
Termina octubre, mes en el que la OMS concientiza acerca del cáncer de mama, oportunidad para no olvidar los controles ginecológicos y mamarios –lo que excede el mes de octubre–, y una buena oportunidad para recomendar Prohibido pisar los girasoles (Mandrágora, 2026), de Mariana Cahn. Esta novela de no ficción retrata la inesperada experiencia de una mujer diagnosticada con cáncer de mama a los 35 años.
Con una escritura ágil, en 186 páginas, la narradora, protagonista y autora -aunque se permite licencias estéticas y literarias– comparte su historia: cómo la búsqueda de la maternidad la condujo al hallazgo de un diagnóstico inesperado. Sin intenciones de escribir un libro prescriptivo y alejada de la idea de que quienes padecen cáncer son luchadoras o guerreras, Mariana Cahn desnuda su vivencia y cómo, sí, su vida se transformó.
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Sin quedarse quieta, milita para que las mujeres sepan, conozcan, se cuiden, se controlen –“Si alguien lee la novela y después resuelve «no colgarse», con hacerse los controles anuales o decide que no hay nada más importante que una enfermedad detectada a tiempo, si todo eso queda, es un montón”–. Está convencida de que desde la literatura también puede aportar sobre otros temas. “Si generó una conciencia de la necesidad de los controles ginecológicos anuales, me doy por satisfecha”.
Esa misma franqueza es la que se lee en las páginas de Prohibido pisar los girasoles, donde sutilmente deja ver qué se siente al enfermar, pero también que una mujer con cáncer de mama es más que su diagnóstico. Son sus deseos, sus vínculos, sus sueños, el trabajo, el fanatismo por San Lorenzo, la incertidumbre, enfrentarse a un nuevo vocabulario, el médico, y pasar a ser una mujer pre y postdiagnóstico.
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La literatura la atraviesa, y desde ahí, también, abre la puerta a diferentes lecturas, las que la acompañaron en el proceso de su enfermedad –como Anne Boyer, Annie Ernaux–, y otras que cita al pasar y que deja como boyas para salir a su encuentro –como Mori Ponsowy, Camila Sosa Villada, Natalia Moret y Eugenia Almeida–. En eso también cumple un rol generoso.
—En el libro, la narradora dice que en algún momento iba a escribir sobre eso. ¿En qué momento sentiste que esa intuición se convertía en un proyecto concreto?
—Se convirtió en un proyecto concreto cuando volví a escribir. Yo hago taller de escritura y escribo desde muy chica. En el momento en el que estaba con el tratamiento no estaba haciendo ningún taller, y después del verano –que coincidió con el fin del tratamiento–, retomé un taller de escritura. Ahí empecé a darle forma a algunas ideas que ya venían en mi cabeza. No empecé a escribir pensando en que iba a terminar siendo un libro, simplemente empecé a escribir, y sí fue tomando forma de libro con el correr de los años. Una vez que ya tenía bastante escrito y que empezaba a tener forma, ahí pensé que podía ser un libro.
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—Prohibido pisar los girasoles se presenta como una novela de autoficción y no como una autobiografía ni una crónica de enfermedad. ¿Por qué optaste por este género?
—Me interesaba escribir una novela y no una crónica de la enfermedad o una autobiografía, porque a mí me interesa escribir narrativa. Es una búsqueda que tengo desde mucho antes de la enfermedad. Y me parecía que había algo de contar lo que me pasó, pero agregándole otros condimentos y otras cosas que en realidad no pasaron y que también me interesaba esto de que algunas cosas pasaron, otras no, y no importa qué es verdad y qué no. Importa qué cosas son funcionales y le sirven al texto. Me interesaba esa operación que permite la literatura.
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—Y en relación con esto, ¿qué te permitió la ficción –aunque la protagonista lleva tu nombre– que no te hubiera permitido un relato estrictamente autobiográfico?
—Bueno, la ficción me permitió un montón de cosas. Me permitió escribir más liviana [risas] en muchos aspectos. Las únicas personas que tienen el mismo nombre, somos yo —la protagonista, que se llama Mariana–, el médico y el perro. Todas las demás personas tienen otros nombres, y me parece que hay algo ahí, y hubo algo, que a mí a la hora de escribir, cuando decidí que los nombres los iba a cambiar –muy al principio del proceso de escritura–, que me permitió soltar la mano y decir: “bueno, yo estoy escribiendo y no importa nada más que escribir”. Yo creo que ni la gente que más me conoce sabe qué cosas efectivamente son 100% así y qué cosas, no. Cuando uno escribe una novela de autoficción, en realidad lo que busca es que lo que cuenta sea funcional al hecho literario. No importa si pasó exactamente así. De hecho, hubo algunas cosas que a mí me pasaron y que yo no las pude contar tal cual me pasaron, porque eran inverosímiles.
