Un rascacielos de 280 metros de alto con parques verticales incorporados, el diseño de Carlo Ratti Associati y Bjarke Ingels Group para el distrito financiero de Singapur. Foto: Carlo Ratti Associati.
Un rascacielos de 280 metros de alto con parques verticales incorporados, el diseño de Carlo Ratti Associati y Bjarke Ingels Group para el distrito financiero de Singapur. Foto: Carlo Ratti Associati.

En 2030, habrá 5000 millones de personas viviendo en megalópolis, lo que implica un gigantesco desafío para los encargados de diseñar las ciudades del futuro. El equipo multidisciplinario conducido por el arquitecto italiano Carlo Ratti, integrado por diseñadores, ingenieros, físicos, biólogos, planificadores y científicos, considera que el mayor reto está en la búsqueda de un vínculo armónico entre el espacio urbano y la naturaleza.

Esta inquietud está muy presente entre los habitantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Según un estudio de la Defensoría del Pueblo porteña, el 49,3 % de los consultados se muestran "poco o nada satisfechos" con la cantidad de espacios verdes en su barrio.

La sensación de los vecinos responde a los hechos: en las 15 comunas de la ciudad hay actualmente 1826 hectáreas verdes, lo que arroja un promedio de 5,9 m2 verdes por habitante, lejos del mínimo de 10 m2 por persona recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Para este problema, común a los citadinos del mundo, Ratti y su equipo ofrecen alternativas que ya han implementado a lo largo del mundo, como el "rascacielos verde" de la 88 Market Street en Singapur, el pabellón Hortus en el parque agroalimentario FICO World Eataly en Bolonia (Italia) y el complejo educativo The Greene School en West Palm Beach (Florida, EE. UU.).

Carlo Ratti reconoce como una de sus fuentes de inspiración el concepto de "biofilia", es decir, el amor innato del hombre por la naturaleza, idea que retoma del biólogo estadounidense Edward Osborne Wilson.

Carlo Ratti en Buenos Aires. Foto: Fernando Calzada.
Carlo Ratti en Buenos Aires. Foto: Fernando Calzada.

"Si queremos evitar el colapso, debemos encarar soluciones innovadoras y originales", señala el director del Senseable City Lab del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Él prefiere este concepto, el de senseable city, al más utilizado de smart city, ya que, según argumenta, el segundo alude meramente al ámbito tecnológico, y no toma en cuenta "la capacidad de sentir" las ciudades por parte de sus habitantes.

"Los elementos clave de la arquitectura no cambiarán, pero sí cambiará cómo vivimos en la ciudad", sostiene este experto, quien se define como un defensor del verde en los entornos urbanos.

En septiembre del año pasado, en el marco de la feria EDIT de Toronto que coincidió los festejos por los 150 años de la independencia de Canadá, el estudio conducido por Ratti presentó la muestra interactiva The Green and the Gray (El verde y el gris), un espacio de 2000 m2 en el que se pudo apreciar una amplia gama de opciones, desde los cultivos hidropónicos y los jardines verticales hasta los sistemas de iluminación fotosensibles.

En diálogo con DEF, Ratti abordó este tema y los muchos otros que desafían a quienes piensan el desarrollo urbano en la actualidad:

-¿Cuáles son sus propuestas en lo que respecta a la relación del ciudadano urbano con la naturaleza?
-Yo soy un defensor del verde agrícola en las ciudades. Gracias a las nuevas tecnologías, podemos hacer que el campo regrese a la ciudad a través de los cultivos hidropónicos, las granjas verticales o los huertos urbanos.

-¿Cómo repercute este regreso de la naturaleza en la calidad de vida de los habitantes de las grandes ciudades?
-La ventaja no estaría dada tanto por la producción de la agricultura urbana, ya que sería imposible en una ciudad como Buenos Aires lograr abastecer a toda su población, lo que requeriría de mucho más espacio. Lo que me interesa es la impronta agrícola de la ciudad, que es mucho más grande que la impronta física. Un punto interesante es que la producción nos permite volver a conectarnos con la naturaleza. Hoy podemos verlo, por un lado, en el regreso de la naturaleza a la ciudad gracias a las nuevas tecnologías; y, por el otro, la mayor flexibilidad para trabajar donde queremos nos permitirá pasar más tiempo fuera de la ciudad.

Los súper árboles de Singapur, en el parque Gardens by the Bay. Hechos de concreto, miden entre 25 y 50 metros, albergan jardines verticales y están equipados con paneles solares. Foto: Archivo DEF.
Los súper árboles de Singapur, en el parque Gardens by the Bay. Hechos de concreto, miden entre 25 y 50 metros, albergan jardines verticales y están equipados con paneles solares. Foto: Archivo DEF.

