La cantidad de mujeres que estudian carreras tecnológicas a nivel universitario sigue siendo muy bajo. Foto: Gentileza Chicas en Tecnología.
La cantidad de mujeres que estudian carreras tecnológicas a nivel universitario sigue siendo muy bajo. Foto: Gentileza Chicas en Tecnología.

Que la tecnología es un elemento clave que impacta en todas los campos, desde la ciencia hasta la vida cotidiana, es ya un lugar común. El hecho de que la mayoría de los empleos solicitados requiera un conocimiento específico relacionado con el campo de las TIC y que el salario en este sector supere al de otras áreas es algo que casi nadie desconoce.

Si bien estas verdades son incuestionables, los especialistas aseguran que uno de los principales problemas de la universidad argentina es la ausencia de egresados en carreras científicas y tecnológicas. Según el doctor Alieto Guadagni, miembro de la Academia Nacional de Educación, de los 120.000 graduados universitarios de nuestro país, alrededor de 60.000 pertenecen al área de Ciencias Sociales y define: "En definitiva, nuestra matrícula universitaria es del siglo XIX no del XXI".

A fin de conocer un poco más el entramado de esta realidad, la organización sin fines de lucro Chicas en Tecnología (CET) decidió realizar un relevamiento de las mujeres que se dedican al área de programación en nuestro país. Con el apoyo de Medallia –una empresa de software internacional que tiene una sede en Argentina–, entre septiembre de 2017 y enero de 2018, CET relevó datos con los que construyó una base abierta con información indispensable para la toma de decisiones relacionadas con la implementación de políticas públicas. "Desde que nació la organización, fuimos conscientes de que necesitábamos contar con datos concretos que nos permitieran armar una radiografía de la Argentina para ver cuál era el problema que se presentaba en nuestro país respecto a este tipo de carreras", relata Melisa Masnatta, cofundadora de CET.

América Latina tiene una deuda histórica en relación con la programación, la informática y la robótica. Foto: Gentileza Chicas en Tecnología.
América Latina tiene una deuda histórica en relación con la programación, la informática y la robótica. Foto: Gentileza Chicas en Tecnología.

Con ese objetivo, explica, solicitaron al Ministerio de Educación el acceso a la información pública y sistematizaron datos de 73 carreras dictadas en 81 universidades públicas y privadas e institutos terciarios de todo el país, vinculadas al área de programación, entre 2010 y 2015. Lo que básicamente querían saber es quiénes ingresaban, se reinscribían y cuántas egresaban, datos fundamentales que permiten medir, ver los impactos y pensar cómo estructurar políticas diferentes e inclusivas que ayuden a la mujer a involucrarse en un ámbito que pareciera en la actualidad serle bastante ajeno.

"Este trabajo ciudadano y federal que realizamos nos permite incluso acercarnos a las universidades y preguntarles qué consideran que están haciendo bien, qué cosas deberían cambiar y reflexionar acerca de cuáles pueden ser las razones de que en determinados lugares haya una mayor participación de mujeres".

A modo de ejemplo, Masnatta sostiene que, según los datos del Ministerio de Educación, las universidades nacionales con mayor porcentaje de mujeres inscriptas en carreras de programación son la de La Rioja (26 %); la del Comahue (23 %), la de Jujuy y la de Salta (22 %). "Pese a que se va incrementando la cantidad de mujeres que estudian este tipo de carreras a nivel universitario, el porcentaje continúa siendo muy bajo, e incrementarlo constituye un real desafío para la Argentina", considera.

El camino inverso

Aunque estamos acostumbrados a la primacía masculina en estas disciplinas, la realidad es que en un comienzo, era alta la participación de mujeres en el ámbito de la informática. "Analizando los archivos, comprobamos que las mujeres fueron las primeras en estudiar computación –en el mundo en general, y en la Universidad de Buenos Aires en particular–, porque era una disciplina que se asociaba a las secretarias. Basta ver la foto de Clementina, la primera computadora argentina que empezó a funcionar en 1961 en la UBA, rodeada de mujeres".