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—En diferentes libros que hablan de enfermedades –no solo de cáncer, como en este caso–, algunos autores mencionan la escritura como “sanadora”, ¿Estás de acuerdo?
—A mí no me gusta pensar la escritura como algo terapéutico. Para eso voy a terapia. Sí me parece que hay algo de transitar, a través del arte en general y en mi caso en particular, a través de la escritura y de la lectura. No sé si diría que sana, pero que sí me gusta pensar que para mí la literatura fue y es una especie de bastón que me ayuda a sostenerme y a caminar. Desde el primer momento leí muchas novelas que tenían que ver con la enfermedad. Me hacía bien tener siempre un libro en la mochila y ponerme a leer o ponerme a escribir algunas cosas sueltas.
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—El tono del libro es descontracturado, casi irónico. ¿Fue una búsqueda crítica contra la solemnidad médica y para dar cuenta tus sentimientos?
—Creo que hay algo que tiene que ver con cómo yo transito las cosas que me pasan, ¿no? El humor es algo que está incluso en las peores tragedias de la vida. Me resulta fundamental como modo de vivir. Soy una persona que uso la ironía, que soy ácida a la hora de hablar y me parece que no me salía escribir de otra manera. Pero ahora, escuchando la pregunta, hay algo, quizás, más del plano inconsciente, de una crítica a la solemnidad médica. Me pasaba, como persona que transitó la enfermedad, pero que también me pasaba y me pasa como persona que escribe, de advertir todo eso del mundo médico: muchas veces pareciera estar en otra sintonía en relación con lo que le pasa a la gente.
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—¿Qué devoluciones recibiste de lectoras que atravesaron un cáncer de mama, como vos?
—Es algo muy loco. Recibí muchas devoluciones de gente que conozco, pero también de muchas mujeres que no conozco y que me contactaron para decirme que se sentían identificadas. Como esta idea de que si sabemos que una de cada ocho mujeres que llegue a los ochenta años va a tener cáncer de mama alguna vez en su vida, ya tenemos una experiencia muy compartida. A mí me hizo muy bien en su momento tener a otras mujeres que me contaran las cosas que les pasaban. Algo de eso genera el libro en algunas personas. De alguna manera es como decir: “Ah, bueno, esto que te pasó a vos con el médico o esto que te pasó a vos con el diagnóstico, bueno, a mí me pasó algo parecido”. Que eso pueda pasar con mi libro es algo que me emociona y reconforta.
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—¿Qué esperás que quede después de leer Prohibido pisar los girasoles?
—Me pasó que varias médicas me contaron que estuvieron usando fragmentos del libro en etapas formativas en la facultad o con médicos que se están formando en estos temas. Me gustaría también que quede algo de esto: a veces acompañar a alguien en una enfermedad no implica siempre tener algo para decir. A veces acompañar también es decir: “Estoy acá para lo que necesites”, y nada más. A veces, ese falso optimismo no suma. También destacar la importancia de las amistades, de las redes familiares. Evitar lo que a veces se genera: una persona tiene un diagnóstico de cáncer y te miran como si estuvieses con una sentencia de muerte, poder entender que es algo que nos pasa a muchas mujeres. Y también entender que cuando una persona está atravesando una enfermedad, también otras cosas le van pasando en la vida. Nunca se atraviesa solo la enfermedad. Más allá de que se te detiene todo, mientras tanto, seguís teniendo un dolor de muelas o un problema de pareja. Tiene que ver con estar vivo, básicamente.
—El título nace de una imagen onírica de la protagonista de la novela, ¿cómo surgió?
—El título de la novela era “La guerra es otra cosa”; ese era el título que yo había elegido. Y la editora, Ana López, con quien hice un trabajo muy hermoso, me dijo que ese título no cerraba. En ese momento me puse mal porque para mí era el mejor título del mundo. Y ella me propuso “Prohibido pisar los girasoles”, que tiene que ver con un momento de la novela en la cual hay un sueño y una de las cosas que pasan es que la mesa se convierte en un campo de girasoles y que la protagonista intenta no pisar. Con esa imagen, más allá de que es imposible –porque es imposible pisar un girasol, por el tamaño y todo–, hubo gente que me decía “los girasoles siempre miran hacia el lado de la luz, hacia el lado del sol”. Ahora siento que es el mejor título que podía tener la novela. Eso también es lindo, cómo se va armando de sentido a medida que el libro se despega de quien lo escribió.
[Fotos; gentileza prensa Mandrágora/ Futura]
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