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Perón, López Rega y el ascenso de Aníbal Gordon: adelanto exclusivo de Marcelo Larraquy

Basado en entrevistas y documentos inéditos, el nuevo libro del periodista reconstruye el camino de un delincuente común hacia el corazón de la violencia política y el terrorismo de Estado en la Argentina de los años setenta

Retrato en blanco y negro de hombre calvo con barba y bigote. A su derecha, libro negro con texto naranja y blanco "Gordon, el Aniquilador" y autor Marcelo Larraquy
Marcelo Larraquy reconstruye en Gordon. El aniquilador el ascenso de Aníbal Gordon desde el delito común hasta el terrorismo de Estado en la Argentina de los años 70.
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Aníbal Gordon empezó como delincuente común y terminó al mando de un campo de concentración en pleno barrio porteño de Floresta. Entre esos dos extremos, hay una historia de terror que Marcelo Larraquy reconstruye en Gordon. El aniquilador, la continuación de su saga sobre uno de los operadores más siniestros del terrorismo de Estado en la Argentina de los años 70.

Editada por Editorial Planeta y basada en entrevistas y documentos inéditos, la novela sigue a Gordon a través de la Triple A, la depuración interna del peronismo y las fauces de la dictadura militar. El libro sale el primer día de agosto. Infobae publica a continuación un adelanto exclusivo.

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La Nochebuena del pueblo

Perón enciende un cigarrillo, estira el cuello al cielo nocturno. Sus ojos no alcanzan a ver la estrella colocada en la punta del árbol de Navidad más alto del mundo que su ministro ha levantado en la Plaza de la República. Es 24 de diciembre de 1973, su primera Nochebuena en Buenos Aires tras diecisiete años de destierro. Más tarde se oficiará la Misa del Gallo.

Una mujer con los ojos húmedos toma su mano sarmentosa. Lo mira, sonríe suave; denota ternura. Es Isabel. Está a su lado desde la época en que él duerme en la pieza de un hotel de playa en el mar Caribe, cuando es un general despojado de honores que vive al día y arrastra acusaciones por comportamientos morales degradantes, ladrón, corruptor de menores; un jarrón chino estropeado que no encuentra país que lo asile. Isabel lo abriga. Ha sido su secretaria, también su novia y esposa, ahora es su vicepresidente.

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Un paso detrás, un hombre calvo de semblante vivaz recibe la ligera llovizna con gracia divina. También sonríe. Es José López Rega. Ha sido su mayordomo en la residencia de Madrid. Cada mañana, durante años, coloca sobre su escritorio un vaso de jugo de naranjas exprimidas con sus manos; controla su dieta, su agenda, los llamados telefónicos. Ha sido su secretario, ahora es su ministro. En la plaza, la multitud entona animada las coplas de una zamba que se apaga. El presentador del festival anuncia por el micrófono la presencia del presidente de los argentinos, teniente general Juan Domingo Perón. Su mujer le aprieta la mano, un haz de luz los destaca en la penumbra. Los guardaespaldas y policías que los rodean se apartan, la televisión proyecta la imagen del matrimonio a todos los hogares del país, también al resto del mundo, por conexión satelital.

Portada de libro con título "Gordon el Aniquilador" en naranja y blanco, perforaciones. Autor Marcelo Larraquy. Logo Planeta. Hombre de espaldas, maniatado, en silla
El libro de Marcelo Larraquy, editado por Editorial Planeta, se basa en entrevistas y documentos inéditos sobre Aníbal Gordon, la Triple A y la dictadura militar.

Perón esconde el cigarrillo y saluda con timidez, miles de manos lo aplauden. Isabel se hace a un costado, lo deja en el centro de la escena, solo, iluminado, y las voces se unen en un canto que renueva su corazón ya cansado, evoca aquellos tiempos, aquel pasado.

Yo te daré, te daré patria hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con P: ¡Perón!