Sin embargo, esta tendencia cambió en las décadas del 80 y 90, "cuando, por cuestiones de marketing, a la hora de lanzar la masiva computadora personal, se la asoció al sexo masculino e incluso con ciertas características, en especial –como ser americanos y blancos, entre otras–, que fueron, según la especialista, alejando a la mujer de una actividad en la que no lograba verse reflejada". Fue así como un camino interesante y con grandes posibilidades fue siendo dejado de lado por las mujeres, con quienes "sin duda el mundo y en especial América Latina tiene una deuda histórica en relación con la programación, la informática y la robótica".

Analizando los archivos, comprobamos que las mujeres fueron las primeras en estudiar computación –en el mundo en general, y en la Universidad de Buenos Aires en particular

Pasados muchos años y desde un lugar diferente, cuatro amigas profesionales: Melina Masnatta, Carolina Hadad, Sofía Contreras y Mariana Varela, todas provenientes de distintos ámbitos relacionados con la Informática, comenzaron a corroborar la ausencia femenina en sus distintas áreas de trabajo.

"A todas nos empezó a hacer ruido el hecho de que, aunque a veces trabajábamos con mujeres, cuando había que diseñar o programar una plataforma, quienes lo hacían eran hombres. En mi caso, por ejemplo, que me dedico a la tecnología educativa, pese a que el 80 % de los educadores son mujeres, a la hora de implementar una propuesta de tecnología, aparecía sistemáticamente una resistencia, que sin duda manifestaba la falta de familiaridad con el tema", explica Melina Masnatta, licenciada en Ciencias de la Educación y máster en Tecnología Educativa.

Fue entonces cuando empezaron a pensar de qué manera generar un cambio y llegaron a la conclusión de que, para lograr romper los prejuicios tradicionales sobre los roles de género, era necesario que las mujeres se interesaran desde una edad temprana en los ámbitos de la ciencia y la tecnología.

Considerando que el momento clave en el que los adolescentes deciden qué estudiar es el secundario, se enfocaron en ese sector. "Nuestro objetivo es que las chicas se acerquen a la tecnología, por lo cual pusimos la energía en la creación de programas libres y gratuitos que les permitieran formarse y, a través de ese conocimiento, considerarla como una aliada para cumplir diferentes propósitos", manifiesta la entrevistada.

En este sentido, implementaron un programa denominado "Programando un mundo mejor", #PUMM, orientado a que las adolescentes diseñen y desarrollen una app que resuelva problemas de su comunidad, barrio o grupo y genere, a través de la tecnología, un impacto social. "Clubes de chicas" es otra propuesta gratuita para desarrollar en escuelas y organizaciones educativas de todo el país, "respetando los escenarios y realidades de las distintas regiones, con el objetivo de motivar a la próxima generación de innovadoras en tecnología".

Con las chicas egresadas de los programas anteriores, se realizan encuentros –programa denominado COMUNIDAD CET– en los que analizan el modo en que estas pueden continuar su formación, según sus inquietudes y preferencias y, desde la organización procuran facilitar ese camino, ya sea con becas o vínculos con casas de estudio. Sin embargo, para la directora de CET, lo más importante es el acompañamiento en este proceso que representa un real desafío.

Acerca de las formas de colaborar, Masnatta explica que son diversas. Por un lado, para desarrollar los programas, es indispensable contar con adultos que cumplan con la función de mentores, o sea, que guíen a las chicas y las acompañen durante el desarrollo de las app. Por otra parte, es posible participar como voluntario en el área de educación, diseño, programación, Community Management y Administración. Por último, quienes están interesados en el proyecto, pero no disponen de tiempo, pueden ser parte, ayudando a su difusión a través de las redes.

*La versión original de esta nota fue publicada en la revista DEF N. 122