-¿Y cómo impacta la cuestión del tránsito en las grandes ciudades? ¿Cómo puede influir la tecnología para lograr una mejor gestión?
-Yo creo que en el futuro tendremos una gestión más articulada del tránsito, con distintos tipos de vehículos, que incluirán las bicicletas o las bicicletas eléctricas que nos permiten transitar distancias más largas. Nosotros desarrollamos en Dinamarca un producto que se llama Copenhaguen Wheel [que transforma las bicicletas ordinarias en e-bikes]. Vamos a contar con lo que yo definiría como una gama más grande, un abanico de alternativas para la movilidad.

-¿En qué puede cambiar nuestra vida la información en tiempo real del transporte?
-En una época eran necesarias las grandes estaciones intermodales a las que uno llegaba en tren y combinaba con otro medio. Hoy, en cambio, podemos descender del Metrobus y sabemos en tiempo real que hay un Uber o tomamos una bicicleta para ir a otra parte. El mundo de la red nos permite "hacer intermodalidad" en todos lados y esto nos permitirá, el día de mañana, tener una variedad más grande de sistemas de transporte que estarán interactuando entre ellos.

-Cuando uno piensa en la tecnología, generalmente nos viene a la mente una imagen de individualismo. ¿Cómo se puede compatibilizar la tecnología con las relaciones interhumanas en las nuevas ciudades inteligentes?
-Yo diría que hoy existen muchas tecnologías que nos permiten compartir, por ejemplo, un departamento –como en el caso de Airbnb– o un viaje en automóvil –como ocurre con UberPool u otros servicios similares de carpooling–. De este modo, se utilizan mejor los recursos de la ciudad que en el siglo pasado eran usados individualmente y, de esa manera, eran desperdiciados. Así podríamos utilizar mejor estos recursos y crear dinámicas más sociales.

El diseño de Carlo Ratti y el grupo australiano Lendlease para renovar el sitio donde se realizó la Expo Mundial 2015, en Milán. Foto: Carlo Ratti Associati.
El diseño de Carlo Ratti y el grupo australiano Lendlease para renovar el sitio donde se realizó la Expo Mundial 2015, en Milán. Foto: Carlo Ratti Associati.

-Usted decía en una entrevista reciente: "La ciudad del futuro la proyectaremos juntos". ¿Qué rol tendrán los ciudadanos en las decisiones sobre los espacios urbanos?
-Hoy debemos dar participación a los ciudadanos, a diferencia de lo que ocurría en el siglo pasado, cuando los arquitectos creían tener la solución para todos los problemas urbanos. Fue el caso de Le Corbussier, quien presentó en los años 20 el Plan Voisin para París, en el que recomendó prácticamente reconstruir la ciudad sin preocuparse por discutir esto con los parisinos. Hoy los proyectistas tenemos un rol diverso: tenemos que hipotetizar distintas transformaciones en la ciudad y escenarios futuros, y luego involucrar a los ciudadanos en las decisiones. Es una manera distinta de pensar los proyectos urbanísticos, que implica proponer y no imponer soluciones.

-En Sudamérica existen problemas estructurales en las ciudades, como los grandes bolsones de pobreza y las villas miseria. ¿Qué soluciones puede aportar la planificación urbana?
-Yo pienso que el problema de las villas miseria es, primero, un problema social y, en segundo término, un problema urbanístico. Antes de resolver la cuestión urbanística, debemos atender el problema social. Las villas miseria afloran cuando una parte de la sociedad no se encuentra integrada, y se crea una especie de sociedad distinta. Lo vemos en Brasil, donde se hacen fuertes los "señores de la droga" y comienzan a controlar la comunidad. Así las favelas se convierten en ámbitos separados de las ciudades. Para evitar que surjan estos fenómenos, tenemos que conseguir que la integración social sea efectiva, y eso implica compartir las mismas reglas, entre ellas, las reglas para proyectar las ciudades. De la integración social deriva la integración arquitectónica.

De la integración social deriva la integración arquitectónica

-Un fenómeno que se observa en Sudamérica es la proliferación de barrios cerrados en las cercanías de grandes ciudades, que se aíslan del resto de la sociedad. ¿Qué impacto puede tener en la integración social de la que hablamos?
-Es peligroso porque, de un lado, tendríamos a los sectores más pobres segregados y, por el otro, a los ricos que también se aíslan. Tengamos en cuenta que las ciudades nacieron como puntos de integración, donde todas las clases sociales se encuentran en los espacios públicos. Si uno observa la diferencia entre San Pablo y Río de Janeiro, en Río la playa se ha convertido en un gran integrador de todas las clases sociales. Es importante no perder ese aspecto básico de la ciudad y mantener su vocación tendiente a lograr la integración social. El Estado puede hacer mucho para evitar que se creen estos enclaves aislados del resto de la ciudad. Un ejemplo que sucede en los EE. UU. es que por cada nuevo proyecto de desarrollo urbano, es necesario dedicar una parte a viviendas a precios subvencionados (affordable housing).

*La versión original de esta nota fue publicada en la Revista DEF N.° 119.