
José Castillo Ríos sobrevive sin jubilación en Santiago de Cuba con ventas callejeras, encargos ocasionales y la ayuda de vecinos y familiares. A los 68 años, la falta de comida ya repercute en sus fuerzas y reduce sus posibilidades de continuar trabajando para obtener dinero. Sin ingresos fijos, su rutina consiste en salir cada día a buscar alguna alternativa que le permita comprar alimentos o resolver una necesidad inmediata.
CubaNet informó que, el día de la entrevista, José no tenía nada para comer en su vivienda de Veguita de Galo. De acuerdo con el medio, no se trató de una situación aislada, sino de una realidad que se repite con frecuencia: hay jornadas en las que logra hacer una sola comida y otras en las que no consigue alimento alguno. En ese escenario, su salud ha comenzado a deteriorarse por el hambre, la pérdida de peso y el desgaste físico.
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Para un adulto mayor que no recibe pensión ni cuenta con una entrada económica estable, la supervivencia de José depende de trabajos informales y de la ayuda de personas cercanas. El encarecimiento de los productos básicos, la escasez y sus problemas de salud reducen aún más sus opciones para cubrir necesidades elementales, desde alimentarse hasta cocinar o mantener una higiene mínima.
“Hay veces que he tenido que recurrir a la mata de guayaba para poder sostenerme”, contó José Castillo Ríos a CubaNet. Frente a su casa tiene un árbol cuyas frutas se convierten en su única alternativa cuando no dispone de otro alimento. Según relató, seis o siete guayabas pueden ser todo lo que consume a lo largo de un día.
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Los períodos sin ingerir alimentos le provocan mareos, debilidad en las piernas y frecuentes bajadas de azúcar. Aunque intenta mantenerse activo, reconoce que el hambre afecta su cuerpo y vuelve más difícil recorrer las calles o realizar tareas para otras personas. “Jamás pensé que mi vejez iba a ser así, tan dura”, afirmó.
La comida disponible suele ser pan o espaguetis sin acompañamiento

José vive en una vivienda pequeña que pertenece a su hermana, en la comunidad santiaguera de Veguita de Galo. En esa casa no solo faltan alimentos, sino también recursos básicos para prepararlos. Cuando consigue algo para cocinar, debe utilizar leña porque no puede costear un saco de carbón.
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En los días en que logra reunir algún alimento, puede comer un paquete de espaguetis dividido entre el almuerzo y la cena. La preparación suele llevar apenas colorante y, si consigue algo más, un poco de ajo. No tiene proteínas y casi nunca cuenta con aceite para acompañar la pasta.
Su desayuno depende del pan de la cuota, que recibe alrededor de dos veces por semana. La leche, los huevos y la carne son productos que, según explicó, hace mucho tiempo dejaron de formar parte de su alimentación cotidiana. La dificultad no se limita a la falta de comida, sino a la imposibilidad de completar una dieta mínima.
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El café, uno de sus gustos, también se transformó en un gasto difícil de afrontar. Cuando dispone de dinero, José paga entre 30 y 40 pesos por una taza preparada por vendedores privados. Si no puede hacerlo, depende de que su hermana, que vive cerca, tenga la posibilidad de ayudarlo.
José no habla de comidas abundantes ni de recuperar una vida cómoda. Su deseo es poder comer un plato de congrí con picadillo, una combinación que considera casi imposible por el costo de los ingredientes. Una libra de arroz ronda los 350 pesos, la de frijoles alcanza 400 y la de picadillo cuesta cerca de 600.
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La suma de esos productos asciende a 1,350 pesos cubanos, equivalentes a USD 1,88 al tipo de cambio informal de 720 pesos por dólar citado en el informe. Para José, esa cifra supera ampliamente el dinero que puede reunir con una venta ocasional, un encargo o la asistencia que recibe de su entorno.
La búsqueda diaria de dinero se vuelve más difícil por el deterioro físico
Pese a su estado, José continúa saliendo a la calle todos los días. Vende pizzas elaboradas por una vecina, hace mandados y busca cualquier ocupación que pueda dejarle algunos pesos. El problema es que lo que obtiene alcanza apenas para resolver una necesidad inmediata y no le garantiza comida para el día siguiente.
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La falta de alimentos perjudica su capacidad para seguir trabajando. Aun así, dejar de hacerlo significaría perder la única posibilidad que tiene de conseguir dinero, por mínima que sea. Su situación se convirtió en un círculo: necesita alimentarse para tener fuerzas, pero debe conservar fuerzas para salir a buscar alimentos.
Hasta hace unos tres años, José trabajó como ayudante de un colchonero. Ese oficio le dio durante un tiempo una fuente de ingresos que le permitía sostenerse. Con el agravamiento de la crisis, esa alternativa desapareció y su situación económica se volvió cada vez más precaria.
Según explicó, nunca trabajó para el Estado por sus convicciones políticas y, por ese motivo, no recibe jubilación. También aseguró que jamás pidió ayuda a las autoridades cubanas. José es opositor al régimen comunista y militó en la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), la organización disidente fundada en 2011 en Santiago de Cuba.
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En la actualidad, sus preocupaciones se concentran en conseguir comida, encontrar alguna tarea ocasional y reunir dinero para comprar lo indispensable. “Al final uno no sabe para dónde va a coger ni qué va a hacer”, comentó a la publicación.
Un jabón compite con la posibilidad de comer
La precariedad que enfrenta José también alcanza su higiene personal. Comprar un jabón supone renunciar a adquirir comida, porque el precio de ese producto compite con el de otros artículos básicos. La falta de dinero lo obliga a elegir entre resolver una necesidad u otra, sin posibilidad de cubrir ambas.

“Si compro jabón no como”, confesó Castillo Ríos ante el diario. Explicó que una unidad puede costar hasta 400 pesos, un monto similar al de una libra de arroz o un paquete de espaguetis. Mientras no puede comprarlo, se restriega con un trapo y agua para tratar de quitarse la suciedad del cuerpo.
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Cuando no encuentra trabajo ni logra reunir dinero, pide ayuda a familiares, vecinos y personas desconocidas. A veces solicita apenas un poco de azúcar para soportar el hambre. José sostiene que ha visto a otros adultos mayores atravesar condiciones parecidas, en las que las pequeñas ayudas económicas ya no alcanzan para comprar productos esenciales.
“Hay personas mayores que se están muriendo de hambre”, afirmó. A su juicio, los aportes de 10 o 20 pesos dejaron de ser útiles porque el aumento de los precios volvió insuficiente cualquier ayuda de ese tamaño.
La esperanza de José se limita a llegar al día siguiente
Las noches sin comida forman parte de la vida de José. Algunas veces se acuesta con hambre y espera que llegue la mañana para volver a salir, caminar y buscar alguna forma de resolver el día. La incertidumbre sobre qué comerá o de dónde obtendrá dinero está presente de manera constante.
A pesar de la pérdida de peso, los mareos y la debilidad que describe, intenta no detenerse. Sabe que su salud se deteriora, pero también que permanecer en casa sin trabajar lo dejaría sin ninguna posibilidad de obtener alimentos. Cada jornada representa una nueva búsqueda de ayuda, ventas o encargos.
“Yo le agradezco a Dios cada vez que amanece y veo que estoy vivo”, dijo. Su aspiración no es recuperar una vida de abundancia, sino que las personas mayores puedan vivir con un mínimo de dignidad y no tengan que escoger entre comer, cocinar o asearse.
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