Hugo Paredero: “Cuando yo era chico Jorge Luz me mataba con sus imitaciones, lo adoraba, nunca te olvidás del que te hizo reír”

El periodista y escritor cuenta la cocina de su libro “Nunca me la creí”, una singular biografía de un artista que fascinó con sus personajes a varias generaciones de argentinos

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Entrevista con Hugo Paredero
La biografía de Jorge Luz escrita por Hugo Paredero fue publicada por Marea.

Nació en Carlos Tejedor en el año 1948. Probó con ser actor pero en el año 1979 Hugo Paredero empezó a autopercibirse periodista y durante veinte años ese fue su trabajo en la revista Humor. En radio participó de programas como En el árbol y el bosque, Por amor al arte, Párrafos interruptus, La siesta con Paredero, Una nueva aventura y, actualmente conduce Dos dinosaurios vivos, con Carlos Ulanovsky. Ha escrito varios libros, entre ellos Zappingmanía, Solos y mal acompañados, las biografías de Héctor Alterio, Mercedes Morán y Jorge Ginzburg y, en colaboración con Carlos Ulanovsky, Vivir entre butacas y Siete personajes en busca de un Toc Toc. Su libro Cómo es un recuerdo, la dictadura contada por los chicos que la vivieron (2007) fue declarado de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Su nuevo libro se llama Nunca me la creí y es una biografía del gran actor argentino Jorge Luz (1922-2012) que fue publicada por editorial Marea. El libro tiene una particularidad: se trata de una biografía conversada en la que se reconstruye la vida del gran actor argentino a partir de entretenidas conversaciones y de los testimonios de colegas de Luz, lo que se traduce en un repaso exhaustivo por su trabajo en radio, cine, teatro y televisión, con anécdotas increíbles del mundo del espectáculo.

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Semanas atrás conversamos con Paredero a propósito de su libro, que se demoró en llegar a las librerías porque la muerte del actor paralizó, de alguna manera, a su compañero de ruta autobiográfica y dejó en el aire el proyecto en común. Catorce años después, gracias a la insistencia de una editora y a las razones del destino que jamás estaremos en condiciones de desentrañar, Nunca me la creí –el título que Luz quería para el libro sobre su vida– dejó de ser un plan para convertirse en una realidad.

— En tu libro escribís en una suerte de prólogo ya en la primera página: “Desde chico fui admirador fanático de Jorge Luz (...) Esperaba a Los Cinco Grandes del Buen Humor pegado a la radio, con la misma excitación con que aguardaba a los Reyes Magos”. Y luego recordás cómo en materia de gustos pesa mucho más aquello que nos marca de chicos o de jóvenes porque es algo que queda para siempre. ¿Cómo fue esa fascinación?

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— Sí, aquello queda para siempre… Bueno, cuando era chico vivía en pueblos y digo “en pueblos” porque mi papá era ferroviario e íbamos de pueblo en pueblo, pero nací en Carlos Tejedor. Y las películas de los Cinco Grandes (N. de la R.: el elenco del grupo humorístico que actuó en radio y en cine lo integraban Jorge Luz, Rafael “Pato” Carret, Guillermo Rico; Juan Carlos Cambón y Zelmar Gueñol) eran las más esperadas. Y, dentro de ellos, Jorge Luz era mi preferido; ya lo conocíamos, lo escuchábamos por radio. En ese tiempo veíamos la radio, la radio estaba instalada.

Entrevista con Hugo Paredero
Paredero fue amigo de Jorge Luz por treinta años. Trabajaron más de dos años en el libro, que terminó siendo publicado casi quince años después de la muerte del actor.

— Ahora la radio se ve de verdad, en esa época uno se la imaginaba.

— Uno lo imaginaba. Y él me mataba con sus imitaciones. Me hacía reír. Lo adoraba. Y, como él me contó una vez y creo que está en el libro, cuando fueron con Guillermo Rico –ya eran los únicos dos supervivientes de los cinco grandes–, a un homenaje que les hicieron en Rosario, y, de pronto, cuando subieron al escenario toda la gente de golpe como por resorte se levantó a aplaudirlos y ellos se pusieron a llorar. Y Guillermo le dice al oído: “Toda esta gente que nos está aplaudiendo son los chicos que hicimos reír hace 60 años”.

