
Hace unos años, el filósofo italiano Gianni Vattimo conversaba por teléfono –desde un teléfono público, en un local abierto, en medio del tráfico y la charla de la gente– con un viejo profesor, muy creyente, quien le preguntó si, en definitiva, él todavía creía en Dios. Vattimo le respondió: “Bueno, creo que creo”. Esta anécdota fue el origen de su libro Creer que se cree (1996), en cuyo título hay un doble sentido de la palabra creencia; en primer lugar, denota una opinión, una posición antes que una afirmación, mientras que solo en segundo lugar remite a la creencia en el sentido de la fe más estricta.
En un libro posterior, Vattimo hizo una recensión de la manera en que el pensamiento religioso tuvo un retorno privilegiado en la posmodernidad (ese tiempo que se define por la crisis de los Grandes Relatos), ya no como dogma o fundamento, sino como forma de vida en una comunidad.
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A partir de la sanción nietzscheana de la “muerte de Dios” (que no es una demostración de su no existencia; sino su asesinato en manos de sus fieles en el marco de la sociedad tecno-racional que llevó a la guerra y el individualismo) y la idea heideggeriana de una clausura de la metafísica, Vattimo dice que tenemos la chance de una nueva fe:
“Lo que pretendo es mostrar, ante todo, cómo el pluralismo posmoderno me permite (a mí, pero creo que también en general) volver a encontrar la fe cristiana. Mientras, si Dios ha muerto y la filosofía ha tomado en consideración que no puede captar con certeza el fundamento último, ha concluido también la ‘necesidad’ del ateísmo filosófico.”
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Estas son las palabras de Vattimo en su libro Después de la cristiandad (2002), en el que recupera una vieja frase popular italiana que dice: “Gracias a Dios no creo”. De este modo, el filósofo se inclina por una fe débil (no en sentido peyorativo) que se abstiene de las grandes preguntas teológicas para recuperar el sentido comunitario de la religión.
¿Tiene sentido preguntarse si Dios existe? Si existiese, no necesitaría que nosotros nos ocupemos de demostrarlo. ¿No nos alcanza con creer? ¿Qué mejor motivo para creer que –en términos de Vattimo– una “apuesta arriesgada, o, en fin, de la aceptación por amistad, amor, devoción, piedad”?
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En última instancia, el libro más completo (al menos, de los que yo leí) para avanzar en esta cuestión es La debilidad de Dios, del filósofo John D. Caputo, que plantea una teología en la que Dios es un acontecimiento para la vida humana, por la que esta puede revelarse a y para sí misma. Allí leemos:
“Dios, el nombre de Dios, es el nombre de un acontecimiento, de algo que nos sucede a nosotros, o más bien, de algo que sucede en lo que nos pasa, en y bajo este nombre. La teología débil procede de una doble ‘reducción’ –en el sentido fenomenológico [como una reconducción]–: primero, de Dios, del nombre (de) ‘Dios’ a un acontecimiento, a la exhortación de un acontecimiento y, después, una reducción de esa exhortación a una respuesta. La teología débil supone tener la audacia de suspender a Dios en favor del acontecimiento, supone atreverse a una reducción que permita leer las huellas del acontecimiento, oír el eco de la exhortación.”
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En términos de Vattimo, podríamos decir: estamos llamados –conminados– a ciertas vivencias cuya raíz es religiosa (como la del perdón y la piedad), por las que tenemos que responder, independientemente de si creemos en Dios, o no. En criollo, todos conocemos a ciertas personas que son amorosamente piadosas, sin una fe declarada y, a otras que se llenan la boca con valores y clavan puñales cuando pueden.
La religión vuelve. En un contexto en el que los debates éticos y políticos encuentran sus límites; cuando sus discursos se vacían y sus categorías empiezan a girar en falso; cuando ya no necesitamos conceptos enfáticos, sino redefinir la relación humana a partir de aquello que la re-liga. En un libro sobre la mística judía, Gershom Scholem cuenta otra anécdota, que ilustra muy bien este movimiento hacia la fe débil.