Una señal de sosiego se desprende de su rostro. López Rega intenta cubrirlo con el paraguas. Perón se aleja, prefiere la intemperie, el abrazo imaginario con sus descamisados. Da una última pitada, tira el cigarrillo y lo apaga con la suela. Levanta los brazos a la multitud. La aclamación lo estremece, le tiemblan las manos. La comunión inmutable, el magnetismo intacto. El líder ha regresado. Hay optimismo en el futuro nacional. El país pletórico de riquezas inexploradas se abre a la inversión y al desarrollo, los industriales confían. Es el tiempo de la reconstrucción y las realizaciones, que ya están a la vista. Porque se han entregado ciento cincuenta mil viviendas populares en solo seis meses de gobierno. Ya se mueven las primeras escaleras mecánicas fabricadas con materiales íntegramente argentinos, y el país, a la vanguardia científica, prepara el primer implante de un corazón artificial completo, a la vez que proyecta una obra magnánima para honrar a sus próceres en el altar de la patria, enumera el presentador, y detrás suyo, una pantalla gigante presenta las imágenes de las obras, del progreso, del espíritu solidario del gobierno que se cristaliza cuando el dinero del pueblo vuelve al pueblo, se cristaliza en los rostros felices de más de setenta y cinco mil jóvenes que dan vida al programa de turismo que les permitió conocer cada rincón de la Argentina. El dinero vuelve al pueblo con la entrega de alimentos en barrios humildes, Santa Rita, 9 de Julio, Curuchet, vuelve con las pensiones recibidas con alborozo en hogares de ancianos, con artículos cedidos a establecimientos hospitalarios y la distribución de las ciento veinte mil unidades de pan dulce, generosamente elaboradas por internos de la cárcel de Caseros, que también se entregan aquí, ahora, en el Obelisco, en esta Navidad del pueblo junto al general Perón y su señora esposa, doña

María Estela Martínez de Perón, cierra con brío el presentador, con su voz tapada por los aplausos.

Las aclamaciones no permiten percibir un estruendo lejano que suena desde el norte de la ciudad. Apenas dos guardaespaldas que protegen al Presidente se miran intrigados, como si hubieran percibido en el murmullo que el instrumentista de la orquesta se ha ido de tono o identificaran un ruido anómalo en el fondo del mar, y quisieran conocer su origen. Uno de ellos toma el walkie-talkie y pregunta. Todavía no obtiene respuesta, todavía no sabe que una bomba acaba de estallar.

Uno de los nuestros

Es Navidad. Gordon, un hombre alto, robusto, que apenas ha pasado los cuarenta, aunque aparenta más, camina solo por una calle de la capital. Visitará a un amigo. Desde hace más de diez años está casado con una mujer de cuerpo menudo; tienen dos hijos, de trece y once. De no estar prófugo, celebraría las fiestas con ellos bajo la sombra fresca de la higuera del patio, con el panetone y el ananá fizz, en la casa de estilo colonial de las Lomas de San Isidro, sobre la calle empedrada, en el centro histórico, cerca del río. O estaría con las sillas en la vereda, como siempre se lo ha visto: un padre de familia dedicado, amable, que estaciona cada día su camioneta a la vuelta de la manzana. Gordon compra chatarra, la transforma en barras y perfiles de aluminio; luego los vende. Es una persona de trabajo y sacrificio, y buen vecino. Aunque a estas alturas ya se han espantado con la primera noticia de sus robos, revólver en mano. Saben que ha estado preso y ahora está libre. Ni idea por dónde. Por aquí no se le ha visto más el pelo.

Aníbal Gordon salió de la cárcel junto con presos políticos en mayo de 1973, aunque estaba condenado por el robo a una importadora de relojes y acusado por la tenencia de una granada.
Aníbal Gordon salió de la cárcel junto con presos políticos en mayo de 1973, aunque estaba condenado por el robo a una importadora de relojes y acusado por la tenencia de una granada.

Sale de la cárcel junto a los presos políticos en aquella memorable jornada del retorno del peronismo al gobierno. Es una fuga, sí, pero tolerada, o exigida, por el reclamo de sus compañeros a los diputados que controlan la lista de detenidos próximos a liberar (nadie confía en los penitenciarios del régimen militar). Si no salimos todos, no sale nadie. Y Gordon es uno de los nuestros, casi desde el primer día. Debe salir.

No es militante ni guerrillero. Ha sido alojado en el pabellón equivocado por el dictamen del tribunal antisubversivo: lo acusa por la posesión de una granada hallada debajo del asiento de la camioneta siniestrada (embiste un auto a las 0.21 de la madrugada, el conductor se da a la fuga, se asienta en el acta policial). La granada es la evidencia, prima facie, de que el propietario del automotor es un subversivo. Aunque no está a su nombre. La titular es su esposa, asunto que le vale a ella tres semanas de encierro indigno en el calabozo, comentadas con sorpresa y malicia. Un marido ladrón, la vergüenza del vecindario.