— Reír es la felicidad.

— Es así. O sea, nunca te olvidás del que te hizo reír. Nunca.

— Pero vos, que fuiste y sos muy observador y muy crítico, veías en él mucho más que una persona que hacía reír.

— Sí, veía un arte que no conocía hasta ese momento porque él era un artista. Era un artista, era un tipo con una capacidad expresiva enorme. Nunca estudió artes escénicas, nunca estudió teatro, pero estudió, como decíamos cuando hacíamos las entrevistas, observando de chiquito a la gente de su pueblo natal, Empalme San Vicente por entonces, hoy Alejandro Korn, y observaba, imitaba a todos. Había mucha comunidad española, entonces imitaba al andaluz como andaluz, al gallego como gallego, al catalán como catalán, al asturiano, como era su madre, como asturiano. Y, además, en los movimientos. Iban a los bailes del pueblo, al padre no le gustaba bailar entonces la madre bailaba con otros señores. Y él imitaba a todos. Se metía en la pista, a los 4 o 5 años. Entonces, se morían todos con el chiquito éste porque no podían creer lo que los hacía reír y la capacidad de imitación que tenía. Entonces, la observación es una escuela aparte.

— Él observaba a su alrededor pero también observaba dentro de su casa, porque ahí estaba su hermana Aida, cinco años mayor que él.

— Cinco años mayor, y Aida lo plantaba como público ahí. Había un baúl al que ella se subía y cantaba todas las canciones que se conocían por la radio. Vos fijate que Aida nació en 1917 y la radio todavía no había nacido acá. Nació en 1920.

— Y ella empezó a actuar en cine muy temprano. Fue una pionera total.

— Sí, sí, pionera, en el cine, en el canto, en la radio. Aída cantaba precioso. Todos los Luz, los Da Luz como es el verdadero apellido, cantaban y tenían un oído extraordinario. Bueno, y en las charlas que grabamos le pedí a Jorge que cantara, por si alguna vez se hace un audiolibro. Entonces empezó a cantar y a decir poemas increíbles con una voz, que vos decís: ¿de dónde la saca? En ese momento tenía 88, 89 años. Murió a los 90.

— Bueno, sobre eso quería preguntarte, porque lo que aparece de entrada tiene que ver con la relación que entablaste con él. De hecho, se trata de una biografía conversada. Y, además, vos contás que fue dando como instrucciones y legados y principios para llevar adelante tu propuesta de un libro.

— Sí, los “incisos” (risas).

— Eso, los incisos. Contame un poco la cocina del libro y empecemos por cuánto tiempo estuvieron trabajando en eso.

— Dos años, ponele, quizás un poquito más. Hasta pocos meses antes de que muriera. Mi dolor, mi tristeza, fue que no llegara a ver el libro. Porque después de que él muere, “se va de gira” como le gustaba decir a él, el 14 de julio de 2012, yo me detuve. Me golpeó mucho su muerte. Tenía todo el material desgrabado. Teníamos muchísimo, es más, es mucho lo que quedó afuera, pero había que parar en algún momento. Después hubo un parate de demasiado tiempo en el cual yo, por otros motivos y también porque no sabía cómo encararlo, me costaba meterme en eso. Mis amigos me decían: “Pero lo tenés ahí escrito, servido, le tenés que dar forma”.

— Tu problema no era sentarte a escribir sino que tenías un problema con el material, claramente.

— Por eso digo que soy un poco exagerado para los partos. Son demorados, porque el libro aparece 14 años después. Y gracias a Constanza Brunet (N. de la R.: Constanza es la editora de Marea).

— Que sabía y que insistió.

— No solo que insistió. Fue así, yo fui por otro proyecto, tratando de venderle una idea que le gustó, pero. Entonces muy amablemente me dijo: “¿Y no tenés otra cosa? Porque queremos hacer algo con vos”. Y ahí me acordé, se me prendió la luz y dije tengo un libro de Jorge Luz. Cuando dije Jorge Luz fue como si… (Paredero hace un gesto de deslumbramiento, con las manos y los ojos)

— Y, sí, claro.

