
Martín Caparrós rechazó la idea de que Argentina sea “el país más racista del mundo” y sostuvo que la historia social del país muestra otra tensión: una discriminación atravesada por la clase más que por una política estructurada de pureza racial. Con un largo porteo en la red social X (ex Twitter), el escritor se metió de lleno en los debates que surgieron durante el Mundial al afirmar que el racismo local existió y dejó marcas profundas, pero también planteó que la mezcla demográfica y la ausencia de un rechazo político central a la inmigración distinguen el caso argentino de otros procesos.
Este posteo lo hizo a partir de otro, uno del actor Samuel L. Jackson, quien utilizó sus historias de Instagram para replicar un mensaje de la organización SEC Black Alumni Network. En dicha publicación, que incluía una imagen de su personaje en Django sin candenas editada con la camiseta de la selección, el intérprete acusó a la Argentina de ser “uno de los países más racistas del mundo” y llamó a no apoyar al equipo por supuestos antecedentes históricos de discriminación. El posteo desató un inmediato y masivo repudio en las redes sociales, pero también apoyos.
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Pero Caparrós se tomó el tiempo para desarmar lo que decía en estadounidense y ancló la discusión en un dato demográfico puntual: que en el país “no llegan al 0,7% de la población” las personas negras, y usó esa cifra para cuestionar las críticas de medios de Estados Unidos que, según escribió, denunciaron que la selección de fútbol no tenía jugadores negros. Caparrós organizó su argumento en una secuencia histórica. Atribuyó el primer racismo registrado en el Río de la Plata a la conquista española y ubicó el núcleo más extremo del problema en la esclavitud: “Nuestros racismos más extremos tienen su base en este tráfico”.
El escritor no negó la existencia de jerarquías raciales. Lo que discutió fue el modo en que operan y la forma en que se las narra en el presente, al punto de considerar “patético” que se use la composición étnica del plantel de fútbol como prueba suficiente de una condición nacional. Como muchas críticas provenían de España, recordó que entre 1550 y 1800 el reino del país europeo “secuestró o hizo secuestrar a tres o cuatro millones de africanos” para llevarlos a sus colonias americanas. Añadió que cerca de un tercio moría en alta mar y describió ese sistema como el soporte material de una justificación ideológica posterior.
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“Los dueños de los esclavos justificaban su violencia arguyendo que los negros eran inferiores porque eran negros”, escribió y condensó su tesis sobre ese período: “El racismo como excusa y consecuencia de la explotación”. Para el periodista y escritor, la Argentina no fue un gran mercado esclavista porque no tenía minas ni plantaciones a gran escala. Aun así, precisó que en Buenos Aires de 1810, con menos de 40.000 habitantes, “los negros serían unos 10.000”, concentrados en tareas domésticas. También habló de la abolición tardía y parcial y de la “libertad de vientres” de 1813.
Caparrós situó en el siglo XIX el quiebre que, a su juicio, explica por qué Argentina y Chile son hoy los países latinoamericanos con menos población negra. Señaló que muchos soldados negros murieron en la Guerra de la Triple Alianza, luego en las campañas contra los pueblos indígenas de la pampa y, finalmente, en la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Ese proceso, según su reconstrucción, alteró el mapa demográfico de forma decisiva. Por eso vinculó la escasez actual de población afrodescendiente con la discusión pública reciente sobre racismo, en particular cuando se compara la representación visible en el deporte con la composición real del país.
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Para sostener que la pureza racial nunca pudo consolidarse como identidad argentina, Caparrós puso el foco en la inmigración. Recordó que en 1880 el país tenía unos dos millones de habitantes y que hacia 1920 sumaba alrededor de 10 millones, con mayoría de inmigrantes. En esa etapa, escribió, convivieron italianos, españoles, franceses, ingleses, alemanes, polacos, rusos, turcos, sirios, portugueses, griegos y japoneses, entre otros grupos. Añadió que en esos años la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en otra parte.
“Y entre ellos se pelearon poco”, sostuvo sobre esa sociedad de llegada masiva. Luego definió el mecanismo que, a su juicio, terminó de amalgamar a esos grupos: “La escuela pública, gran logro de esos años, fue el mejor instrumento de amalgama, la fábrica incesante de argentinos”. Caparrós admitió que hubo un intento de reacción de sectores acomodados contra esos recién llegados, a quienes describió como pobres, sin educación formal en muchos casos, y vinculados a corrientes anarquistas o socialistas. Su punto, de todos modos, fue que esa resistencia no prevaleció a largo plazo.
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El autor trasladó luego el eje hacia el siglo XX, cuando las migraciones internas llevaron a “millones de argentinos de las provincias” a Buenos Aires. Sobre esa etapa, recordó que los sectores altos de la capital llamaron “cabecitas negras” a muchos de esos recién llegados, de piel más oscura por mestizajes previos. Allí definió una modalidad específica de discriminación. “Era un racismo sin leyes, social, una pelea”, escribió, antes de señalar que esa marca fue perdiendo centralidad con la integración de buena parte de esos grupos y su representación política a través del peronismo.

En el tramo final de su texto, Caparrós desplazó la discusión desde la raza hacia la desigualdad económica. Mencionó una escena en Madrid, donde vio una caravana oficial dejar en la puerta del Museo del Prado a “cinco o seis jeques impecables”, mientras los inmigrantes musulmanes corrientes padecen discriminación. Con esa imagen resumió su lectura general: “La diferencia no está en la piel sino en la caja fuerte”. El escritor presentó así la discriminación hacia los pobres como una forma más persistente y extendida que aquella que se organiza de manera exclusiva en términos raciales.
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Ese desplazamiento también apareció en su definición identitaria. “Somos pura mezcla, somos los mismos y distintos: no podemos descalificar a ningún otro porque nosotros mismos somos otros”, escribió. Al cerrar, Caparrós combinó ironía y balance. Afirmó que Argentina “fracasó en muchas cosas” pero “triunfamos en mezclarnos”, y remató su respuesta a quienes la describen como el país más racista del mundo: “Por eso no nos resulta fácil ser racistas. Lo siento. Pero, por el amor de Dios, no desesperen: si eso es lo que quieren, lo seguiremos intentando”.
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