
La vida y carrera de Jorge Luz —reconocido humorista argentino— quedan plasmadas en un volumen que recopila 80 años de espectáculo argentino a través de conversaciones entre el propio artista y el periodista Hugo Paredero.
Nunca me la creí (Marea) se estructura como un diálogo donde Luz narra episodios clave de su recorrido, desde sus primeras apariciones en la radio hasta su consagración en la televisión con el personaje de “La Porota”, atravesando cine, teatro y memorables encuentros con figuras de la cultura nacional e internacional.
La obra expone anécdotas inéditas y momentos destacados, dirigidos tanto a quienes lo vieron debutar como a generaciones que lo conocieron décadas más tarde. A lo largo de más de 30 películas y éxitos teatrales, el actor consolidó su lugar en la historia del humor argentino, obteniendo admiración de músicos como Charly García y Pedro Aznar.
Entre los numerosos amigos y compañeros que Luz evoca figuran personalidades como Niní Marshall, Marcello Mastroianni y Tita Merello, ampliando el panorama de una trayectoria marcada por la versatilidad y el ingenio. El relato invita a lectores y seguidores a revivir el legado de una de las voces más aplaudidas del espectáculo local. Infobae Cultura publica el capítulo que cuenta el encuentro con el legendario actor italiano.

Marcello: de ese sí se habla
Una tarde lluviosa de 1992 llegué a mi casa y había un mensaje de Jorge en el contestador automático del teléfono fijo. Los jóvenes lectores deberán entender que aún no había nacido el celular, eran tiempos en los que uno no se llevaba el teléfono cada vez que salía de su casa. A Da Luz lo malhumoraba toparse con el contestador, igual le daba buen uso. Siempre cambiaba sus personajes en los mensajes; según los dejara Lola Membrives, Tita Merello o Pedro López Lagar, por nombrar algunos, era el tono y el contenido de lo que grababa. Pero esa vez era él, exultante, se lo escuchaba feliz como un chico con juguetes nuevos: “¡Parederín, llamame cuando llegues y veámonos, tengo algo maravilloso para contarte, te vas a enloquecer como yo, jamás me hubiera animado a soñar una cosa así… ¡Pero ni en pedo te lo voy a dejar grabado, quiero ver tu cara cuando te lo cuente y que veas la mía”. Al rato, pizza en su casa, vinito. El pibe, radiante, me recibió cantando y bailoteando La donna ‘e mobile, quai piuma al vento, / muta d’accento, e di pensiero, mientras me guiñaba un ojo, cómplice de algo. Se salía de la vaina por contarme, y también gozaba un poco demorándomelo. Hasta que nos sentamos.
–Bueno, ahora que recuperé mi respiración habitual y ya estás aquí, vas a ver el postre que tengo para contarte. Pasito a pasito, te voy a hacer desear un poco con la frutilla del postre, en venganza por tu contestador automático. Bueno, el postre es que hoy por fin nos encontramos con María Luisa Bemberg y voy a trabajar en su película, De eso no se habla [brindamos, iupi, abrazos, volvimos a sentarnos]. ¿Te acordás que me había llamado y después nunca más? Bueno, reapareció. Me resultó una mujer encantadora. Tenía unos anteojos chiquitos, cara seria pero dulce. ¡Y se le ve el buen trato, muy, muy educada! Me dice: “Mire, Luz, su papel es el de don Saturnino, el alcalde de este pueblo. Él ha sufrido un ataque de hemiplejia, y no se le entiende prácticamente nada cuando habla. Es un papel que no tiene que dar lástima ni tampoco tiene que ser solemne. Porque él habla, dice frases, pero ininteligibles, se hace respetar porque es el alcalde”. “Ah, muy fácil”, le dije. Nos reímos. ¿Sería una cosa así, María Luisa? Entonces tiré la cabeza a un costado, dejé la boca entreabierta, y empecé a decirle cualquier cosa, “ñasget ñadadae ñacañacaña cacñlacuasguikañcha”, pero muy en alcalde, dándole a entender que había comprendido su idea. Y ella se volvió loca. Perdió la sangre alemana, me aplaudía y gritaba “Eso, eso, Luz, esa genialidad que acaba de hacer es la que quiero para el alcalde”. ¿Te gustó el postre? [nuevo brindis].
–¡Riquísimo! ¡Ahora la frutilla!
