
Borges siendo totalmente Borges: “De pronto apareció un libro gauchesco en un estilo que podía aprobar un lector de Apollinaire. La gente comprendió que quedaba bien admirando el libro. Y Güiraldes murió enseguida: para su gloria fue una muerte oportuna“, dice en mayo de 1957 y así lo anota Adolfo Bioy Casares en su diario. Habla de Don Segundo Sombra, la novela que Ricardo Güiraldes publicó en 1926 y que en estos días está cumpliendo cien años.

Don Segundo Sombra
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Se sabe: el autor de El Aleph, de Las ruinas circulares, de Emma Zunz, era un crítico literario exquisito pero también impiadoso. Y no tenía ninguna pretensión de objetividad. Menos todavía en las charlas privadas con su amigo Bioy, quien mucho después, en 2006, publicó esos diarios.
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“Don Segundo es un libro bastante primitivo, escrito con torpeza y pretensión. Yo nunca pude leerlo entero”, le había dicho Borges a Bioy en otra charla, en 1956.
“Borges conoció a Güiraldes cuando la familia Borges vuelve de su segundo viaje, en 1924″, dice Alejandro Vaccaro, uno de los biógrafos del más universal de los escritores argentinos. “Él cada tanto iba, tocaba la guitarra. Contaba Borges que una vez se dejó olvidada una guitarra como una señal de que iba a volver”.
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Sin embargo, dice Vaccaro, “con respecto a la obra de Güiraldes sí tenía algunos reparos. Con Don Segundo Sombra, que fuera un gaucho que no pelea nunca...”
Gaucho contra gaucho (literario), a Borges lo indignaba un poco que se desdeñara a Martín Fierro. “Después de la publicación de Don Segundo, Güiraldes parecía loco", le decía a Bioy Casares en esa misma charla de 1956. “El libro se le subió a la cabeza. Escribió esos poemas sobro su orgullo, su hombría, etcétera… No bien tuvo éxito Don Segundo, Güiraldes empezó a hablar con menosprecio del Martín Fierro: ‘Los gauchos no son así’, etcétera".
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Y dice Borges: “En Don Segundo hay una sola referencia: dice que el protagonista no quería ser como Martín Fierro, un gaucho en continua fuga de la partida”. Bioy responde; “Reprocharle que huyera de la partida no me parece justo”. Y Borges: “Es claro. ¿Qué otra cosa podía hacer?“.
La tradición nacional
Desde París, la especialista Annick Louis señala que “hay varios reproches distintos” a Don Segundo Sombra. “En algunos lados se dice que no conocía el campo. Era un reproche que se le hacía a Güiraldes muy a menudo, pero eso para mí no es lo esencial”.
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¿Qué objeta Borges de la obra de Ricardo Güiraldes? " Lo que dice obsesivamente es que Don Segundo Sombra es una novela que tiene más que ver con Kipling y su personaje, Kim, que con el campo argentino. Lo corre de la idea de que Don Segundo Sombra representa al campo".
Eso, dice, se discutió mucho en la época: “Hay unas fotos en que Güiraldes se disfraza de gaucho... y se discute si refleja realmente el mundo de los gauchos o no”.
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En definitiva, aporta Louis, “todo esto es una pugna por una tradición nacional”.
Lo queríamos a Ricardo
Como vimos, en mayo de 1957, Borges seguía criticando la novela. Y no iba a parar. En esa cena borra, además, cualquier elogio anterior con una confidencia ¿real?: “Todos escribimos artículos muy elogiosos, porque lo queríamos a Ricardo”, dice. Aunque él y el grupo que lo rodeaba pensaran que el libro “no era nada”.
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Ese año, en noviembre, los amigos vuelven sobre el tema. “Hablamos de Don Segundo Sombra. Digo que es un libro muy admirado en todo el continente. Borges conviene conmigo en que es peor aún que Doña Bárbara", cuenta Bioy. Habla de una novela del venezolano Rómulo Gallegos.
Bioy no se queda atrás en la descalificación: “Doña Bárbara es una novela; Don Segundo es una kermesse, una revista teatral, un desfile”. Y Borges: “El plan es burdo, aburridísimo, comparable a una fiesta criolla en la Rural: primero un cuadrito, después otro: un baile, una doma, una yerra, etcétera… una serie de números gauchescos… “
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Y, otra vez, la comparación con Martín Fierro. Dice Borges: “Fuera del país creen que es superior al Martín Fierro. Ven al Martín Fierro como un private joke (un chiste privado) de los argentinos. Imaginan que Don Segundo es más auténtico. El estilo de Don Segundo ha envejecido notablemente, más aún que el de La gloria de Don Ramiro. El de La gloria estaba hecho para parecer viejo y describir casas ruinosas".
Bioy ahonda: “En cada frase Güiraldes descubre su torpeza para la expresión; la gran dificultad que tiene para ser escritor”. Y Borges: “Sí, tenía mucha dificultad para expresarse”.
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Entonces, Borges se pone a analizar el uso de las palabras: “Emplea una palabra como chuscada, una palabra que no tiene nada de criolla. No se daba cuenta del ambiente de las palabras: de pronto se olvidaba del tono criollo y escribía: ‘Arriméme’”.

Tres años después, vuelven sobre el libro. Dice Bioy: “Es raro que todavía Don Segundo siga con toda su fama. ¿Nadie advirtió la desarmonía entre la forma y el fondo? ¿Nadie advirtió que la forma corresponde a la desacreditada, ‘superada’ época ultraísta?“ Borges dice que tal vez el ultraísmo -esa escuela que él mismo integró en sus comienzos- quizás no estuviera tan desacreditado. Y avanza sobre Güiraldes: ”Alguien me contó que don Segundo, como Güiraldes, después de la publicación del libro, se agauchó notablemente. Ricardo se volvió insoportable. Antes era un señor como cualquiera, y después todo el tiempo soltaba velay, ahíjuna y dicharachos".
No paran: en 1962 Borges le dirá a Bioy: “La crítica (...) de que en Don Segundo está el campo visto desde el lado del patrón me parece una idiotez. ¿Qué significa? Nada. ¿O acaso que Güiraldes describe a los peones como héroes cuando en verdad son unos hijos de puta?“.
En 1965 se encuentran y Don Segundo Sombra otra vez es tema. Dice Borges: “Estábamos ahí todos los amigos, que nos disponíamos a escribir sobre el libro. Todos lo encontrábamos aburridísimo, como una sucesión de cuadros folklóricos. Predijimos su fracaso. En eso nos equivocamos”.
Pasa el tiempo, llega 1968, el libro -se ve que se ha instalado- vuelve. Dice Borges: “Lo que desanima es la convicción que se tiene desde el principio de que en este libro no puede pasar nada. Sin embargo, es ya un clásico; tiene un lugar que no perderá“.
Y así, es: quizás un clásico sea eso, un libro sobre el que se puede seguir dando vueltas muchos años después. Un libro que se puede elogiar y criticar sin piedad. Un libro que resiste a Borges.
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