— Porque resulta que ella, en su vida de periodista previa a la de editora, la primera entrevista que tuvo que hacer fue un día en la casa de los hermanos Luz.

Entrevista con Hugo Paredero
Jorge Luz junto a Juan Carlos Cambón en la película "Cuidado con las imitaciones", de 1948.

— Qué increíble.

— Entonces le quedó, mira cómo fueron las cosas. Y salí de ahí sin el proyecto que yo había llevado y resucitado otro. Y yo sentía una resonancia de: ahora sí. Y así fue. Y le encontré la forma, la comodidad para mí, el amor. Y le entré a dar y cumplí los plazos.

— Hay zonas del libro que son muy interesantes porque son zonas de la cultura argentina, ¿no? Pienso especialmente en el capítulo que tiene que ver con Cecilio Madanes y con el teatro popular en Caminito, en La Boca, con aquella experiencia mítica de la participación de los vecinos.

— Sí, le quise dedicar un capítulo. Porque, además, él amó Caminito.

— Estuvo ahí muchos años.

— Sí, más de 12 o 13 años. Y, además, la relación que establecieron con los vecinos era conmovedora. Porque fijate que los vecinos paraban de comer. No tocaban un cuchillo porque era parte de la obra. Algunas escenas eran desde la ventana de ellos, quietitos, y otras lo usaban de camarín, otros conventillos. Se cambiaban ahí. Así que establecieron una relación de amor y de confianza, de respeto de unos a otros, enorme. Y es muy conmovedor eso de que tuviera 700 butacas y cada vecino hubiera pagado una.

— Porque cada uno había llevado una silla, qué emocionante.

— Butacas digo yo, las sillas. Cada uno llevó una silla. Lo que lo fastidiaba era que cada año había que renovar todos los trámites de la burocracia municipal. Eso los fastidiaba un poco. Pero de diciembre a abril, ya con fresco, ahí estaban al aire libre haciendo Molière, Goldoni, Shakespeare, Lorca.

— Esos nombres son muy impresionantes, sobre todo si uno lo piensa a lo largo del tiempo. Porque no se necesitaba ser universitario en esa época para ser una persona ilustrada. Pienso incluso en Alberto Olmedo, que era un tipo que no había nacido en una casa con bibliotecas.

— Ni con artistas. No, claro.

— Y, sin embargo, había algo de la cultura popular en la Argentina que se ligaba bastante con lo que hoy llamaríamos alta cultura. Y hoy no existe eso, hoy no se ve.

— Al menos se perdió por un rato.

— Leía en tu libro las cosas que Luz te decía, los autores de los que te hablaba, cómo entraban al teatro; cuando hablaban de Molière sabían de qué estaban hablando. Lo mismo sobre ópera.

— Claro, si hizo dos óperas. Lo único que no hizo fue circo. Le dije: hiciste de todo. “No, circo no hice”, me respondió. Pero hizo zarzuela, café concert, drama, comedia, ópera, revista, cine, por supuesto teatro.

— A Luz se lo recuerda fundamentalmente como comediante pero hizo drama y con personajes muy fuertes, como el gran artista que era. Ahora, vos le mencionás en un momento, en una de las conversaciones, el tema de que nunca tuvo un protagónico en el cine.

— Sí, se lo hice saber, pero es como parte de su humildad, por eso el título (Nunca me la creí) es de verdad porque me pidió llamarlo así porque es como una frase de cabecera de él, ¿no? Porque nunca se la creyó. Y entonces yo le pregunté eso y a él lo primero que se le ocurrió decir es: “ pero hay tantos que no han hecho protagónicos, la mayoría de mis colegas no ha hecho protagónicos”.

— Hay una palabra que no aparece en el libro pero sobre la que me gustaría preguntarte. ¿Pensás que él se sentía algo así como un trabajador de la cultura?

— Sí. Era un laburante. Había que levantarse a las 5 de la mañana, hacía frío, hacía calor, lo que hiciera, y siempre iba feliz a laburar. Eso así me lo dijo y así lo veía yo. Porque fuimos amigos 30 años. Entonces tenía el registro de su cotidiano.

