
La literatura de la escritora argentina Ariana Harwicz desembarca en Irán. Su novela más reciente, Perder el juicio (2024), acaba de ser traducida al persa y editada en el país de Medio Oriente, marcando un hito cultural. En un contexto editorial sumamente controlado como el de Teherán, la prosa visceral, erótica y violenta de la autora nacida en Buenos Aires se abre camino esquivando los filtros morales y los puentes lingüísticos habituales.
El puente entre la campiña francesa —donde Harwicz reside desde 2007— y la capital iraní fue tendido por el traductor Miaad Banki. Doctor en Literatura Inglesa y conferencista universitario, Banki se consolidó en los últimos años como el gran importador de las voces más disruptivas de la vanguardia latinoamericana contemporánea, traduciendo también a autoras de la talla de Brenda Navarro y Fernanda Trías.
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Llevar la “hemorragia verbal” característica de Harwicz al persa supuso un desafío titánico que excedió lo puramente idiomático. Banki, quien ha teorizado activamente en revistas internacionales como Latin American Literature Today sobre los peligros de la “doble higienización”, llevó adelante una traducción directa desde el español. El académico sostiene que cuando la literatura periférica o marginal utiliza el inglés como idioma puente para llegar a terceras lenguas, la crudeza y la violencia estética original se lavan y domestican.

Al traducir Perder el juicio cara a cara con el texto en español, el traductor logró mantener intacta lo que define como la “sintaxis de la ansiedad” de Harwicz. La edición, que cuenta con el arte de tapa e ilustraciones del artista Mahdi Danaa, se realizó bajo estrictos estándares éticos, en constante diálogo con la escritora y su agencia. Perder el juicio narra la vertiginosa historia de una madre desesperada que, en el marco de un conflicto de custodia feroz y asimétrico, decide quemar la casa de su exmarido y secuestrar a sus propios hijos. La elección de esta trama para el público iraní no es casual.
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La propia Harwicz se pronunció con profunda emoción a través de sus redes y en entrevistas internacionales, dedicando especialmente este lanzamiento “a las mujeres que resisten dentro de Irán” y a las refugiadas e históricas exiliadas en Francia. La autora trazó un paralelismo entre la furia de su protagonista y las décadas de lucha que las mujeres iraníes sostienen en primera persona por derechos civiles fundamentales, entre ellos, la patria potestad y la custodia legal de sus hijos. “No hay nada más feminista que la lucha iraní en este momento”, dijo en una reciente intervención televisiva en el programa La Clave.

Este hito internacional la encuentra en un momento de altísima exposición. Apenas unos días antes de este anuncio, la autora denunció haber sido “desprogramada” del festival literario CulturAlh en Granada, España, luego de que la organización cediera ante las presiones de la Red Universitaria por Palestina. Por negarse a participar de un “boicot cultural” contra Israel en defensa del pueblo palestino y por cuestionar la idea de que se trata de un genocidio, es que se desató la tormenta.
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El veto a su presencia, que ella tildó abiertamente como un acto de antisemitismo bajo la excusa de la seguridad, generó un cimbronazo diplomático por parte de la Embajada Argentina y fracturó al ámbito intelectual: mientras un grupo de autores avaló su exclusión, figuras globales de la talla de John Banville cancelaron su participación en solidaridad, sumado a un manifiesto de más de 350 firmas en defensa de la disidencia.

Días más tarde apareció otro comunicado, en sentido contrario, firmado por 500 personas, entre ellas los argentinos Lucrecia Martel, Camila Sosa Villada, Verónica Gago y Julián López; el español Paul B. Preciado, la mexicana Cristina Rivera Garza, la uruguaya Fernanda Trías, la ecuatoriana Mónica Ojeda, la española Marta Sanz y la chilena Nona Fernández. Allí dicen que “las personas judías no constituyen un bloque político homogéneo y no responsabilizamos colectivamente a ninguna de ellas por las acciones del Estado de Israel. Criticar el sionismo no equivale a atacar a las personas judías ni a todas las israelíes”. Y que “organizar un boicot pacífico no es censurar”.
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Un libro que es como una arritmia
En marzo de este año, la escritora y el traductor mantuvieron uin interesante diálogo para la revista Full Stop. En ese intercambio, Miaad Banki analizó la estructura de Perder el juicio y la definió como una “arritmia cardíaca” donde “la sintaxis funciona como la escena del crimen”, preguntándole a la autora si la narración convencional ya no es suficiente para reflejar la psique contemporánea. Ante esto, Ariana Harwicz fue contundente sobre su búsqueda estética: “Siempre necesito un lenguaje que se adapte a las necesidades psíquicas de los personajes. Son personajes en fuga, en conflicto con la ley, con los mandatos, con las normas establecidas. Para eso, necesito una lengua que esté a la altura de esos pensamientos: pensamientos no convencionales, no domesticados. Una lengua en estado de subversión. El lenguaje debe seguir el ritmo del peligro”.
Al profundizar sobre el impacto que esta historia de desborde filial puede tener en el complejo contexto de Oriente Medio, el traductor indagó sobre el mensaje que la obra lleva a un territorio donde las ciudadanas sufren la vulneración sistemática de sus derechos civiles. Ariana Harwicz recogió el guante y trazó un puente político y afectivo directo con las lectoras de Teherán: “Una de las formas más crueles de tortura hacia las mujeres es quitarles a sus hijos. Sabemos esto: todas las teocracias, dictaduras y totalitarismos lo hacen. Esto es lo que ha pasado en Irán. Me conmueve profundamente que una mujer iraní pueda sentirse reflejada en la desesperación, los aullidos y la locura de Lisa. Entiendo la situación en Irán: cómo matan a las mujeres mientras aún están vivas, psicológica y emocionalmente. Mi corazón está con ellas, y mi literatura también”.
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