
En tiempos donde las redes sociales operan como cajas de resonancia para el agravio y las identidades políticas se construyen a partir de la aniquilación discursiva del otro, las palabras de Nelson Mandela funcionan como un cable a tierra, una bofetada de lucidez humanista. La frase que corona este artículo no es un eslogan biempensante de manual de autoayuda; es la conclusión empírica de un hombre que pasó 27 años encerrado en una celda por desafiar a uno de los regímenes de segregación racial más atroces.
“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La gente debe aprender a odiar, y si pueden aprender a odiar, se les puede enseñar a amar”, se lee en El largo camino hacia la libertad (Long Walk to Freedom), la monumental autobiografía publicada en 1994, el mismo año en que Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica tras las elecciones democráticas que sepultaron el apartheid. Fue un hecho histórico para la región y para el mundo.
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El valor histórico de este libro es incalculable. No se trata de una mera recopilación de memorias escrita desde la comodidad del retiro. El núcleo de la obra comenzó a gestarse de manera clandestina en la prisión de Robben Island durante la década de 1970. Mandela escribía de noche, a mano, en hojas que luego sus compañeros ocultaban en los huertos de la cárcel o contrabandeaban hacia el exterior. Así transformó el dolor punitivo en alta política de reconciliación.

Para entender de dónde brota esta idea, hay que situarse en el capítulo 62 del libro. Mandela evoca los momentos más oscuros de su confinamiento, aquellos días en que el aislamiento y el maltrato físico amenazaban con quebrar la resistencia de los presos políticos. Fue allí, en el microcosmos de la opresión, donde el líder sudafricano afinó su agudeza sociológica. Allí relata cómo observaba los rostros de sus jóvenes guardias blancos, muchachos criados bajo el adoctrinamiento del nacionalismo afrikáner.
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Mandela notó que cuando las jerarquías se relajaban un instante, esos carceleros mostraban destellos de una humanidad genuina, una compasión que no encajaba con el libreto oficial del odio estatal. Esa observación microscópica le otorgó una certeza macroscópica: el racismo no viene inscripto en el ADN humano. Para que un joven blanco odiara a un hombre negro, había sido necesaria una maquinaria educativa, legal y cultural previa. Se requería un esfuerzo social para torcer la naturaleza humana.
De hecho, la frase original del libro esconde una continuación que suele ser omitida en las citas rápidas, pero que dota a su pensamiento de un cierre definitivo: “Porque el amor nace más naturalmente en el corazón humano que su opuesto”. Esta cita no es un accesorio en la biografía de Mandela; es la síntesis perfecta de todo su legado político y filosófico. El pensamiento de Madiba —nombre del clan con el que se le conoce afectuosamente— se estructuró sobre dos pilares que esta frase condensa.
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El primero es la plasticidad cultural del ser humano: al definir el odio como un comportamiento aprendido, le quita el carácter de “inevitable”, y si el odio es una construcción técnica, puede ser desmontada mediante la política y la educación. El segundo es la reconciliación como pragmatismo: si a la gente se le puede enseñar a amar, la construcción de una Sudáfrica democrática no requería la expulsión ni el exterminio de la minoría blanca opresora, sino su reeducación ciudadana.
Esta premisa evitó una guerra civil que el mundo entero daba por sentada. Fue la misma filosofía que lo llevó a usar el mundial de rugby de 1995 y la camiseta de los Springboks como un puente pedagógico hacia la unidad nacional, una gesta inmortalizada años después por el director Clint Eastwood en la película Invictus. ¿Por qué esta declaración sigue quemando las manos de quien la lee hoy? Porque el siglo XXI ha perfeccionado los métodos para “enseñar a odiar”.
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Para el odio ya no se necesitan leyes de segregación explícitas; hoy bastan los algoritmos de optimización de la atención que alimentan las cámaras de eco en las plataformas digitales. El diseño contemporáneo del debate público nos entrena diariamente para la sospecha, la polarización y la deshumanización del adversario político, cultural o religioso. A más de tres décadas de El largo camino hacia la libertad, su advertencia se mantiene intacta: hay que fortalecer el tejido social.

¿Quién es Nelson Mandela?
Nelson Rolihlahla Mandela —nacido el 18 de julio de 1918 en Mvezo, Sudáfrica— fue un abogado, activista contra el apartheid y político que se convirtió en una de las figuras morales más imponentes de la historia contemporánea. Tras fundar la Liga de la Juventud del Congreso Nacional Africano (ANC) y liderar la resistencia armada contra el régimen supremacista blanco, fue capturado en 1962 y condenado a cadena perpetua. Pasó 27 años en prisión, la mayor parte en la dura cárcel de Robben Island.
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Allí, en la cárcel, se convirtió en el símbolo global de la lucha por los derechos humanos. Liberado en 1990 bajo una inmensa presión internacional, lideró las negociaciones para desmantelar la segregación legal, lo que le valió el Premio Nobel de la Paz en 1993 junto a Frederik de Klerk, y al año siguiente asumió como el primer presidente negro y democrático de su nación (1994-1999). Su obra escrita e intelectual es un testimonio directo de su pragmatismo y resiliencia política.
Además de El largo camino hacia la libertad, su pensamiento quedó registrado en obras fundamentales como No hay camino fácil hacia la libertad, Conversaciones conmigo mismo y Cartas desde la prisión de Nelson Mandela. Tras retirarse de la vida pública para dedicarse a la filantropía y a la lucha contra el VIH a través de su fundación, Madiba falleció el 5 de diciembre de 2013 a los 95 años en Johannesburgo debido a una infección respiratoria crónica, dejando un legado imperecedero.
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