
La más simple definición de “colapso” aplicado a la sociedad, entiéndase en este caso al mundo entero, es el quiebre drástico y a largo plazo del gobierno, la economía y la cultura que impide satisfacer las necesidades básicas de la humanidad de manera global. Se da un proceso de transformación forzosa, que implica violencia, pérdida de complejidad social y caída o declive de sistemas complejos y de muy difícil recomposición. De volverse sistémico y global, ese colapso impulsa las desigualdades, el incremento de la violencia y la pérdida de la identidad cultural. A ello se suman, en forma determinante, las migraciones masivas y la crisis sanitaria y ambiental en términos aún no conocidos.
Los conflictos actuales que impactan en el orden global
Esta aseveración, no ausente en otros siglos de la historia por diferentes motivos, se vuelve real y posible en estos tiempos por la desmadrada situación de las guerras y de los conflictos en curso, pero también por una realidad coadyuvante que nos presenta la tecnología hoy: la interconectividad y la interdependencia económica del planeta. Un fenómeno que nunca se ha visto, donde todo ha cambiado a una velocidad geométrica, salvo el ser humano y sus líderes, que no han crecido en la medida de las expectativas que genera un futuro frágil e imprevisible. Tampoco, han dado muestras del más mínimo sentido común o de más serenidad y cuidado en la toma de decisiones, acorde a las increíbles consecuencias que podrían acarrear sus acciones.
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Y no son estos comentarios apocalípticos, sino las conclusiones de una combinación de factores que dan como resultado la posibilidad concreta de crisis no conocidas. Existe un explosivo cóctel que combina la tecnología, la economía global y las múltiples guerras que afectan al mundo –algunas no son acompañadas por la prensa ni son de conocimiento público, pero son igual de peligrosas y factibles de encender la chispa de la discordia general–. La sola enumeración de los conflictos y de las guerras, y su gravedad, da una idea global de a qué nos enfrentamos:
• La guerra de Ucrania que salió del primer plano, pero sigue su curso, caracterizada por marcadas contradicciones étnicas y lingüísticas, y con una crueldad que conoceremos seguramente con el paso del tiempo. Una invasión iniciada en febrero de 2022, cuyo resultado fue estimado como de breve solución. Sin embargo, ello no resultó: las hostilidades continúan hasta hoy y configuran un conflicto prolongado de desgaste con implicancias estratégicas que trascienden el escenario regional, lo que ha afectado seriamente la economía rusa y ha intensificado la presión internacional sobre Putin. En este marco, la persistente tensión entre Rusia y la OTAN, que se expresa indirectamente en este escenario, mantiene abierto un riesgo de escalada entre grandes potencias con consecuencias globales.
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• La guerra civil Siria, iniciada en la Primavera Árabe en 2011, tras las postales que tuvo la represión feroz del régimen de Assad, con intervención de intereses extranjeros, incluidas milicias extremistas, como ISIS y Al Nusra. En su evolución reciente, la caída del régimen en diciembre de 2024 reconfiguró el conflicto hacia una nueva etapa marcada por fragmentación interna, violencia residual y desafíos de reconstrucción institucional. Se estima que más de 500.000 personas han muerto y se cuentan en millones los desplazados y refugiados en la Región y en gran parte de Europa.
• La tensión permanente en el mar de China meridional que lleva décadas e involucra a China, Vietnam, Filipinas y Malasia; y que por las características de lo que está en disputa –recursos pesqueros y combustibles– afecta en forma permanente la seguridad regional y las rutas comerciales hacia otros lugares del mundo. Este foco, poco iluminado por la mirada occidental, podría escalar con consecuencias económicas muy graves a nivel global. A ello se suma la creciente tensión en el estrecho de Taiwán, donde la presión de China y la respuesta de Estados Unidos configuran uno de los escenarios de mayor riesgo potencial para una confrontación entre grandes potencias.
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• La crisis en Myanmar, tras el golpe militar de 2021, que ha derivado en un conflicto interno prolongado con múltiples actores armados, con un progresivo debilitamiento del Estado y una creciente fragmentación territorial, lo que ha generado una situación de inestabilidad persistente en el sudeste asiático, con impacto en la seguridad regional y en las dinámicas geopolíticas del Indo-Pacífico.

• Conflictos en el cuerno de África, una región caracterizada por siglos de marginación y explotación, con profundas tensiones étnicas, políticas y territoriales acumuladas históricamente, y un entramado de factores estructurales que complejizan su dinámica interna. El escenario ha recrudecido en los últimos años, con particular intensidad desde 2020, y se destaca el caso de Sudán como uno de los conflictos más críticos en la actualidad, que involucra a Etiopía, Sudán del Sur y Somalia, cuyas guerras internas han provocado una crisis sin precedentes que ha promovido una ola de refugiados hacia Europa.
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• El conflicto entre Israel y Palestina que se remonta al siglo XIX y cuya disputa gira alrededor de la identidad y de los derechos sobre un mismo territorio. Desde la creación del Estado de Israel, en 1948, toda la Región ha vivido en constante inestabilidad, y ningún intento de paz ha logrado resolver las raíces del conflicto. En el contexto actual, esta dinámica se ha intensificado a partir de los acontecimientos de octubre de 2023, ha ampliado su impacto regional y profundizado la participación indirecta de múltiples actores estatales y no estatales. Esta situación, que no encuentra respuestas e involucra a las principales potencias en un foco que afecta a todo Oriente Medio y su polarización, parece no tener fin ni encontrar un destino aceptable para ninguna de las partes.