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Cuando un rabino tenía una tarea difícil que cumplir, iba a un lugar en el bosque, prendía un fuego y rezaba; así lo que tenía que hacer se realizaba. Una generación después, cuando otro rabino estuvo en la misma situación, fue al mismo lugar y dijo: “No sabemos prender el fuego, pero sí conocemos la plegaria”. Entonces la tarea se realizaba.
En la generación siguiente, a otro rabino le pasó lo mismo. Fue al bosque y dijo: “Ya no sabemos prender el fuego, ni conocemos el misterio de la oración, pero llegamos al lugar”. Y la tarea se realizó.
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Finalmente, un último rabino estuvo ante la misma tarea. En el silencio de su habitación, sentado en el sillón, pensó que no sabía prender el fuego, que no conocía el misterio de la plegaria, como tampoco el lugar en el bosque en que todo había ocurrido; pero dijo: “Al menos puedo contar la historia”. Y la historia que contó tuvo el mismo efecto que las prácticas de sus predecesores.

Me gusta mucho esta anécdota porque me hace pensar cómo incluso en el desencanto del mundo, algo permanece. Tiene diferentes aristas, como todo relato complejo: la tensión entre materia y espíritu, la eficacia de la historia, la transmisión que no es repetición sino diferenciación, la fuerza de la palabra, entre otras; es un relato de una profundidad emocionante.
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Se lo podría relacionar con mil cosas, pero habla tan bien por sí solo, que mejor que a cada quien le llegue el milagro en su propio camino. Aquí prefiero dejarlo como una simple introducción a la pregunta de este artículo: ¿puede haber una relación entre psicoanálisis y religión?
La religión de los psicoanalistas
Que hay una relación íntima entre religión y psicoanálisis es un hecho innegable. Sobre las raíces hebreas en el pensamiento freudiano se ha escrito mucho; lo mismo sobre la gran influencia del catolicismo en el lacanismo.
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Para mencionar a un autor sobre el que ya he escrito y cuyos libros son una referencia significativa, citemos a Gérard Haddad y tres de sus ensayos: El hijo ilegítimo: Fuentes talmúdicas del psicoanálisis (1986), Los biblioclastas: el Mesías y el auto de fe (1993) y El pecado original del psicoanálisis (2007).
No me interesa aquí detenerme en la elucidación del trasfondo teórico del psicoanálisis, ni evaluar si su práctica tiene alguna orientación religiosa. Esta sería una tarea enorme y que, además, me parece poco interesante. Prefiero aprovechar esta ocasión para reseñar (también recomendar) unos pocos ensayos breves.
Me refiero a cuatro libros –hay otros, pero solo seleccioné estos por motivos que diré – en los que psicoanalistas de diferentes épocas (pero todos recientes) quisieron testimoniar sobre la cuestión religiosa desde un punto de vista más bien personal. Prefiero estos ensayos porque son libros que podrían no haber existido–.
Por lo tanto, ¿cuál es su razón de ser? Tengo la impresión de que los une la intención de decir algo que no se puede transmitir solo con el psicoanálisis, sino que requiere de ese otro discurso que es el de la religión. No son libros dogmáticos ni que bajen línea, son más bien lecturas desde la fe. Pasemos al primero.

En 1952, la psicoanalista Maryse Choisy publicó el ensayo Psicoanálisis y catolicismo. La autora es mucho menos conocida por este libro que por el célebre estudio Psicoanálisis de la prostitución (que tuvo varias ediciones en Argentina). Que no hay una distancia tan grande entre el goce que se le supone a la mujer –aunque más no sea a través de la fantasía que se le proyecta a la meretriz– y el goce místico, es una idea lacaniana posterior.