–¡¡¡La frutilla es que voy a tener escenas con Marcello Mastroianni, neneee!!! ¡Te das cuenta que esto es un milagro en mi vida!
Uhhh, ahí ya se armó el piripipí, gritos, exclamaciones varias, abrazos, nuevos brindis, emoción que saltaba por los ojos. Porque Mastroianni no era uno más entre los grandes actores que nosotros preferíamos, él era un dios aparte. A Jorge siempre le gustaba recordarlo en Crónica familiar, con Jacques Perrin, aquí llamada Dos hermanos, dos destinos (Valerio Zurlini, 1962, sobre la novela de Vasco Pratolini). Allí, Mastroianni era Enrico Mainardi, el hermano mayor, y Perrin el más chico, Lorenzo. Cuando este nace, muere su madre. Eso, más el padre herido de guerra, hace que Enrico se quede a vivir con su abuela, que como no puede con los dos entrega a Lorenzo al cuidado de una baronesa. Y los dos hermanos no se vieron más, el mayor arreglándosela cómo podía, el menor acostumbrado a la buena vida. Hasta que se encuentran, con Lorenzo gravemente enfermo en el hospital. Jorge se sabía de memoria un diálogo de esa situación, y siempre lo repetía hasta las lágrimas, actuando los dos personajes: “Enrico, para qué vivir si uno ya no espera más de los hombres ni de Dios”. “Aún puedes confiar en ti mismo, Lorenzo, y reconocerte en todos aquellos que dejamos”. “¿Es eso el comunismo”. “También eso”. ¡Pufff qué escena! ¡Cómo lo miraba a aquel hermanito que apenas lo había visto un rato en su vida, y ahora se le estaba muriendo delante suyo! Esa humanidad, esa ternura, qué hijo de puta sublime, en la mirada de Mastroianni vos ves escrita siempre la historia de su personaje, porque es un genio. Pero en esta más todavía.

Por fin un día se conocieron así:
–Me citaron una mañana nublada en una casa vacía por San Telmo, que la habían alquilado para hacer varias escenas de la película. Me senté en la sala de maquillaje, no había nadie. Y de repente siento tres golpecitos: toc toc toc. Se abre la puerta y se asoma Mastroianni: “Oh, mi scusi”, y se fue. Al segundo volvió a entrar y se presentó: “Perdón. Io sono Mastroianni”. Y nos dimos la mano. Yo me quedé duro. Sabía que tenía escenas con él, pero no nos habíamos visto todavía. Se fue. Al ratito vuelve y se sienta al lado mío. Viene una chica a probarle tres pares de zapatos para distintas secuencias. Se probó uno: “Sta un po lungo, pero con un poco di cotone [algodón]”, me decía él y a mí se me ocurrió aconsejarle que: “cotone chincui minuti, dopo brusha el dedo, eh”. “¡Certo! È verdad. Porque a mí una putana bota, rodando Los girasoles de Rusia, me hizo merda questo dedo”, y se sacó la media y me enseñó un uñero que tenía en el dedo. Yo pensaba: “Esto lo estoy soñando”.