— En tu libro hay muchos testimonios de actores, actrices, directores que compartieron trabajo con él. Y creo que es una de las actrices la que cuenta cómo él ahorraba cuando las cosas estaban bien para los años en los que podía llegar la malaria. O sea, era como muy consciente del tipo de trabajo que tenía y de las crisis en el país.

— Sí, todo el tiempo. Todo el tiempo era muy consciente. Y era muy generoso. O sea, vos pensás que la persona que ahorra puede ser un poquito agarrado, medio amarrete. No, al contrario.

— Además en un momento te dice que el pecado capital que él más desprecia es la avaricia.

— La despreciaba totalmente. ¡Y cómo se ponía de loco cuando no le querían cobrar en los restaurantes, por ejemplo! Pero no te pongas como loco, le decía yo. “No quiero, no quiero”. Y entonces dejaba de ir a esos lugares donde no le cobraban porque era: “Jorge, cómo te vas a cobrar. No queremos cobrarte, queremos invitarte” Y un día fuimos, éramos cinco o seis, a una parrilla que se llamaba “A los amigos”, que él la amaba, por Villa Crespo creo que era. “Pero vamos a paga todo”, le dijo de entrada gritando. “No va a pagar nadie acá. Nadie. Te vamos a invitar a vos y a tus amigos. Si no, se van”, le dice el dueño. Y bueno, nos quedamos.

Jorge Luz, con los Grandes del Buen Humor y una parodia en la que cantan "El arriero va" en italiano. ("El satélite chiflado", 1956)

El afecto en la calle

— Vos fuiste su amigo durante muchos años, imagino que veías mucho amor hacia él en la calle, en la gente.

— Uhhhh.

— ¿Y también había agresiones?

— No, no, no. Había amor; amor hacia un familiar muy querido que te encontrás de golpe. Me acuerdo de que fuimos juntos al velorio de Néstor Kirchner. Lo que fue eso cuando lo vieron. ¿Te acordás de lo que fue el velorio?

— Sí, claro.

— Fue multitudinario. Y pasó una cosa muy graciosa, porque teníamos un contacto para hacer una fila corta.

— Él ya era una persona muy muy grande. Fue dos años antes de su muerte.

— Claro. En 2010, imaginate, tenía 88 años. Y entonces viene a buscarnos uno de los guardias de la Casa Rosada y le dice: “Venga por favor” y avisa: “Va a pasar el señor Jorge Porcel” y yo me empecé a reír entrando en el velorio. Después lloramos, pero ahí me reí. “Hijo de puta, guacho”, me dice, “no te rías, te rías”. Odió que lo confundieran.

— Él tuvo un dúo muy popular con Jorge Porcel, y en tu libro aparecen las diferencias entre ellos, a partir de cosas que te contaba él pero también de algunos testimonios. Porcel fue una figura polémica, de esas figuras masculinas del espectáculo con alguna cuota de poder y popularidad que no habrían sobrevivido la etapa del post Ni una Menos en la Argentina. El tema del acoso y de los abusos era algo de lo que se hablaba siempre.

— Sí, es verdad.

— Y uno, claro, no asocia a Jorge Luz con esas conductas y sin embargo estuvieron muchísimos años trabajando juntos y se entendían.

— Sí, se entendían, y viajaron a Puerto Rico a hacer la Tota y la Porota. Jorge Luz lo bautizó Tota al personaje de Porcel. Y vos fijate que nunca usaron una página del libreto.

— Todo improvisado.

— Nunca usaron una página. Nada, nada.

— La frase que usaban era: “Vos, seguime”. Qué linda es esa idea, ¿no?

— Claro. Yo arranco y vos seguime. Está buena. Porque es una prueba de unión entre dos que están trenzados para lo mismo, ¿no?

— Ellos no tenían una relación de amistad.

— No.

La Tota y la Porota, Jorge Porcel y Jorge Luz
Jorge Porcel y Jorge Luz, la Tota y la Porota, fenómeno humorístico de los 90.