En este ensayo, Choisy propone cómo –en tiempos de determinismo cientificista– el psicoanálisis recupera la pregunta humana en la raíz de su existencia y, a través de la religión, ilumina una situación básica: la del pecado, entendido este no tanto desde un punto de vista moral, sino justamente desde una perspectiva teológica.
La caída en el pecado es un alejamiento de la existencia auténtica, es más un tipo de esclavitud que una cuestión axiológica. Podríamos recordar aquí la famosa sanción lacaniana “¿Has actuado conforme a tu deseo?” –que, aunque haya sido pronuncia en un seminario que se tituló La ética del psicoanálisis, este es más bien el seminario más religioso de Lacan.
Choisy destaca que el psicoanálisis no es una confesión, que el analista no está para perdonar, pero que sí aspira a una reconciliación (o integración) que deje fuera de juego la represión psíquica. Para esto, le presta especial atención a la culpa, que debe ser despejada de su carácter neurótico, para convertirse en un afecto fundamental.
En última instancia, para esta autora el psicoanálisis no solo se dedica a la cura de los síntomas, sino a un cambio íntimo que restablece la pregunta por la trascendencia y, según cada persona, habilita el camino espiritual. Leamos un fragmento:
“No se trata en ningún momento de obcecarse en el dominio de la dirección religiosa de las conciencias. Pero es necesario preparar al hombre para esta metanoia [transformación profunda] y para las exigencias más elevadas que lleva consigo. Esta toma de conciencia del plus-ser no debe dejar perder en el camino ninguna energía […] solo será posible si el hombre abarca, con el mismo impulso hacia la síntesis total, al animal heredado y al ángel futuro que cohabitan en él.”
Pasemos al segundo libro.
En 1978, Françoise Dolto publicó El evangelio ante el psicoanálisis (en colaboración con Gérard Sévérin). En las primeras páginas dice: “Durante mi infancia escuchaba en la iglesia o leía los textos de los evangelios como si fueran pasajes de una historia, la de Jesús y la del mundo de su tiempo […]. Cada vez estoy más segura de que todo lo que descubrimos sobre el ser humano [a partir del psicoanálisis] ya estaba implícito, esos textos lo contienen y lo dan a entender”.

Este ensayo es un muy lindo comentario de pasajes evangélicos, que son citados en cada caso, a partir de los cuales se realiza un comentario reflexivo desde el punto de vista del psicoanálisis: La boda de Caná, la escena al pie de la Cruz, las diferentes resurrecciones (la de la hija de Jairo, la de Lázaro), etc. A propósito de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, Dolto dice:
“Pero así sucede en nuestros días. Cuántos hijos de mujeres sin marido se ven retenidos en los limbos del amor pueril, tristes y estudiosos, unidos artificialmente a una madre a la que ellos mismos, autoritarios guardianes, vigilan celosamente. Hijos cerrados al deseo de su edad por una madre que los agobia con su solicitud maternal.”
Este pasaje es un poco exagerado, pero muestra bien el tono de Dolto –que se sirve de la anécdota para pensar su actualidad (de su época). Su comentario no es erudito ni pretende serlo, sino que retoma configuraciones familiares y vinculares para problematizar los diversos conflictos en juego.
Pasemos al tercer libro.
En 1985, Julia Kristeva publicó Al comienzo era el amor, que retoma una exposición a la que fue invitada a hablar bajo el título “Psicoanálisis y fe”. En el curso de la conferencia, la autora realiza un pasaje desde una función de constatación –de elementos de la experiencia analítica en la palabra bíblica– hacia una dimensión constitutiva.
Respecto del primer aspecto, un ejemplo que ilustra su posición es el siguiente pasaje:
“Para mí en tanto analista, el Credo contiene fantasmas fundamentales que encuentro a diario en la realidad psíquica de mis pacientes. ¿El padre todopoderoso? Les falta, lo desean o sufren a causa de él. ¿La adhesión del hijo a la sustancia corporal del padre al mismo tiempo que la identificación simbólica con su nombre? Aspiran a ello y este proceso es a la vez una condición necesaria para la maduración psíquica del niño, y una fuente de goce por absorción del poder y elevación al máximo de su autoridad. El cristianismo es la religión que mejor desplegó el impacto –simbólico y corporal– de la función paterna sobre el ser humano.”

