
El 22 de febrero de 1904 no fue un gesto simbólico más: fue el inicio de una política de Estado. Ese día, al izarse la bandera nacional en la isla Laurie, en las Orcadas del Sur, comenzó una historia única en la Antártida, hecho que es recordado cada año como el Día de la Antártida Argentina. La Ley de la Nación N.º 20827/74 –que instituyó esta celebración– establece también el izamiento de la bandera nacional en los edificios públicos y en los establecimientos educativos.
Durante cuatro décadas, Argentina fue el único ocupante permanente de esta región austral. Desde entonces, ciencia, cooperación internacional y compromiso ambiental se transformaron en los pilares de una presencia sostenida en uno de los escenarios más estratégicos y desafiantes del mundo.
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Lo que empezó como un observatorio meteorológico se convirtió en mucho más que una estación científica: fue la decisión de permanecer, de investigar, de colaborar y de proyectar futuro en el continente blanco. A 122 años de aquel hito, la continuidad argentina no es solo un dato histórico; es una afirmación de identidad, conocimiento y responsabilidad global.

De la explotación a la conservación: un cambio de paradigma
A fines del siglo XIX, la Antártida era un territorio casi inexplorado desde el punto de vista científico, pero intensamente explotado por cazadores de focas, lobos marinos y pingüinos, entre otros. La actividad, muchas veces mantenida en secreto para preservar monopolios comerciales, produjo un fuerte impacto ecológico y llevó a varias especies al borde de la extinción.
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Con el paso del tiempo, la mirada extractiva dio lugar a un enfoque científico y conservacionista.
Hoy, bajo el marco del Sistema del Tratado Antártico (instrumento legal vigente desde 1961) y el Protocolo de Madrid sobre Protección del Medio Ambiente (vigente desde 1998), la Antártida es reconocida como una reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia.
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Argentina, como miembro consultivo fundador, participa de modo activo en los foros internacionales que regulan la protección ambiental y la investigación en el continente.
Cooperación internacional: una tradición centenaria
La cooperación científica fue una constante en la historia antártica argentina, que comenzó cuando la expedición escocesa de William Bruce en 1902 ofreció al gobierno nacional el refugio construido en la isla Laurie –la histórica Casa Omond– junto con su instrumental científico. Esta donación sentó las bases del actual Observatorio Meteorológico Argentino en Orcadas, que funciona de manera ininterrumpida desde 1904 y es uno de los más antiguos del mundo en actividad continua.
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Un año después, el rescate por parte de la corbeta ARA Uruguay del buque que trasladaba a la expedición sueca liderada por el Dr. Otto Nordenskjöld, en la que participó el alférez José María Sobral, inauguró otro aspecto de la colaboración internacional: la solidaridad.
Ese operativo no solo salvó vidas, sino que dio inicio a una tradición que continúa vigente, como lo demuestran el auxilio al buque alemán Magdalena Oldendorff por parte del rompehielos Almirante Irízar en 2002 o el rescate de tres miembros de una patrulla chilena caídos en una grieta por el equipo argentino liderado por el coronel Víctor Figueroa en 2005, por mencionar solo un par de ejemplos.
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La base Orcadas: un faro científico permanente
La actual base Orcadas alberga la Casa Omond (1903) y la Casa Moneta (1905), hoy museo histórico. Ambas edificaciones, junto al cementerio cercano, fueron declaradas Sitio y Monumento Histórico (SMH N.º 42) del Tratado Antártico.
Entre otras curiosidades, en 1927 se instaló allí la primera estación radiotelegráfica antártica y en 1946 se celebró la primera misa católica en el continente.
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Hoy, científicos del Instituto Antártico Argentino desarrollan investigaciones en meteorología, glaciología, geología, geofísica, magnetismo, ciencias atmosféricas y biología. El Laboratorio Antártico Multidisciplinario permite monitorear variables clave del cambio climático global, como la evolución del hielo marino, la composición atmosférica y los procesos oceánicos.

122 años de historia, presencia y proyección futura en el fin del mundo
A lo largo de más de un siglo, Argentina consolidó una infraestructura científica de relevancia internacional.
En la actualidad, nuestro país cuenta con siete bases permanentes, que funcionan todo el año: Orcadas, Marambio, Carlini, Esperanza, Petrel, San Martín y Belgrano II; y seis temporarias, activas en campañas de verano: Almirante Brown, Matienzo, Primavera, Cámara, Melchior y Decepción, además de decenas de refugios de apoyo logístico distribuidos en la península antártica y áreas adyacentes. Estos establecimientos científicos, cuya misión es la investigación, se encuentran ubicados en el denominado Sector Antártico Argentino.
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Entre los hitos históricos que reafirman nuestra vocación austral, se destacan la conquista del Polo Sur en tres oportunidades –la primera por vía aérea y luego mediante las expediciones terrestres de los años 1965 y 2000, comandadas por el general Jorge E. Leal y el coronel Víctor Figueroa, respectivamente–, además del desarrollo de campañas oceanográficas con el rompehielos ARA Almirante Irízar y la participación en numerosos rescates y misiones de cooperación científica internacional.

Hoy, en un contexto global marcado por el cambio climático y la necesidad de comprender sus impactos, la Antártida ocupa un lugar central en la agenda científica mundial. La continuidad argentina durante 122 años ininterrumpidos no solo reafirma su compromiso histórico, sino que proyecta hacia el futuro una política de Estado basada en la investigación, la cooperación y la preservación ambiental.
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Celebrar estos 122 años es reconocer una historia de perseverancia en uno de los entornos más extremos del planeta, para construir soberanía y conocimiento compartido.
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