— Se encendía la cámara y ahí se convertían en eso que se veía.

— En las vecinas que eran, claro. La Tota era como lujuriosa, vivía alzada. Y Jorge era como una conservadora, la Porota, ¿no?

— Basada en un personaje real, también, por lo que contás en el libro.

— Sí. De cuando salió un día de grabar y venía por la calle Pavón hasta Entre Ríos y una señora salió corriendo y tirándole la chancleta al hijo: “¡Vení para acá!” Y de pronto lo vio a Jorge. “¡Jorge Luz!”, gritó. Entonces él la abrazaba. Y ella le dijo: “¡Ay, qué loco, me hace reír. Yo me pregunto de dónde saca esos personajes”. Y Jorge le dice: observando señora. Observando. (Risas)

— ¿Tuvo esa memoria prodigiosa hasta el final?

— Siempre. Por ejemplo, con Aida se ponían a cantar. ¿Y cómo te acordás de esa canción?, le decía Aida. “Si vos la cantabas”, respondía él. “Sí, pero yo me la había olvidado”. Él tenía una memoria increíble.

Entrevista con Hugo Paredero
Jorge Luz, fotografíado en la década del 70.

— Eso ayudó mucho porque para la improvisación es tener como una biblioteca flotante.

— Y él avisaba, también. Lo cuenta en el libro Mónica Villa, que murió de miedo porque Mónica es una actriz de método. Lo cuenta muy lindo porque, además, le agradece infinitamente…

— Porque la liberó.

— La liberó. Claro. Y le dio esos permisos. Porque él improvisaba pero con una brújula, siempre. No se iba de mambo porque sí. No, no. Después volvía. Donde se tuvo que portar muy bien y se volvió loco es con Molière. Cuando hizo Las picardías de Scapin, que tenía que hablar en ese idioma de Molière que no era su costumbre y tuvo que estudiar mucho y le costó. Y Madanes lo esperó. Le dijo: “Mirá, cuando dejes de fumar vas a hacer esto”.

— Porque su personaje tenía un despliegue físico muy importante en escena.

— Claro. Era un tipo Arlequino.

— Él llegó a vivir con su hermana ya de grandes, cuando ella se enfermó. Para él, ella era alguien muy importante, ¿cierto?

— Sí, sí.

— De hecho, te pidió que en el libro ella ocupara un lugar relevante. La vida de ella es muy interesante. Yo no sabía que había tenido un marido, por ejemplo.

— Claro, tuvo un marido, sí. Fernando Roca. Aida tenía mucho humor.

— Era una genia total.

— Era una genia. Y también tenía esa capacidad en Matrimonios y algo más… Hacía cualquier personaje y era brillante.

— Los dos tenían una destreza natural para la actuación. En el caso de Aída, ella tenía a algunas actrices de cine como modelos, como escuela.

— Sí. Tenía a Greta Garbo y a Bette Davis. Ella decía: yo estudié con ellas porque miraba sus películas obsesivamente y estudiaba las reacciones que cada una tenía frente a determinada situación y así estudiaba. No es que después las imitara, pero les estudiaba las reacciones, sobre todo.

— El cine era algo nuevo.

— Claro, vos fijate que ella hace su primera película en el 38 y la primera película sonora es del 33, ¿no?

De eso no se habla

— El libro se empezó a armar a partir de algunos acuerdos que hiciste en este caso con tu amigo Jorge Luz, y que incluían no tratar determinados temas.

— Sí.

— Y no te voy a preguntar por esos temas que tienen que ver con su sexualidad.

— Con su vida íntima.

— Pero sí te quiero preguntar qué pensás que le pasaba a él con la cuestión de vestirse de mujer. Con las prendas de mujer. Yo pensaba en la fascinación de Manuel Puig con las divas del cine, algo así.

— Sí, sí. Pero también le gustaba, vamos a usar un verbo por ahí inadecuado, disfrazarse de lo que fuere.

— Es decir que le gustaba la idea de convertirse en otro u otra.

— De convertirse en otra persona, en otro personaje. Porque eso lo ponía ya en situación, así como hizo el alcalde de La zapatera prodigiosa, que lo hizo tres veces.