Un mes después, en una mañana de corridas y tiros en el barrio de Once, detienen a Gordon. Roban en banda a una importadora de relojes, el otro arrestado es Acosta, su cómplice; otros dos escapan. Por el expediente de la granada, en el que se ha ordenado su captura, lo trasladan al pabellón de presos políticos, o subversivos, como los denomina el régimen militar. Pero la posterior condena a cinco años y tres meses por el robo de relojes prueba que es un delincuente común, no un subversivo. Sin embargo, continúa junto a los detenidos políticos por error o desidia en la ejecución de la pena. No importa: ya está preso.

En aquel año 1972, Gordon encuentra en la cárcel a una generación joven, la radiante juventud militante, armada, que lucha por el retorno de su líder; aunque Perón es un universo maleable, a menudo indefinible, bajo sus mil palabras emergen posiciones antagónicas. La guerra interna se agazapa; desde el otro lado del océano no se alcanza a advertir su magnitud. Perón cree que la controlará a su regreso.

La mayoría de los presos políticos proceden de la izquierda; de la tercera internacional marxista, comunistas, de la cuarta trotskista, erpianos, facciones rojas disidentes. Luchan por la disolución del régimen oligárquico y burgués, caracterizan a Perón como un factor retardatario de la revolución. Aspiran a una sociedad nueva, que bien vale el sacrificio y las rejas, bien vale empuñar las armas, endurecerse, afianzar la conciencia de clase en las masas, incendiar la pradera. Carajo si lo vale.

MARCELO LARRAQUY - HISTORIADOR, ESCRITOR Y GUIONISTA
Marcelo Larraquy reconstruye un episodio durísimo de la historia reciente.

Gordon gana respeto, como corresponde a un ladrón de bancos alojado en un pabellón. ¡Nosotros también robamos bancos y trenes pagadores, expropiamos trenes lecheros, repartimos en las villas! Sí, podría ser uno de ellos, aunque no tanto, la motivación es otra. Pero el riesgo es el mismo. Y el ataque contra el sistema capitalista y la banca financiera que lo sostiene, también. Eso es igual.

El respeto se consolida por su dedicación a la limpieza, sus horas en la cocina, su atención en los debates y discusiones sobre Gramsci. Los avala con gestos mínimos, algo propio de quien no tiene la edad ni el interés, pero está convencido de que los reclamos son justos, que tienen razón.

Es un perfecto simulador, un paciente y estudioso observador de la conducta humana que calcula a cada instante cómo montarse a la ola de izquierda que desborda el penal, cómo encontrar el atajo para saltar a la calle. Ni un día de presos políticos en el gobierno popular se ha prometido, y el peronismo, con el Tío Cámpora a la cabeza, cumple taxativa esa promesa el 25 de mayo de 1973. Al día siguiente, Gordon, finalmente, salta a la calle. Aún más, se tira de palomita. Lo hace con tanto ímpetu que queda parado del otro lado: se convertirá en agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado. Y no faltará mucho para que, en el laberinto de la fatalidad, de las brutales coincidencias, también lance a la parrilla de la tortura al diputado comunista, maestro de grado inicial, que firma por su libertad, el que le ha permitido trasponer raudo el portón de la cárcel entre abrazos y cantos, el pueblo unido jamás será vencido, hasta la victoria siempre.

Es un hombre libre, aunque las órdenes de captura, los oficios urgentes, vuelan: que lo remitan a la cárcel para cumplir la condena, que sus delitos penales están en pleno proceso, que lo trasladen a este tribunal para su indagatoria. Lo acechan por infinidad de causas, incluida la del homicidio del agente conscripto de la Policía Federal, enterrado hace ya un año y medio. Son procedimientos estentóreos y tardíos de una justicia criminal que corre amenazante detrás de la transgresión a la ley, persigue el hecho delictivo con torpeza. Una justicia quizá condicionada por la vorágine de los acontecimientos, el traspaso de poder del régimen al gobierno popular; no es momento de buscarle el pelo al huevo. Tampoco es un drama: que un criminal —o varios, Gordon no es el único— se filtre entre los presos políticos en medio de un tornado no es más que una paradoja aceptada, un riesgo calculado que no invalida la funcionalidad del sistema.

Marcelo Larraquy - Gordon tapa
El primer libro de Larraquy sobre Aníbal Gordon.

