La decoración de la fiesta de cumpleaños de Matías fueron fotos de Maradona, Riquelme, el Dibu Martínez y Boca Juniors. Y un mural enorme con un Messi a tamaño natural, de brazos cruzados, vestido con el uniforme del Inter Miami, junto a un escudo igualmente enorme del equipo. En lugar de cantar Happy Birthday, Matías pidió que le cantaran La cuarta estrella —él canta la cuarta estresha— y Pa’ la selección. A los gritos, canta: “Soy argentino, me sobran los huevos”. Pero Matías no es argentino. Matías es de Miami. Su mamá es colombiana y yo, su papá, soy peruano. Tiene una hermana, hija mía, mitad venezolana y mitad peruana. Matías es, pues, un producto de la inmigración, esa enorme capa itinerante de la pirámide social del mundo.
Terminado el Mundial de Qatar, Messi anunció que dejaría el PSG y que su próximo destino sería Miami. La espera fue breve: el 21 de julio de 2023 ya estaba vestido de corto para enfrentar al Cruz Azul en su primer partido, por la Leagues Cup—hasta entonces, un campeonato inexistente en el radar de los futboleros—.
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La suya era una aventura indescifrable: llegaba a una liga menor, con poca audiencia, y a un equipo de una ciudad que, aunque está compuesta por una enorme masa latinoamericana, ya había visto fracasar un primer intento de llevar el fútbol al sur de la Florida: el Miami Fusion, bajo la derecha mágica del Pibe Valderrama. Además, mientras Messi preparaba su aventura miamense, el Inter Miami, que había empezado a jugar en 2020, en plena pandemia, llevaba una existencia más bien discreta dentro de la liga. Más allá de eso, eran muy pocos los habitantes de Miami que seguían al equipo.
Yo era uno de esos pocos y mínimos seguidores. Lo seguí desde el día uno y me compré el buzo del Inter cuando la ciudad todavía no era una marea color rosa.
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Ser inmigrante me ha hecho entender que hay dos lazos imposibles de romper entre una persona y su ciudad o su país de origen. Uno es la comida; el otro, su equipo de fútbol. Y ser inmigrante también me ha enseñado que Miami es una ciudad de paso: la gente llega, vive unos años, se va y cierra el capítulo de Miami porque no hay mayores lazos de identidad cultural que la aten a ella. Por eso, para mí, el fútbol era indispensable en una ciudad como esta. El peruano aliancista que emigró hace veinte años sigue siendo aliancista sin importar el lugar del mundo en el que se encuentre. Lo mismo ocurre con el argentino de Boca o River y con el colombiano del Nacional o el Junior. El fútbol es parte del ADN del ser humano.
Antes de la llegada de Messi a Miami, Matías era un niño que jugaba con carritos —a los que les decía cacás— y con superhéroes de Marvel. Poco a poco, mientras la ciudad se vestía cada vez más de rosa —un martes de noviembre de 2025 conté, entre el Doral y Coral Gables, a 37 personas vistiendo la camiseta del Inter Miami—, Matías empezó a dejar de lado los cacás y los superhéroes para pedir pelotas de fútbol y uniformes del Inter; después, de la selección argentina; más tarde, del Barcelona, hasta desencadenar una avalancha de uniformes de cuantos equipos fuera posible.
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Y esto no empezó a suceder solo con Matías. Cada vez que íbamos —y vamos— a una reunión con niños amigos del colegio, el escenario era más o menos el mismo: camisetas rosas y padres en las esquinas comentando que sus hijos eran hinchas a muerte de Messi y del Inter Miami.
Los dueños del Inter Miami siempre dijeron que una de las metas del proyecto era darle a Miami un club con el que la ciudad y su comunidad pudieran identificarse. La llegada de Messi cambió mucho la MLS: los estadios se repletaron, la liga atrajo espectadores de todo el mundo y hay cifras de sobra que respaldan el fenómeno. Uno de los libros más interesantes al respecto es The Messi Effect, de Paul Tenorio, que da cuenta, con lujo de detalles, de esa transformación.