Fragmento de una entrevista a Jorge Luz en la que habla de su método para componer personajes.

— Eso, en teatro. En cine también hizo la figura del alcalde en De eso no se habla, la película de María Luisa Bemberg.

— Sí, que tenía un ataque de hemiplejia. El alcalde ése es tremendo. Y ahí, en esa película, amó a Mastroianni porque era su ídolo.

— Ese momento de tu libro es buenísimo. El encuentro de Jorge Luz con Marcello Mastroianni, o cuando salían al boliche a comer salame y tomar vino, como te contaba.

— Sí, en una pulpería. Giorgio, lo llamaba él. Pero vos fijate que Jorge lo amaba a Mastroianni. Lo amábamos, porque yo también lo amaba a Mastroianni.

— Y, bueno, quién no

— Quién no amaba a Mastroianni, por Dios. Y entonces Jorge se sabía letras de memoria de sus películas, sobre todo de una que acá se llamó Dos hermanos, dos destinos, basada en la novela de Vasco Pratolini, Crónica familiar.

— Vos sabés que ese libro fue reeditado como Crónica de mi familia por Juan Forn en Rara Avis, una colección de Tusquets.

— Ah, mirá, no me acordaba de eso. Yo amaba ese libro.

— Es que es una maravilla. Y decís entonces que a él lo conmovía mucho.

— Mucho. Y de Mastroianni sobre todo lo conmovió que un día de mucho calor, estaban todos vestidos de invierno pero hacía mucho calor, la Bemberg, María Luisa Bemberg, la directora de De eso no se habla, estaba en otra habitación y él la escucha que le dice: Marcello, ya estás libre. “Pero falta la escena con Giorgio”, le escucha decir Jorge Luz. Y ella le dice “no, no, andá, andá, le ponemos una mano”. Porque, viste, de referencia, iba la imagen de Jorge y no se veía el otro. “No”, le dice Mastroianni, “cómo le va a poner una mano. Don Giorgio es un actor y un actor no puede hablar con una mano”.

— Claro.

— Y Jorge no se olvidó más de eso.

— Hizo cine, teatro, televisión, había hecho radio. ¿Y cuál de todos era realmente su lugar? ¿El teatro?

— Sí, él amaba el teatro. Y la radio le quedó como el amor, el gran amor de su vida, digamos. Pero al teatro lo amaba, sí. Más que al cine. Le gustó la etapa de los Cinco Grandes, que después, cuando murió Cambón, fueron Los Grandes.

Marcello Mastroianni
Marcello Mastroianni, uno de los ídolos de Jorge Luz y una de las más grandes estrellas del cine. Jorge Luz compartió con Mastroianni la filmación de "De eso no se habla", la película de María Luisa Bemberg. Hay muy buenas anécdotas sobre ese período en el libro de Paredero.

— Fue su época de una fama increíble.

— Claro. Los hermanos Marx del subdesarrollo.

— Y después, hay grandes personajes como lo que hizo con La dama de las camelias.

— ¿Lo viste vos? No habías nacido.

— Soy muy joven (risas).

— Yo lo vi dos veces. No, eso era una experiencia… yo nunca me reí tanto en un teatro porque era una cosa inagotable lo que hacía. Se iba y venía. Ya les había dicho a los compañeros: yo me voy a ir (con el texto), ustedes espérenme y síganme. Pero porque se había enojado mucho con el texto original, entonces él mezclaba todo, hacía unos disparates.

— Nunca era la misma función.

— Nunca. Porque además la gente se desternillaba, se hacía encima de la risa y se levantaba para ir al baño. Vestida con tules, como Margarita, les decía: “Escuchame, ¿llevás papel?” Y la escena de su lecho de enferma era tremenda, la gente se descomponía de la risa porque él lo hacía en serio desde un lugar de capocómico infernal.

— Sí, con cierta cosa vanguardista ahí, ¿no? Estoy pensando en lo que fue después, con Batato Barea o Urdapilleta.

— Claro, éramos compañeros de teatro con Urda. A Jorge le gustaba Urdapilleta. Pero el cómico que más lo hacía reír era Gasalla.

