la innovación que significaba tener un auto, que en esos años eran más similares a las carreta con tracción a sangre que a la imagen que se conoce hoy en día.
Si bien los diarios de la época informaban sobre cuatro participantes, los historiadores confirmaron que en total fueron siete los pilotos que se animaron a la novedosa aventura: cinco Locomobile, un Rochester y un auto construido en el país por Celestino Salgado. El único vehículo diferente en aquella carrera fue el Rochester de Cassoulet: tenía un motor a explosión –funcionaba con bencina–, mientras que los restantes tenían su locomoción basada en calderas a vapor. Cassoulet era de una familia acomodad de Azul, que comerciaba velocípedos, motociclos y automóviles.
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"Varios hombres, como el caso de Alvear, quisieron aprender rápidamente a manejar por su espíritu deportivo, de aventuras. Eso lo motivó también a sumarse a aquella carrera. Había un plus en este evento para los presentes: además de raros, ruidosos, peligrosos y pocos, que los autos se encuentren todos juntos para correr en una pista era toda una novedad", explica Balmaceda.
El futuro presidente del país logró establecer una ventaja considerable desde el inicio y peleó por la pole durante buena parte de los 1100 metros de carrera con Cassoulet. Un problema en la cadena del engranaje lo perjudicó notablemente y llegó en la tercera posición detrás de Cassoulet –quien años más tarde correría el primer Gran Premio de Argentina– y Juan Abella. "Con la emoción que producen estos espectáculos, se aplaudió prolongadamente a los vencedores", advirtieron desde el diario.
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El ganador se llevó como premio "un objeto de arte" –según la crónica del Diario La Prensa– que no fue ni más ni menos que una cigarrera que actualmente descansa como una valiosa pieza en el Museo Juan Manuel Fangio de Balcarce. Aquel día la noticia ocupó un importante espacio en el periódico, entre anuncios de la inauguración de un monumento a Sarmiento en San Juan y el alerta por la bajante de los ríos Paraná y Paraguay que impedía el paso de la mayoría de los buques.

Aquella fue la primera carrera de automóviles registrada en un país que por entonces tenía un parque automotor escueto, síntoma de una sociedad dominada por unas pocas familiares patriacarles. También podría tomarse lo que ocurrió unas horas más tarde como el embrión nacional de la "picada".
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¿Por qué? El futuro presidente Alvear corrió 3 kilómetros contra el joven Aarón Anchorena, quien piloteaba un Panhard Levassor, "uno de los autos que más deslumbraba por su diseño y mecánica de avanzada", según las líneas del libro Historias insólitas de la historia Argentina. Fue la tercera parte del programa del día: el hombre que luego asentaría el poder radical con su presidencia se dio el gusto de festejar.

"A esta altura de su vida, Alvear ya estaba enderezándose. Si bien seguía siendo muy "Playboy", ya había pasado la época más revoltosa de su vida", describe Balmaceda a aquel abogado de 33 años que por entonces ya estaba enamorado de la soprano portugesa Regina Pacini, quien al poco tiempo se convertiría en su esposa.
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Tres años más tarde de este suceso se inauguraría el Automóvil Club Argentino impulsado por el boom automovolístico de un país que a tres años de su primera carrera ya contaba con 4 mil vehículos, según el libro Breve historia del deporte argentino de Ezequiel Fernández Moores. El escenario lentamente se iría acomodando no sólo en el automovilismo local, sino en los deportes de todo el país.
El arribo de Torcuato de Alvear al poder, en 1922, significó el impulso fundamental para todas las disciplinas. Tras haber incursionado en esgrima, natación, tiro, equitación, box y golf, además de ser fundacional en el automovilismo, creó en su presidencia por decreto el Comité Olímpico Argentino (COA), que hasta el día de hoy nuclea a los deportes del país.
El 23 de marzo de 1942 una falla cardíaca hizo que el corazón de Alvear deje de latir. Como una ironía del destino, pocos días más tarde se correría, sin saberlo, la última carrera de esa temporada del Turismo Carretera que ganaría un joven –y campeón defensor– Juan Manuel Fangio a bordo de su Chevrolet Master. La Segunda Guerra Mundial había generado la interrupción de la construcción de autos y como consecuencia frenó la competencia local más importante hasta fines de 1947. Quizás como un enorme luto que el destino decidió imponer.

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