Respecto de la segunda cuestión, es la pasión de Cristo la que le sirve para ir más allá de los fantasmas para ubicar la constitución del sujeto a través del lenguaje:
“En la medida en que la Pasión de Cristo moviliza capas aun más arcaicas del psiquismo, pone de manifiesto una depresión fundamental […] que condiciona el acceso de los seres humanos al lenguaje. En efecto, se observó que, previo a la aparición del lenguaje, se manifiesta en los niños pequeños la renuncia al paraíso materno y a la satisfacción de la demanda. Es preciso abandonar a la madre y ser abandonado por ella para ser recogido por el padre y para hablar.”
La conferencia de Kristeva es un ensayo muy lindo que, por un lado, muestra cómo psicoanálisis y religión pertenecen a experiencias distintas, pero, por otro lado, se entrecruzan y, en la distancia, se acercan. Ambas experiencias responden al sufriente para dar la palabra que sana, la que reconcilia al sujeto con su dolor.
Pasemos al último ensayo, el más emotivo.
En 2019, Massimo Recalcati publicó La noche de Getsemaní, un ensayo íntimo y de prosa poética que se zambulle en la soledad de Cristo, devenido ese hombre traicionado, al que ya nadie acompaña en el tramo final de su vida. Judas y Pedro, por motivos diferentes, le han dado la espalda; a él solo le queda avanzar hacia su destino.

“La hora de Getsemaní es la hora de la caída de Dios o, mejor dicho, es la hora en la que el Dios cristiano se revela como ‘solo un hombre’, radicalmente afectado por lo negativo. La hora de Getsemaní no es la hora de Dios, sino la del hombre. Es la hora en la que Dios se nos aparece desvestido; la hora de la caída de su gloria.”
En esa noche, Jesús ora en silencio. La noche es el silencio en el que la palabra vuelve hacia adentro; cuando se convierte en interioridad. Hacia afuera, llegará la hora del perdón, pero lo que no tiene parangón es el milagro que ocurre en el interior: “Jesús reza no como un Dios, sino como un hombre que se vuelve hacia Dios vivido como Padre. Lo más desconcertante de Getsemaní es el silencio de Dios ante esa invocación”.
Es el silencio del Padre ante la palabra invocadora del hijo lo que pone a este en otro lugar; incluso podría decirse que es esta experiencia la que convierte al hijo en algo más que un hijo. Es el momento en que debe actuar sin que el Padre responda. He aquí la cita con su verdad, semejante a la que a todo hombre le toca encarar alguna vez en su vida.
El ensayo de Recalcati es una pieza maestra para reflexionar sobre la vivencia religiosa que no le pide al fiel una subordinación, al modo del hijo que le pide al Padre que, por favor, no lo abandone, sino que lo invita a corroborar que es a partir de ese abandono que hay una chance de reencuentro.
Este último libro me permite recordar una anécdota personal, cuando después de varios años (décadas), volví a confesarme. Después de escucharme durante un rato, el cura me pidió que tuviera en cuenta que ya no era un niño que pedía perdón –claro, la última vez que había hecho la experiencia era un niño– sino un hombre que, si había pecado, tenía que conocerme también a través de ese extravío.
En los libros que mencioné, de diferentes épocas (por eso los elegí, para mostrar cómo el tema persiste a pesar del tiempo), se corrobora cómo diferentes psicoanalistas prestigiosos no han tenido ningún reparo para acercarse a la religión y reflexionar en su órbita. La fe no es una creencia que se sabe segura, sino la que encuentra fortaleza en su vulnerabilidad.
[Fotos: Infobae/ archivo; Maximiliano Luna]
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