• El caso de Irán, EE. UU. e Israel, que ha arrastrado a toda la Región en el aspecto militar y a las potencias en general en relación con su posicionamiento y sus posibles e inmediatas consecuencias, y que es paradigmático para el escenario geopolítico actual. Este conflicto impacta, en particular, en el comercio global y en la dependencia y el costo del petróleo y del gas natural. Hoy, la evolución del programa nuclear iraní y la dinámica de confrontación indirecta a través de actores aliados han incrementado el nivel de riesgo de una escalada regional, con efectos directos no solo en el plano militar, sino también en el desarrollo y en las inversiones extranjeras, así como en una inminente crisis humanitaria, incluyendo a los refugiados y los costos sociales que acarrea este fenómeno. Un final abierto que justamente no se define por la gigantesca diferencia económica y militar de una superpotencia contra un actor menor en cualquier comparación, sino por la complejidad y la brecha existente entre la percepción internacional, la presión económica y las realidades contrapuestas que se enfrentan. Un final abierto y con consecuencias muy relevantes, cualquiera sea el resultado.
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Cuáles son los futuros conflictos para prestar atención
Al inicio de estos comentarios, señalábamos que estamos asistiendo a una situación única, sin parangón. Pero, aunque a primera vista parece compleja y de difícil solución, no es muy diferente a otras crisis en la historia. Hasta podría decirse que hubo otras de mayor trascendencia en vidas perdidas y actores involucrados. Particularmente, considero este un nuevo e inquietante período, a los que seguramente se sumarán los próximos por venir, con características distintivas que incrementan por mil la peligrosidad a la que se expone la humanidad, entre varias contabilizo:
• La proliferación de actores con capacidad nuclear o capacidad cercana a obtenerla. Muchos de ellos son capaces de usar armas de destrucción masiva amparados en convicciones políticas y religiosas que no tienen reparos racionales, lo que puede desatar una contienda de destrucción absoluta y fuera de control. Ello implica no solo un aumento del arsenal en el mundo, sino una escalada en las condiciones de ciberseguridad y un peligroso debilitamiento del control armamentístico, en un contexto donde se observa además la modernización de los arsenales existentes y el desarrollo de capacidades nucleares tácticas y de uso limitado, lo que reduce los umbrales tradicionales de disuasión y aumenta el riesgo de empleo en escenarios regionales.
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• Las nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, que promueven una época de transformaciones radicales y que, por su bajo costo, permiten a actores menores e impensados desafiar a las grandes potencias como nunca antes. Vehículos de superficie no tripulados, drones, impresión 3D en el lugar de la acción, guerra electrónica y sistemas láser, entre muchos otros sistemas dan soluciones defensivas y de ataque que habilitan, con una mínima inversión, a dar batalla a grandes potencias con inversiones gigantescas. Todo esto en un entorno donde la creciente autonomía de los sistemas, la integración de la IA en la toma de decisiones y la posibilidad de operaciones distribuidas y coordinadas en tiempo real están modificando profundamente la naturaleza del combate y reduciendo los tiempos de respuesta estratégica.
• Guerra cibernética y ciberseguridad: infraestructuras críticas como redes, sistemas de retaguardia, de salud y transporte, siempre objetivos vulnerables, que se enfrentan a la dificultad de ser un espacio de desinformación y propaganda negativa instantánea que altera la realidad propia, de los aliados y de la siempre sensible opinión pública, cuya eventual interrupción puede generar efectos sistémicos inmediatos en sociedades altamente interdependientes.
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• Guerra híbrida: espacio que confunde lo convencional y no convencional, sin fronteras entre lo civil y lo militar, entre grupos estatales, paramilitares y terrorismo que generan un escenario de alta complejidad incrementado por la instantaneidad de la información y también por el engaño con la proliferación de tecnologías autónomas con posibilidades ciertas de quedar fuera de control, incluyendo la dimensión cognitiva del conflicto, donde la desinformación, la manipulación de percepciones y el uso de inteligencia artificial amplifican la inestabilidad y erosionan la confianza social.

• El factor económico, que es sin duda un actor vital e imprescindible a considerar en este mundo nuevo; nuevo en interconexión, en necesidad de energía y de materiales raros y específicos para industrias imprescindibles para el funcionamiento global y que muestran una realidad absoluta: no esperan. Su carencia puede detener sistemas en los que el mundo se apoya para poder funcionar; en un contexto donde la competencia por recursos estratégicos, la fragmentación de las cadenas de suministro y la creciente utilización de instrumentos económicos como herramientas de presión geopolítica están redefiniendo las relaciones de poder en el sistema internacional.
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Alguien dijo, inteligentemente: “Incierto es peor que malo”, partiendo de la idea de que lo malo por lo menos permite ordenar y prever cómo enfrentar determinada circunstancia. Alguien también dijo: “La primera víctima de la guerra es la verdad”, en este caso, viene de la palabra de Esquilo, dramaturgo de la antigua Grecia.
Todo es muy incierto, y la verdad está escondida entre los recovecos de la más incierta de las realidades. ¿Se puede estar peor? No desafiemos eso, porque siempre se puede estar peor.
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