— Y la mujer que más lo hacía reír era Nini Marshall.

— Uh, a Nini la adoraba. Yo lo cargaba porque en la película Los celos de Cándida, en la que él hace de extra, eran Nini y Augusto Codecá los protagonistas, en una playa de estudio y Jorge de bañista antiguo y la seguía porque ella, Catita, iba discutiendo con el marido. Y en Jorge no se veía a un bañista que seguía la situación, se veía a un fan deslumbrado. “Sí, sí, es verdad lo que viste”, me dijo. Son segundos que dura su aparición de extra, por lo cual ni cobró. Pero se veía la fascinación porque él la amaba de escucharla por radio. Y, después, la vida los hizo hermanos.

— Era un vínculo de mucho cariño.

— Sí, se llamaban todos los días. Él tenía varias personas con las que se hablaba siempre.

— Marilú Marini era una de ellas.

— A Marilú Marini todos los días la llamaba a París. Se moría Marilú, se escuchaba la risa. “Mirá que estoy con Paredero, estamos haciendo el libro”. Bueno, pero un ratito, decía Marilú y él le decía cualquier cosa y ella moría de risa. Con Olga Zubarry se hablaban todas las mañanas. “Y cómo amaneciste Jorgito, con qué soñaste anoche”.

— Esa forma de la conversación a diario era una costumbre que se perdió desde que no se usa el teléfono fijo, creo.

— Claro. Eso de la época en la que cuando uno salía, dejaba el teléfono, no se iba con el teléfono por ahí, como ahora.

— Y te hacías el tiempo para hablar por teléfono. Que hoy no lo tenés

— Era como tener una conversación de café, pero por teléfono.

— Exacto. Sobre todo si vivían lejos o si estabas imposibilitado de moverte.

— Claro, pero ellos mientras desayunaban hablaban. Y no había muchas cosas para contarse más que las cotidianas. Y con Elena Lucena también hablaba mucho. Y con Nini.

— Pienso en los nombres que estamos mencionando, en algunas de las fotos de tu libro y hay como un brillo y, claro, una se va poniendo grande y la sensación es como de pérdida del reino, ¿no?

— Sí, sí. Claro, hay algo de eso; uno se va poniendo grande y aumenta el brillo de aquello que lo hizo feliz a uno como espectador. Ese brillo no sólo se mantiene sino que aumenta, se engrandece.

Entrevista con Hugo Paredero
Paredero estudió para actor e imaginaba un destino en la actuación. En 1979 comenzó a escribir en la revista "Humor" y desde entonces se dedica al periodismo.

Un periodista influyente

— ¿Sabés qué te quiero preguntar Hugo? Porque yo no sabía, o por lo menos no le había prestado la debida atención, que cuando empezaste a escribir en la revista Humor fue en realidad cuando empezaste a escribir como periodista.

— Sí, yo quería ser actor.

— Claro, pero yo recuerdo que vos escribías sobre espectáculos y tenías un desparpajo absoluto, que terminó siendo muy influyente.

— ¿Vos decís?

— Estoy segura, convencidísima. ¿Vos no pensás eso?

— No.

— ¿Nunca lo sentiste así?

— Me lo han dicho, pero no lo sentía yo. Yo vivía la felicidad de estar en la revista Humor, que amaba.

— ¿Quién te editaba?

— Tomás Sanz, el jefe de redacción. Yo nunca laburé en la redacción de Humor, llevaba mis notas y me traía las cartas que llegaban, que eran muchas. No contesté todas.

— Lo primero que escribí y se publicó fue una carta que te mandé a la revista. Tuve suerte, la mía la respondiste.

— La tuya, sí.

— Antes de terminar la charla te quiero agradecer porque, en lo personal, tus notas en Humor me mostraron que en el periodismo se podía escribir sobre temas de cultura sin solemnidad y sin verbos compuestos, además de que habilitaste la posibilidad de hablarle al lector. Estoy convencida de que, así como me pasó a mí, nos pasó a muchos.

— Gracias, muchas gracias a vos. Qué emoción.

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