De eso no se habla se filmó en Buenos Aires, y buena parte en Colonia del Sacramento, Uruguay; allí se recreó el pueblo San José de los Altares, donde transcurría la historia, en los años treinta. Basada en el cuento homónimo de Julio Llinás, con guion de Jorge Goldenberg y la directora, fue la sexta y última película de María Luisa Bemberg. Un elenco de importantes figuras locales acompañó al mítico MM y a nuestro mítico alcalde: Luisina Brando, Roberto Carnaghi, Mónica Villa, Tina Serrano, Alberto Segado, Juan Manuel Tenuta, Betiana Blum, entre ellas. El narrador en off: Alfredo Alcón (Mohamed, el maestro). Con la presentación cinematográfica de Alejandra Podestá, como Charlotte, o Carlota, la hija enana de la viuda Leonor de Azurmendi (Luisina). El enanismo de su hija la perturbaba, pero cuando cualquiera de su círculo intentaba opinar alguna mediocridad prejuiciosa sobre el tema, doña Leonor lo cortaba: de eso no se habla. Y un día se tuvo que hablar. Porque Ludovico D’Andrea (el personaje de Mastroianni) pateó un tablero y lo clavó en el ángulo. Ludovico era un misterioso extranjero de buen pasar que se había afincado en el pueblo, respetado por todos, y al que le cabían todas las sospechas. Él tanto cantaba el tango Caminito en una tertulia, como frecuentaba el prostíbulo, jugaba a la lotería con amigos o se batía a duelo con el doctor del pueblo. Un día, Ludovico asiste a un concierto de beneficencia, ve y escucha a Charlotte tocando Schumann en el piano, y se enamora de ella. Pobre doña Leonor, que creía que el extranjero la había citado en el muelle para declarársele. No, quería pedirle la mano de su hija, casarse con ella. Y se casaron. La madrina fue la mamá de la novia, ¿y el padrino? El señor alcalde, como correspondía. Pero don Saturnino estaba en su lecho de moribundo, con su asistente traductor al lado. Hasta allí fue doña Leonor, quien, pasando por alto su agonía, lo sedujo casi a los sacudones para sacarlo de la cama. Él un poco revivió cuando ella le tomó la mano, lo trajearon, lo sentaron en la silla de ruedas y fueron a la iglesia. Llegaron a tiempo para que la novia entrara a la iglesia con su padrino. En el altar esperaban Ludovico, el novio, doña Leonor, y por supuesto el padre Aurelio (Roberto Carnaghi), que los casaría. El asunto fue que don Saturnino murió durante la ceremonia, pero de eso no se hablaría hasta pasada la fiesta en casa de la novia, así la noticia no entorpecía los festejos. “Lo dejamos en hielo y sal un día, y mañana el entierro en paz”, decidió doña Leonor, dueña de casa. El comisario (Juan Manuel Tenuta) accedió, y dio la orden: “Tienen cinco minutos para dejarlo bien prolijito”.
–Fue el único día de sufrimiento que tuve. Me habían puesto en un cajón, una bañadera vieja o algo así, y me llenaron todo, todo de hielo, con unas bolsas de plástico para bajar el frío. Igual la protección del plástico mucho no te dura, después, con las tomas, tantos segundos o minutos que me parecían horas, “pongan la luz, pongan la cámara”, te digo que había que estar ahí, con ese hielo seco encima en todo el cuerpo menos en la cara. Yo estaba muerto, pero instintivamente parpadeé, y moví un ojo, “vamos de nuevo”, y otra vez la cámara. Después me aplaudieron porque me la aguanté toda. No sé cuánto tiempo estuve ahí metido con el hielo, por más que estuviera de traje los artistas tenemos un Dios aparte, si esto lo hacen otras personas, hay que internarlas. ¡Pero si el precio era morir congelado cerca de Mastroianni estaba bien muerto el alcalde! Me acuerdo de una tarde, filmando en una iglesia que habían alquilado para hacer las escenas del casamiento de él con la enana. Estaba la iglesia vacía, con todos los focos, yo había terminado lo mío, salgo y lo veo a Marcello fumando. Le digo: “¿perché lei fuma afuera?”. “Perché en la iglesia no è buono”, muy respetuoso lo dijo. Me dio ternura eso. Entonces le digo “ne vado enfrente”, un boliche viejo de esos que me gustan a mí, de pueblo, con salamines colgando. “Sí, Giorgio, vamos”. El catering de la película era muy bueno, pero irse a tomar un vino y comer un salame con Mastroianni era como algo superior, de los dioses… Nadie es Dios, pero la humildad de ese grande era increíble. Le gustaba hablar de teatro, yo le decía las cosas que había hecho de teatro clásico, él las suyas, me contó que había bailado un tango en el teatro Sistina, de Roma, que es enorme, cerca de Piazza Spagna… “Ahí bailé un tango”, decía con orgullo… “Giorgio a mí el cinema no me piace molto perche