Allí permea Gordon como prófugo, en el inmenso gris de esa paradoja. Es, de algún modo, su reencuentro oscuro con la política, mucho más oscuro que el de aquel peronismo luminoso de los tiempos de su padre, que se considera el primer peronista. Así lo siente. Y tiene razones: el señor Gordon ha trabajado en la Dirección de Correos y Telégrafos y logra la conexión que concede a Perón la oportunidad de hablarles a los trabajadores desde la radio del Estado antes de que los propios militares lo encarcelen. Una cadena nacional para el pronto adiós, la última vez. Pareciera que el peronismo muere antes de nacer, que se acaba. Sin embargo renace el 17 de octubre de 1945. Es el día del alumbramiento, la hora cero. También para su padre es el inicio de los años de esplendor. Los vive con garbo. Es un peronista de traje, de zapatos nuevos; un peronista de los que van al centro, no un grasita. Así será hasta el momento de su muerte.

Un crimen firmado con tinta invisible

El amigo al que visita Gordon en Navidad es Giovenco. Descorchan una botella de sidra Alcurnia, y en el tintineo de las copas que se unen hay una mirada de hermandad, un entendimiento que ya se ha expresado en el patio de la cárcel en el invierno del 72, apenas se conocen. Gordon, con una leve sobreactuación que se le da natural, es su estilo, le transmite sus respetos por la ocupación de las Islas Malvinas en el 66, aquel acto efímero que convierte a Giovenco, a sus veintiún años, en un Cóndor; la honorable distinción para el grupo que escupe en la cara al imperio colonial británico, le responden con otro acto de piratería: el secuestro de un avión comercial que desvían hasta la tierra usurpada, donde hacen flamear las banderas celestes y blancas.

Ese grito soberano, para Giovenco, ahora ha mutado en compromisos aún más imperiosos: defender a la Argentina del ataque del marxismo internacional y la sinarquía; defender al peronismo de la infiltración de la izquierda putrefacta, los montoneros, contrabandistas ideológicos que se disfrazan de peronistas, el enemigo a combatir. Giovenco cree vívidamente en su discurso, ni falta aclararlo: cinco de sus últimos siete años ha estado tras las rejas por acciones e ideas que Gordon, en aquel primer encuentro, apoya sin reservas. Se presenta como nacionalista y, por ende, como anticomunista y antisemita. Pero todavía, para alcanzar su libertad, debe seguir adherido al viento de una izquierda que entre dientes aborrece. Luego será la derecha nacionalista y peronista, de la que Giovenco es uno de sus líderes más reconocibles e indómitos, la que lo acogerá, calcula.

La profecía se cumple. Se conforma un matrimonio bien avenido. El Cóndor lo protege, luego lo suelta a la calle, con los debidos recaudos, para tareas de seguridad. ¿Quién se atrevería a preguntar por su identidad o indagar sobre el prontuario de un hombre, entre tantos otros, que custodia el acto de un líder sindical? Es una etapa de aggiornamento, de presentación de sus pares. Más tarde lo integra al enfrentamiento contra el enemigo ideológico, un escenario novedoso, pero no necesariamente nuevo para Gordon; se vertebra sobre actos violentos que ya ha ejercido, aunque teñidos de mayor urgencia y rencor político.

Septiembre de 1973: la violencia que se prevé gigante se desgarra como en un parto sorpresivo cuando el héroe sindical del nacionalismo peronista en el que abreva Giovenco, o mejor dicho, el héroe sindical del peronismo, del peronismo a secas, como se lo enuncia para exponerlo en toda su dimensión; ese hombre que no abandona a Perón ante los chubascos de su retorno, que representa a una clase obrera a la que mantiene a raya por las buenas y las malas para que no se radicalice ni saque los pies del plato; ese hombre, José Ignacio Rucci, por si hace falta aclararlo, cae muerto, sí, acaba de caer ametrallado en una operación firmada con tinta invisible por los montoneros. Rucci ha muerto apenas el pueblo sella un nuevo compromiso con Perón, lo catapulta para su tercer gobierno. Una flor negra se cierne sobre la primavera.

Quién es Marcelo Larraquy

Historiador y periodista nacido en 1965, Larraquy es autor de López Rega. El peronismo y la Triple A, Fuimos soldados y Primavera sangrienta, entre otros títulos de referencia sobre la violencia política argentina. En Gordon. El aniquilador, su decimocuarto libro, editado por Editorial Planeta y basado en entrevistas y documentos inéditos, sigue al personaje a través de la Triple A, la depuración interna del peronismo y las fauces de la dictadura militar. Infobae publica a continuación un adelanto exclusivo.

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