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Trabajo con modelos estadísticos y proyecciones desde hace más de veinte años y, si hay algo que tengo muy claro, es que las estadísticas no cuentan toda la historia. Más allá de los datos duros y las gráficas de barras, hay algo intangible que no se puede medir. El lado humano.
Durante las vacaciones de Matías viajamos a Londres e hicimos el tour de Stamford Bridge, el estadio del Chelsea. Cuando el muchacho que nos guiaba preguntó, uno por uno, cuál era nuestro equipo, Matías dijo:
—Miami. El Inter de Miami.
Y apuntó con los dos dedos al cielo y se persignó, como cuando Leo mete gol.
Al regresar a clases, los padres tuvimos que asistir a la primera reunión para conocer a la profesora. Ese día, los niños les habían dejado una carta a sus papás en la que agradecían algo que hubiéramos hecho por ellos. Matías agradeció que lo hubiéramos llevado a ver a Messi y al Inter. En el salón de al lado, el primo de Matías tenía que escribir en su carta una palabra que lo identificara y puso: “Messi”.
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Cuando Argentina perdió ante España la final del Mundial de 2026, Matías lloró porque nunca más vería a Messi campeonar un Mundial. Otros padres de amigos de Matías me comentaron que con sus hijos había ocurrido lo mismo. Semanas más tarde, Messi anunció su retiro de la selección argentina y seguramente nos quedan ocasiones contadas para verlo en una cancha. Lo más probable es que, cuando anuncie su retiro del Inter Miami, las métricas sufran un revés enorme y los números se normalicen o vuelvan a parecerse a los de antes. Porque, si bien a la MLS han llegado De Paul, Griezmann, Casemiro o Lewandowski, ninguno tiene la espalda suficiente para sostener una entrada promedio de 150 dólares y, aun así, llenar un estadio. Con los años, quizá Messi termine siendo visto como un factor disruptivo de las estadísticas.
En la fiesta de Matías, sin embargo, la data importaba poco.
Luego de “La cuarta estrella”, “Pa’ la selección” y el Happy Birthday, el animador de la fiesta le entregó a Matías un trofeo y él, antes de alzarlo, señaló con los dedos al cielo y se persignó.
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La fiesta continuó dentro de esa nueva normalidad de Miami: un desfile de camisetas rosas y de Argentina, y niños corriendo detrás de una pelota.
Si Messi nunca hubiera llegado a Estados Unidos, ¿Matías sería seguidor de los Miami Heat, de los Marlins o de los Dolphins? No lo sé. Es contrafáctico. Matías tiene todos los uniformes del Inter Miami, gorritas, un osito de peluche al que llama Mini Inter y muñequitos de colección de Leo y el Pistolero Suárez. Sabe que el Peluca Falcón juega atrás y no le gusta cómo tapa el arquero. Escucha conmigo en YouTube Qué pasa Inter Miami, el programa que conducen Alejandro Figueredo, Eduardo Biscayart —el legendario Don Bisca— y Juan Ballesteros. Incluso tuvo la suerte de visitar las instalaciones del NU Stadium antes de su inauguración y tomarse una foto en el vestuario, sentado en la silla que ocuparía Messi.
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Algún día Messi dejará de ocupar esa silla. Las entradas probablemente bajarán de precio, desaparecerán algunos sold outs y las gráficas dejarán de mostrar números extraordinarios. Messi habrá hecho hinchas del Inter Miami a muchos niños, como otras generaciones se hicieron hinchas de Alianza por César Cueto, de Boca por Maradona o Riquelme, o de River por Passarella o Francescoli.
Hasta 2023, Matías, como tantísimos otros de sus contemporáneos miamenses, no tenía un equipo que sintiera suyo. De su ciudad. De su comunidad. Que lo representara. Ahora sí. Y tienen su estadio y el fútbol de los domingos. Y más adelante, cuando Leo se retiro por completo, Matías, sin duda, seguirá siendo hincha del Inter Miami.
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