espera, todavía no, espera, todavía no, tutto è espera. En vez en el teatro, el primo acto se termina, se sigue con secondo acto, dopo tercero, hay una continuidad, entonces uno no tiene que pensar de dónde viene ni qué tiene que hacer, ya viene en la obra”, y tenía toda la razón del mundo. Con él teníamos una escena hermosa, los personajes habíamos coincidido en el prostíbulo y los dos queríamos a la misma chica [Myrna, Verónica Llinás]. Yo me había equivocado de día para acostarme con ella, entonces Ludovico me decía: “No, señor alcalde, hoy es miercoledi, a usted le toca el giovedi”. Y yo le decía “noquiñeñexe”, un camelo cualquiera, porque el alcalde no articulaba. Nos divertimos mucho, mucho haciendo esa situación. Además, él tiene el sentimiento como a flor de piel, que es lo que trasmite cuando actúa. Sabés que Marcello se enamoró de la flor de ceibo, cuando le dije que era nuestra flor nacional se emocionó más , como me emociono yo, ahora, contándotelo…
Mónica Villa, la señora Zamudio en De eso no se habla, se emociona mucho recordándolo a Jorge, su colega y amigo. “Nos tocó viajar a Colonia. Fui con mi hijo Francisco, que tenía un año, y la llevé a mi mamá para que me lo cuidara mientras yo filmaba. La primera noche Jorge me dice ‘Vamos a cenar’. ‘Pero yo estoy con mi mamá, y mi hijito’. ‘Y traelos’. Porque él era así, se hacía amigo de todos, no tenía esa vanidad de ‘Aquí llega Jorge Luz’, él era uno más. Aunque todos sabíamos que no era uno más. Estábamos comiendo, viene Oscar Kramer, el productor, y le dice: ‘Jorge, Mastroianni me pide que vayas a cenar con él a su mesa’, y Jorge contesta: ‘Mirá, decile que me disculpe, pero estoy cenando con Mónica Villa’. Kramer me miró y se fue. Al día siguiente, la misma situación. Viene Kramer: ‘Mastroianni se enteró que sos uno de los actores populares más grandes de la Argentina, y te quiere conocer’. Y Jorge: ‘Ay, muchas gracias, pero decile que me disculpe, ya estoy cenando con Mónica’. Kramer se fue. Con mi mamá le insistimos: ‘Jorge, andá con Mastroianni’. ‘No, yo estoy cenando con ustedes’. Bueno, esta situación se repitió y con mi mamá dijimos: ‘No, basta, no vamos a cenar para que él, sin culpa, se vaya a cenar con Mastroianni’. Dicho y hecho. Ese día le dije ‘Mirá, Jorge, hoy no voy a ir a cenar, me voy a quedar en el hotel porque no me siento muy bien, me quiero ir a dormir temprano’. Y él: ‘¿Estás segura, nena? Te acompaño y estoy con vos blablabla’. Le agradecí, ‘necesito estar un poco sola con mi hijo’. Después me enteré de que cenaron juntos con Mastroianni y se pusieron a charlar horas y qué sé yo qué sé cuánto. La enseñanza que Jorge me dejó es que la escuela no es suficiente.
Es una parte, la otra está ahí, en el actor polar, en esa arena de circo, en la camiseta transpirada. Esa es la otra parte de la formación del actor. No había ni hay una escuela de teatro que te enseñe eso.
Marcello Mastroianni murió en París el 19 de diciembre de 1996, tres años después de De eso no se habla. En ese trienio filmó media docena de películas más. A Jorge lo emocionaba que la última se llamara Viaje al principio del mundo (dirigida por el portugués Manuel de Oliveira, que vivió hasta los ciento seis años), “porque a lo mejor lo que llaman muerte es un viaje así, al principio del mundo”. Lo cierto es que ya nunca más mencionó a Marcello Mastroianni sin que se le humedecieran los ojos. A la escena de Dos hermanos, dos destinos la seguía evocando, ya con una tristeza diferente. Pero el mejor recuerdo que a Jorge le quedó de Mastroianni, que lo seguía asombrando cada vez que lo contaba, es este que lo llenó de amor y agradecimiento hacia el gran tano:
–Siempre, siempre recuerdo el gesto que tuvo conmigo el último día de filmación… Era pleno verano, un calor espantoso, filmábamos en una esquina de la habitación de la casa. Yo estaba sentado en el sillón de ruedas y me tenían que hacer un medio plano, una americana, en donde tenía un diálogo con él. Hacía un calor de mierda y en la historia era invierno. María Luisa, educada, jamás una palabra alta, lo ve muerto de calor y le dice: “Marcello ya terminaste, si querés te podés ir a desvestir”. Y él: “Ma no, tengo que darle pie a Giorgio”. Y María Luisa: “No, no se le da pie, ponemos una mano a la altura tuya así él habla a esta altura, para la toma”. Entonces lo oigo a Marcello que dice: “¡No! Giorgio è un atore, ¿come va parlar con una mano?”. Y se quedó. ¡Eso no me lo olvidaré nunca!
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